MI PARTO INDUCIDO : el desenlace

MI PARTO INDUCIDO : el desenlace

Aquí tenéis la continuación sobre mi parto inducido: parte I

La madrugada fue… cómo decirlo suave: terrorífica. Entre los tactos vaginales cada hora, a cada cual más doloroso, una muchacha de parto que no dejaba de gritar a todo pulmón, un dolor insoportable en los riñones y unas contracciones cada vez más fuertes y seguidas, apenas pegamos ojo. Por supuesto, nadie nos explicaba nada, ni porque teníamos que estar allí, ni hasta cuándo.

Cerca de las 7 de la mañana, mi chico se marchó a la habitación para darse una ducha y desayunar. Cinco minutos más tarde rompí la bolsa. La sensación fue la de un globo que se desinfla en tu interior. Me levanté de un salto de la cama y avisé a las enfermeras que me confirmaron lo que yo ya sabía: había roto aguas. Al menos nadie me rompería la bolsa.

A partir de ese momento el parto se aceleró. Empecé a tener contracciones cada vez más seguidas, tanto, que apenas podía descansar entre una y otra. Me concentré en la respiración, menos mal que la había practicado mucho en casa. Cuando mi chico llegó veinte minutos más tarde no podía hablar, una contracción seguía a la otra. Como pude le expliqué lo que había pasado. Afortunadamente para quedarse más tranquilo después de ducharse bajó directamente a la sala de dilatación. Nunca me he alegrado más de verle, eso sí, el pobre se quedó sin desayunar.

En muy poco tiempo había dilatado 6 centímetros, estaba que me retorcía de dolor. Fue entonces cuando vino el anestesista y me puso la epidural. No me negué, tenía demasiado dolor para cuestionarlo, aunque hoy pienso que fue contraproducente. La epidural me dio un respiro pero me paró el parto. Antes de las diez de la mañana ya había dilatado del todo, sin embargo la fase de expulsivo se complicó. Por un lado, el bebé no descendía lo suficiente por el canal de parto. Era muy pequeño y no tenía fuerza para bajar. Por otro, no notaba ya las contracciones y no sabía cuando tenía que empujar. Además estaba muy fatigada. Menos mal que mi pareja estaba a mi lado, cogiéndome la mano, acariciándome la cara y prodigándome todos los mimitos que necesitaba.

Cada poco tiempo pasaban a ver como estaba pero el parto no progresaba, el bebé bajaba pero muy despacio. Cuando ya llevábamos cuatro horas de expulsivo vino una matrona decidida a dar por terminado el parto. Teníamos que sacar al bebé ¡YA!, había riesgo de sufrimiento fetal. La verdad es que fue un poco brusca y poco comprensiva. Yo había practicado la respiración de una forma pero ella insistía en hacerlo a su manera. Tras unos cuantos empujones inútiles, decidió llamar al séptimo de caballería y en un momento la sala de dilatación se llenó de médicos. Para entonces yo sólo quería que Nano naciese sano y que mi chico no se desmayase, o peor,  no echase a correr. Pero ahí estuvo como un valiente viendo nacer a su hijo.

Todo lo que sucedió a continuación lo recuerdo a toda velocidad. Valoraron a toda prisa utilizar unos forceps, para entonces yo ya sabía que me iba a tocar la tan temida episiotomía. Mi único miedo en aquel momento era que lastimasen a mi bebé.

Y aquí entra aquella parte en la que te olvidas de lo que dijiste que no permitirías que te hicieran por nada del mundo. Porque yo había jurado y perjurado que jamás me dejaría hacer la maniobra de Kristeller. Sin embargo, cuando aquella ginecóloga me explicó apresuradamente que se iba a apoyar con las dos manos en mi vientre y empujar hacia abajo, no pude ni supe negarme. Debo decir a su favor que me explicó lo que me iba a hacer y que la maniobra no me resultó dolorosa. Pero no olvido que no es una práctica recomendada y que tiene importantes contraindicaciones de las que hablaré en otro momento.

No puedo valorar si fue efectiva o no, pero en dos empujones nació mi pequeño. Recuerdo vagamente que me lo mostraron… era tan diminuto. El papá lo recuerda mejor que yo. Lo que  no olvidaré nunca es no oírle llorar y como, muy nerviosa, se lo decía a mi pareja: no llora, no llora, y como el papá trataba de tranquilizarme. Hasta que oí su llanto por primera vez y me relajé. Más tarde nos enteramos por el informe de que había estado 45 segundos en parada cardiorespiratoria, pero eso nadie nos lo contó.

Mi bebé pesó 2,220 kg, más que un bebé parecía un gatito. Estaba un poco amoratado, apenas tenía pelo, era más bien delgadito y tenía los labios muy rojos, ¡era tan hermoso!… Tras la primera exploración me lo trajeron y pude estrecharle entre mis brazos, fue el momento más feliz de mi vida. Enseguida me lo coloque al pecho, estaba ansiosa por iniciar nuestra lactancia, su padre sacó el móvil para sacarle una foto.

Y de pronto, toda nuestra felicidad se tornó en desdicha, porque nuestro peque dejó de respirar y empezó a ponerse azul. Avisamos corriendo y la sala volvió a llenarse de médicos. Rápidamente se lo llevaron a neonatos y su padre fue tras él. Y yo me quedé sola y aterrada. Pero en todas partes hay personas buenas y una de las auxiliares se quedó a mi lado consolándome. La estaré eternamente agradecida por su apoyo y sus palabras.

Y aquí acaba mi parto inducido, y empieza nuestra historia en neonatos… Hechos que narraré próximamente en un nuevo post.

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¿PEQUEÑOS TIRANOS O PADRES PERDIDOS?

¿PEQUEÑOS TIRANOS O PADRES PERDIDOS?

Estaban desesperados porque su adorable hija se había convertido en una mocosa malcriada y exigente, no dejaban de preguntarse en que se habían equivocado. Era obvio que se habían relajado demasiado y con los niños nunca se puede bajar la guardia. La pequeña tirana ostentaba su poder de forma insultante. Lloraba nada más depositarla en la cuna y, la muy lista, solo se callaba cuando la cogían en brazos. Se agarraba al pecho a todas horas por puro vicio, y no les dejaba dormir porque se despertaba continuamente alterando su descanso nocturno. Se negaba a comerse los purés que su esclavizada madre preparaba, pero la maleducada enganchaba sin darnos cuenta cualquier cosa comestible que hubiese en la mesa, o lo que es peor, por el suelo. Demandaba atención constante, sin tener consideración por sus agotados padres que llegaban exhaustos del trabajo. Estas vicisitudes, relataban los padres primerizos acongojados.

– ¿Cree que es grave, doctor? ¿Podremos reeducarla?

Mientras, el bebé en el carrito lanzaba un S.O.S. desesperado.

– ¿Lo ve?, ya está llorando otra vez.

Aunque esta es una situación hipotética e hiperbólica representa cómo las expectativas que tenemos sobre nuestros bebés, en ocasiones, no se cumplen. Esto nos lleva a desesperarnos, clamar al cielo y decir aquello de este niño sale a ti.  ¿Y cuáles son las expectativas más comunes?

Expectativas románticas: se basan en una información errónea e idealizada. Los medios de comunicación contribuyen de forma especial a perpetuar estas ideas. En las películas los niños no hacen ruido, ni molestan, se quedan plácidamente dormidos en el moisés hasta la siguiente toma. Se asemejan más a un Nenuco que a un niño. Esto también incluye la felicidad ilimitada, sin ojeras, sin dos tallas más, sin depresión posparto y sin dos tetas como dos balones a punto de reventar.

No es como lo imaginábamos:  llora más de la cuenta o más de lo que nos gustaría, que siempre es mucho y a destiempo. A veces por imaginar, los independizamos a los seis meses y queremos que duerman solos, caminen antes de lo que les corresponde o coman dos platos completos más postre sin rechistar.

¿Tu vida? Ni está ni se la espera: la que pensase que volvería a dormir más de cuatro horas, y seguidas en una misma noche, ya se puede ir despidiendo de ello en un tiempo muuuuy largo. Tu vida ya no es tuya, no te pertenece y eso hay que aceptarlo de forma irracional e instintiva. Por suerte, las hormonas, los ojitos que nos pone nuestro peque y sus sonrisas ayudan a que nos olvidemos de que una vez existimos.

Mejorará nuestra relación de pareja: jajaja, ni de coña. Por muy buena que fuese vuestra relación antes de la llegada del peque discutiréis más que nunca. Los enfados se multiplican con la misma velocidad que las lombrices. Las discrepancias pueden venir por diferencias sobre la crianza del bebé, por interferencias de la familia, por cómo organizar las tareas en casa o por cualquier chorrada. El cansancio acumulado ejerce un efecto potenciador del mal rollo.

Los bebés no dan trabajo, duermen todo el día: Pues que me digan donde están esos bebés transgénicos y mejorados que hacen lo que queramos a voluntad. Porque el mío no para quieto, ni  tiene horario, ni se desconecta después de las diez.

Nos entenderemos a la perfección: pues complicado, porque ellos vienen sin libro de instrucciones y nosotras hemos desconectado de la maternidad hasta el parto. Resultado: qué hace una chica como yo en un sitio como este, o lo que es lo mismo, ¡Dios, dónde nos hemos metido! Por supuesto, nuestro entorno tiene consejos de todo tipo que a veces confunden más que ayudan. La poca sintonía entre madre e hijo también puede provocar situaciones como las del relato, en las que algunos pueden llegar a pensar que el niño llora o protesta para fastidiar a sus sacrificados padres. ¿Por qué llora ahora si acaba de comer y tiene el pañal limpio? Pues en muchos momentos imposible saberlo. En algunas ocasiones,  porque necesita estar contigo. Lo que nos lleva al punto siguiente.

Los niños se crían solos: pues no. No somos conscientes de lo mucho que nos necesitan los primeros años de su vida. Así de simple, o al menos, eso señalan autores que defienden la crianza con apego como Carlos González. Tu hijo necesita contacto físico las 24 horas del día, y a ser posible, que seas tú la que le lleves en brazos y le colmes de besos y caricias. Es a ti y solo a ti, a quien necesita, no un muñeco, ni un chupete ni la hamaca vibratoria último modelo.

Esto es parte de ser madre:

Olvidarte de tus expectativas y abrazar tu nueva y caótica vida.

Ese es tu hijo, su felicidad lo vale todo.

Y Recuerda que:

Nadie te mirará jamás con esos ojos con los que él te mira,

ni te sonreirá de esa manera,

ni te querrá de forma tan incondicional por ser tú.

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MI PARTO INDUCIDO:parte I

MI PARTO INDUCIDO:parte I

Aquí tenéis el post sobre mi parto inducido por ser un CIR tal y cómo os prometí. Me ha costado escribirlo, pero aquí está la primera parte.

No fue el parto que esperaba, ni el que soñaba cuando inicié este viaje, pero las cosas no siempre salen como queremos. Había salido huyendo de un hospital porque querían programarme una cesárea y sin darme cuenta ingresaba voluntariamente en otro para un parto inducido.

Tres días antes, en uno de los controles descubrieron que la placenta había dejado de funcionar correctamente, estábamos en la semana 36+2. La ginecóloga fue muy clara. había que provocar el parto cuanto antes. Mi bebé era considerado un  CIR y ya no crecía. Todavía recuerdo el sentimiento de vértigo. Por mi problema de salud, un Arnold Chiari de tipo 1, me indicaron que no insistirían en exceso en un parto vaginal, que si el parto no avanzaba me harían una cesárea. Algo que se quedó grabado y que la doctora repitió un par de veces fue lo siguiente: que ingreses el viernes no significa que tu hijo nazca el viernes. Me hubiera gustado que hubiese sido más clara porque no entendía muy bien qué quería decir. Más tarde lo entendí el parto sería muyyyyyyy largo. Y vaya si lo fue.

Recuerdo los siguientes días con cierta nebulosa. Había que organizar las últimas cosas para la llegada del bebé, revisar la bolsa que íbamos a llevar, preparar su ropita, montar la cuna, etc. Con la perspectiva del tiempo y sabiendo lo que sé ahora, no le hubiese dado tanta importancia a esos detalles. El día antes fuimos a monitores, todo estaba igual, al menos no había empeorado. Me dejaron volver a casa y me indicaron que debía ingresar por urgencias al día siguiente a las ocho de la mañana.

Me preocupaba que mi niño no estuviese bien, sin embargo, él se movía como de costumbre. Durante el embarazo le había hablado constantemente, así que no me costó trabajo explicarle con palabras lo que iba a pasar. Aunque no pudiese entenderme para mí era muy importante que lo supiese.

Con respecto al papá, no sé si estaba más aterrado que nervioso. Para alguien que se marea con la sangre plantearse estar en un parto es muy valiente. Habíamos hablado mucho sobre ello y aunque él en un principio era reticente pronto entendió que lo necesitaba a él y sólo a él a mi lado. El pobre se puso a ver partos por internet para prepararse para el momento porque decidió estar con nosotros en ese momento.

Pasé el resto del día intentando relajarme, me di un baño, revise las bolsas del hospital, la documentación e hice algunas llamadas. Una cuestión espinosa era si avisar o no a la familia. Decidí no hacerlo, no quería angustiar a mi madre y no deseaba tener a todo el mundo pendiente de mí. Una de mis hermanas fue mi cómplice, y eso porque me acompañó al hospital, si no tampoco la hubiese dicho nada. Debo reconocer que mi familia aún sigue enfadada, pero no me arrepiento.

Deseaba tranquilidad, estar concentrada en lo importante, traer a mi hijo al mundo. No distraerme preocupándome de lo que pasase en la sala de espera. Otro motivo fundamental para mí era no tener la habitación llena de gente cuando subiese a planta. Todo el mundo tiene las mejores intenciones pero, seamos sinceras, no es lo que más apetece inmediatamente después de un parto. Además necesitaba calma para que mi bebé se agarrase al pecho e iniciar nuestra lactancia.

Había imaginado muchas veces ese momento, cuando los tres juntos ya en la habitación iniciásemos nuestra andadura como familia. Puedo seguir hablando de lo que imaginaba y no sucedió. Porque nada salió como habíamos planeado.

El viernes nos levantamos a las seis y poco antes de marcharnos me eché a llorar desconsoladamente. ¿Por qué lloraba? Aún no lo sé.  Supongo que era una forma de sacar la tensión acumulada y por qué no, de despedirme de mi embarazo. Fue curativo, porque me dio valor y fuerza para enfrentar lo que estaba por llegar. Iba a ser un parto instrumentalizado sí o sí, una inducción no suena muy natural y desde luego no lo fue.

Iba mentalizada para todo y el dolor era lo de menos porque lo compensaba el tener a mi peque en los brazos. Poco antes de las ocho estábamos allí ingresando por urgencias. Mi pareja se quedo fuera y a mí me trasladaron a una sala con monitores donde había otras embarazadas como yo. La primera matrona que me atendió fue un encanto. Era su primer día en ese hospital y yo su primera paciente. Da la casualidad de que venía del hospital del que yo me había cambiado. Estuvimos un rato hablando de ello y me explicó que una de sus razones para pedir el traslado era que allí los partos eran en su mayoría patológicos y estaban muy instrumentalizados.

Me explicó cuál era el plan: gel  de Prostaglandinas para dilatarme el cuello del útero y a esperar. Pregunté por la oxitocina y me dijo que lo más probable es que se me pautase al día siguiente. Agradecí sus aclaraciones porque en adelante nadie nos daría más explicaciones, a pesar de que mi pareja se hartó de preguntar según avanzaba el parto. Más tarde me trasladaron a una sala de dilatación, pasé la mayor parte del día en urgencias porque no había camas pero al menos mi chico pudo estar a mi lado.

Empezábamos el proceso con el cuello borrado en un 50% y un centímetro de dilatación, menos es nada. Aunque había traído alguna cosa para entretenerme, el tiempo se nos pasó volando y por la tarde nos mandaron a planta. Lamenté después no haber aprovechado ese tiempo para dormir, porque la noche que nos esperaba era movidita. Ya tenía contracciones y aunque no eran muy seguidas, sí eran dolorosas.

Me subieron la cena y creímos que no pasaría nada nuevo hasta el día siguiente. Pues no. Como a las once de la noche cuando mi chico me estaba ayudando a ducharme llamaron a la puerta. Teníamos que bajar a monitores. Pensamos que sería un rato y que enseguida volveríamos a la habitación. ¡Qué equivocados estábamos!

Próximamente el desenlace….

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SÓLO ES UN BEBÉ, NO UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

Me causa verdadera sorpresa comprobar como un gesto que debería ser normal, y que probablemente lo sea en otras partes del mundo, genera tanta controversia en un país que se cree civilizado como el nuestro. Una diputada lleva a su bebé de pocos meses al congreso, mientras se constituyen las cortes,  y no contenta con eso, se permite el lujo de amamantarlo. Un coro de voces airadas se levantan contra ella, reacción tan desproporcionada que una se pregunta si estamos hablando de  un niño en el congreso o de un arma de destrucción masiva a punto de explotar en el hemiciclo.

Todavía me causa más estupor que otras mujeres y madres desaprueben su conducta, teniendo en cuenta que somos madres y sabemos lo que es tener un bebé y sus necesidades. No neguemos lo evidente, un bebé necesita a su madre las 24 horas del día, otra cuestión es que podamos o nos dejen dedicárselas. Uno de los argumentos es que existe una guardería de pago en el congreso. Claro, y también las niñeras y los muñecos de felpa.

La diputada se defiende, reivindica su derecho de a criar a su hijo con apego. Algunos se remueven incómodos en sus sillones, ¿qué es la crianza con apego? Pues un invento de estos hippies de Podemos. Pues no, señores. ¿Será una moda como la dieta Dukan? Tampoco. Se trata de una elección personal, un estilo de crianza.

La crianza con apego se basa en la teoría del apego del psicólogo británico Jhon Bowlby, que ya a mediados del siglo pasado, defendía que los niños permanecen en un estado de seguridad, ansiedad o temor en función de la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de apego, la cual casi siempre es la madre. Cuanto más accesible y atenta es la madre más aceptado y protegido se siente el niño. Más tarde, en 1990 William Sears propone una serie de principios, que son las bases de la crianza con apego, como la lactancia materna, el contacto físico o atender a sus demandas, entre otras ideas.

Pero no sólo en el ámbito anglosajón se apoya a este modelo, uno de nuestros pediatras más reputados, Carlos González defiende este modelo de crianza. Afirma que en otros lugares del planeta las madres no se separan nunca de sus hijos y no está mal visto que acudan con él al trabajo o a su lugar de estudios. Considera palabras textuales que «es antinatural que los niños vayan a la guardería y sus padres los vean solo dos o tres horas al día«. ¿Exagera? La cuestión no es si los niños deben o no ir a la guardería, porque desgraciadamente muchas mujeres no tienen otra opción, ni siquiera las horas que pasan allí, que para una madre siempre serán demasiadas.

Sí, la teoría es estupenda y nos la sabemos. La cuestión es, ¿dónde están las ayudas qué nos permitan conciliar? ¿Se pueden llevar a cabo las recomendaciones de la crianza con apego en nuestra sociedad? Se puede, siempre y cuando no trabajes. Pero, ¿y trabajando? Pues muy difícil.

Seamos claros, vivimos en una sociedad en la que no se da visibilidad a las madres y a sus hijos, que aprueba que dejes a tu hijo en la guardería ocho horas al día, pero que observa con suspicacia que decidas tomarte una excedencia para cuidarlo. Y lo digo por experiencia propia.

Pero volviendo al congreso, encontramos diferentes opiniones: «es una acción con fines políticos», «partidista», «instrumentalizada», y un largo etc. Pues bienvenida sea, porque gracias a ella empezamos a debatir sobre problemas reales. Pero es que además, la propia diputada lo ha calificado así: «es un gesto simbólico por la reivindicación de todas las mujeres que tienen que poder conciliar vida familiar y personal y vida laboral y hoy día no pueden, que son muchas en nuestro país, millones de mujeres que se enfrentan solas a múltiples obstáculos».

Lejos de calmar la tormenta, sus palabras encienden aún más los ánimos y las redes arden con comentarios a favor o en contra. Y entonces me viene a la cabeza una expresión atribuida erróneamente a Cervantes, «Ladran, Sancho, señal que cabalgamos«

El presidente del Congreso califica la situación de anécdota y ahora soy yo la que me revuelvo en la silla. No señores, la conciliación no puede ser una anécdota, y menos en una sociedad en la que las mujeres se ven obligadas a dejar a sus hijos en una guardería a las 16 semanas de su nacimiento. No, no puede ser una anécdota, el hacer visible que compaginar la crianza con el trabajo es casi imposible.

En definitiva, podemos encarar este suceso de dos formas: con la pataleta del tipo esta señora es una privilegiada y patatán o celebrar que por un día las madres y sus bebés somos noticia.

P.D.: Aunque parezca increíble: debatir no está contraindicado por la OMS, no provoca cáncer, no sube el colesterol, ni es malo para la salud.

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RECETAS VEGETARIANAS FESTIVAS: ParteII: Tarta de verduras y Mousse

RECETAS VEGETARIANAS FESTIVAS: ParteII: Tarta de verduras y Mousse

Vamos a por la segunda parte.

Nos faltaba la tarta cremosa de verduras y la mousse de turrón. Con esta propuesta podemos deshacernos del excedente de turrón acumulado en la despensa. Eso sí, habrá que ir pensando algunas recetas que nos desintoxiquen de los excesos navideños.

TARTA CREMOSA DE VERDURAS

Podéis emplear también otras verduras que tengáis a mano y que necesitéis gastar en ese momento. Si no os gusta mucho el queso podéis echarle un poco menos.

Ingredientes

1 puerro grande

1 calabacín

1 berenjena

1 pimiento verde

1 plancha redonda de hojaldre

1 huevo

250 gramos de requesón o ricotta.

50 ml de aceite de oliva virgen

Una pizca de orégano

Un pizca de cúrcuma

Un puñadito de semillas de sésamo.

Una pizca de sal

Con Thermomix

Pelamos y cortamos en rodajas finas el puerro y el pimiento verde. Añadimos al vaso con 50 ml de aceite de oliva virgen extra. Programamos 8 minutos, 100º, giro a la izquierda y velocidad cuchara.

Mientras troceamos el calabacín y la berenjena. Lo  unimos al vaso, programamos 10 minutos, temperatura Varoma, giro a la izquierda y velocidad cuchara. Cuando termine si quieres trocearlo un poco más, debes esperar que baje la temperatura a 60º y trocear 20 segundos a velocidad 4.

Lo sacas del vaso y lo colocas en un bol. Sin lavar el vaso, introduces el requesón, un huevo y aprovechas para condimentar con orégano, cúrcuma y semillas de sésamo. Programamos 20 segundos y velocidad 5. Añadimos las verduras y mezclamos 10 segundos, giro a la izquierda y velocidad 3.

Sacamos de la nevera la lámina de hojaldre y extendemos en un  molde de 24 cms, en el que previamente hemos puesto un papel de horno para que sea más fácil desmoldar. Nos aseguramos que toma la forma del molde. Añadimos el relleno. Precalentamos el horno a 180º e introducimos en la bandeja del medio. Horneamos durante 25-30 minutos.

Sin Thermomix

Pelamos y cortamos en rodajas finas el puerro y el pimiento verde. Pochamos en una sartén con aceite de oliva. Mientras se va haciendo, troceamos el calabacín y la berenjena en dados pequeños. Añadimos y salpimentamos. Dejamos que se cocine a fuego suave. Ve añadiendo agua según vaya siendo necesario. Cuando este hecho lo quitamos del fuego y lo dejamos enfriar.

En un bol mezclas el requesón y el huevo, después añades el relleno y mezclas de nuevo. Sacamos de la nevera la lámina de hojaldre y extendemos en un  molde de 24 cms, en el que previamente hemos puesto un papel de horno para que sea más fácil desmoldar.

Nos aseguramos que toma la forma del molde. Añadimos el relleno. Precalentamos el horno a 180º e introducimos en la bandeja del medio. Horneamos durante 25-30 minutos.

MOUSSE DE TURRÓN

Como podéis ver, entre los ingredientes no aparece ningún endulzante porque ya el turrón y la nata tienen suficiente azúcar y el postre queda dulce sin necesidad de añadirle más.

Si queréis que tenga mayor textura de mousse podéis añadir dos hojas de gelatina. Yo decidí no hacerlo porque le tengo declarada la guerra a la gelatina. Se crea a través del tejido conjuntivo de los animales, es decir, lo peor: piel, tendones, cartílagos y huesos. No es precisamente un producto vegetariano y me da bastante asco, así que si puedo evitar utilizarlo lo hago. Existe una alternativa a la gelatina de origen animal, se crea a través del alga agar-agar, en otro entrada os hablaré de ella.

Ingredientes

Media tableta de turrón blando

1/2 litro de de nata líquida

2 huevos

1 cucharada y media de mascarpone

Con Thermomix

Lo primero es montar las claras, ponemos las dos claras de huevo en el vaso y programamos dos minutos, uno por cada clara, velocidad 3,5 y 37º. Si están a temperatura ambiente, no es necesario poner temperatura. Sacamos del vaso y reservamos.

A continuación vamos con el turrón, lo troceamos. Lo metemos en el vaso, 3 minutos. 60º grados y velocidad 4. Añadimos las yemas y la mitad de la nata. Ponemos la mariposa en la Thermomix y  Programamos 3 minutos a velocidad 3,5.

Sacamos y en un bol mezclamos con las claras de huevo montadas que están reservadas. Mezclamos con movimientos envolventes de abajo arriba. Montamos el resto de la nata líquida con una cucharada y media de queso mascarpone. Los dos ingredientes tienen que estar muy fríos. Programamos dos minutos a velocidad 3,5.

Mezclamos todo en el bol dejando reservada una parte de la nata. Servimos en los vasos y por encima colocamos la nata reservada. Podemos decorarlos por encima con virutas de chocolate o crocanti de almendras. Metemos en la nevera los vasos al menos durante cuatro horas y lo servimos muy frío.

Sin Thermomix

Monta las claras con la las varillas manuales, echa una pizca de sal para que te sea más fácil. Pon la media tableta de turrón en un cazo con la mitad de la nata con el fuego al mínimo y ve removiendo mientras se deshace.

Una vez deshecho mezcla bien en un bol, añade las yemas y sigue mezclando. Monta la nata. Añade las claras al punto de nieve y la nata y mezcla despacio y con movimientos envolventes. No olvides reservar una parte de la nata.

Servimos en los vasos y por encima colocamos la nata reservada. Podemos decorarlos por encima con virutas de chocolate o crocanti de almendras. Metemos en la nevera los vasos al menos durante cuatro horas y lo servimos muy frío.

Espero que os haya gustado y que me contéis que tal os han salido las recetas.

Gracias por leerme, si te gusta comparte.

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