El bienestar de los niños en tiempos de pandemia

El bienestar de los niños en tiempos de pandemia

El bienestar de los niños en tiempos de pandemia es algo que nos preocupa a todos, aún no siendo los niños los principales afectados por la enfermedad. La pandemia ha cambiado sus vidas y las nuestras de un día para otro y cada niño llevará mejor o peor la situación en función de su carácter y de su entorno.

Una situación que a priori parecía transitoria y puntual, parece que se extiende en el tiempo y que puede tener una duración indefinida y difícil de precisar, tendremos que convivir con el Coronavirus una buena temporada.Tras más de dos meses encerrados en casa sin poder salir y con un estado de alarma, esta situación de emergencia empieza a convertirse en una situación cotidiana y nuestros niños pueden empezar a mostrar signos de cansancio e irritación. Puede parecer a simple vista que la situación no les afecta, sin embargo, es muy importante que estemos atentas por si detectamos algún desequilibrio en su bienestar emocional.

Afortunadamente las medidas de restricción se van relajando.  En España se ha iniciado la desescalada por provincias, pero siempre con el miedo acechando de que volvemos al escenario de contención, si hay un nuevo rebrote o una recaída en la enfermedad a nivel comunitario. Sobre esta enfermedad no hay mucha información y si pocas certezas que en los próximos meses esperamos que se resuelvan

¿Cómo afecta el COVID-19 a los niños?

Hasta este momento no se sabe con seguridad. En un principio, se suponía que los niños eran asintomáticos, bombas infecciosas como alguno les calificó. El caso es que no parecía que los niños enfermasen de Coronavirus y en caso de darse la enfermedad tenía un pronóstico y evolución leve. En España la incidencia de niños contagiados por COVID-19 ha oscilado entre un 1% y un 2%. De este porcentaje el 80% han sido casos leves que no han requerido de hospitalización y el 20% restante ha derivado en un cuadro clínico más grave que ha podido requerir de ingreso hospitalario.

Son datos que nos tranquilizan y que al menos rebajan nuestra inquietud.No obstante, la información ha cambiado en las últimas semanas y ya no parece tan claro que el Coronavirus en los niños curse sin síntomas o que no esté relacionado con otras enfermedades como la enfermedad de Kawasaki.

El Coronavirus y su relación con el síndrome de Kawasaki

La Asociación Española de Pediatría (AEP) emitió un comunicado el pasado 28 de abril informando de la presencia de síntomas sospechosos de estar relacionados con la pandemia como fiebre, dolor abdominal, síntomas gastrointestinales, exantema en la piel, ojos enrojecidos, malestar general e incluso una inflamación cardiaca. 

Un cuadro clínico que se relaciona con el Síndrome de Kawasaki del que nunca antes habíamos oído hablar. Todavía es pronto para delimitar si estos síntomas son provocados o no por el COVID-19 y su relación con este nuevo síndrome ya que se está investigando en profundidad en este momento.

¿Qué es el síndrome de Kawasaki?

Una enfermedad que produce una inflamación aguda en las arterias pequeñas y medianas que produce hinchazón y enrojecimiento en los vasos sanguíneos. No es una patología contagiosa, pero no se sabe que es lo que la causa. Suele ser común en el sudeste asiático y muy poco frecuente en Europa.

Como padres enseguida surge la preocupación por si nuestros hijos pueden o no contagiarse del Coronavirus y si el síndrome de Kawasaki les puede afectar como ha sucedido en algunos lugares de Europa muy castigados por la enfermedad como en Bergamo (Italia). Ante todo no deberíamos entrar en pánico y si mantenernos informados sobre cómo evoluciona la situación.

Sin embargo, conviene ser prudentes y si observamos un cuadro similar en nuestros hijos nos pongamos en contacto con atención primaria sobre todo si detectamos una fiebre muy alta que no baja con nada. En ese caso si es aconsejable acercarnos al hospital más cercano para que evalúen el cuadro médico.

Una investigación pionera sobre el COVID-19 en niños

El Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona ha iniciado una investigación para determinar cuál es la incidencia de la enfermedad entre nuestros niños y entre las mujeres embarazadas. Para ello ha presentado una plataforma de investigación denominada Plataforma Kids Corona que tiene como objetivo descubrir cuales son los factores que protegen a los niños contra la enfermedad y si es posible encontrar un tratamiento que extienda esa protección natural de los niños a los adultos.

 El centro sanitario lanzó una campaña para conseguir reclutar para su estudio a familias con niños en las que uno de los adultos hubiera dado positivo en Coronavirus y fue todo un éxito, más de 2000 familias ya forman parte del estudio.  La investigación acaba de empezar y queda mucho trabajo por hacer, si te interesa aportar tu granito de arena a este proyecto puedes hacer una donación, en pinchando en este enlace. Nosotros ya la hemos hecho.

¿Salir o no salir? Esta es la cuestión

Durante muchas semanas los niños fueron los grandes olvidados de esta pandemia. Toda la atención estaba concentrada en los contagiados y en los fallecidos, que son muchísimos. Desde diferentes organizaciones y asociaciones se insistió en que era inconcebible no permitir que los niños pudieran salir a la calle aunque fuese un rato a diario.

Al final se consiguió que los menores pudieran salir a pasear y desde el 28 de abril los menores de 14 años pueden salir acompañados de un adulto. Poco después se fijó un horario fijo que oscila entre las 12 y las 19 horas y que de momento se mantiene en algunas comunidades que van más retrasadas con la desescalada.

Así que han vuelto a salir a la calle en libertad vigilada en franjas horarias para no coincidir con otros colectivos, poder transitar sin aglomeraciones y siempre respectando la distancia de seguridad. La cuestión es que la libertad vigilada solo nos permite movernos en un kilómetro a la redonda.

Un espacio más que suficiente si vivimos en una zona poco poblada o en un pueblo pequeño e insuficiente si vives en una ciudad densamente poblada como Madrid o Barcelona. Por mucho que los padres traten de poner distancia, en una ciudad todo es más complicado sobre todo cuando los espacios verdes escasean. Estas y otras cuestiones nos llevan a plantearnos de forma individual si debemos dejar salir a los niños o no.

Razones para el sí

Si es recomendable que den un paseo todos los días o solo unos días a la semana. Por supuesto, yo no tengo respuesta para esta disyuntiva. Cada uno de nosotros conocemos nuestras circunstancias personales y sobre todo conocemos a nuestros hijos y su estado de salud general. ¿Es positivo que salgan a la calle? Por un lado, un rotundo sí. Los niños necesitan pasar tiempo al aire libre, pasear, saltar, correr,  montar en bicicleta, actividades que son difíciles de llevar a cabo en una casa o en piso.

Si tienes niños pequeños habrás notado que les alivia salir a pasear un rato y que es una forma de que canalicen su energía y estén menos irritables. Por supuesto, siempre saliendo a la calle con mascarilla y con guantes desechables.

Los riesgos de pasear

Por otro lado, salir a la calle tiene unos riesgos que no podemos minimizar o no tomar en cuenta. Sabemos que los niños lo tocan todo, que no suelen estarse quietos y que antes de que podamos reaccionar es posible que se hayan llevado la mano al ojo o cojan cualquier cosa del suelo. Por ejemplo, a mi hijo le fascinan las piedras y siempre que salimos a pasear volvemos con un buen surtido de piedras diferentes. Es complicado que los niños cumplan con determinadas normas, entre otras cosas porque no las tienen tan interiorizadas como nosotros y porque es posible que no les vean el sentido o simplemente se les olvide.

El caso es que se quitan la mascarilla cada dos por tres, se llevan la mano a la boca con los guantes o se frotan el ojo. Por mucho que repitamos, insistamos y nos pongamos pesados con las normas de seguridad, son niños y no podemos pedirles que se comportan como adultos.

Si decidimos salir a la calle a pasear con ellos debemos tener claro que la salida implica una incierta exposición al Coronavirus. No existe riesgo cero cuando sales de casa, porque ni tienes cien ojos, ni somos omnipotentes para controlarlo todo.

Por muchas medidas de protección que tomemos siempre hay un riesgo de que nos llevemos el bicho a casa. Es inevitable, debemos asumir ese riesgo, ponerlo en una balanza y decidir si nos compensa. Después tomar la decisión que consideremos más oportuna. Si decidimos salir, hagámoslo minimizando el riesgo, tomando las mayores medidas de protección y sin bajar la guardia.

Consejos para salir a la calle

Por supuesto, que cada uno tendrá sus pautas o su forma de llevar a cabo las salidas, pero explico cómo lo estamos llevando a cabo nosotros por si alguien le ayuda.

  • Nosotros no solemos salir todos los días, depende del día que haga y de las ganas que tenga el peque. Que tengamos un horario y posibilidad de salir diariamente no significa que tengamos que salir, es solo una opción.
  • Optamos por salir a la calle en horas poco concurridas. Salir a las 12 de la mañana o a las seis de la tarde implica que nos vamos a encontrar con más gente, sobre todo si vivimos en una zona urbana y no disponemos de apenas espacios libres en el kilómetro a la redonda que nos corresponde. Lo más normal es que la gente se concentre en ese tipo de espacios y en los horarios más habituales de salida. Lo ideal es buscar horas en las que la gente no suele salir a pasear dentro del horario, por ejemplo, mediodía o primera hora de la tarde. Si estas en una de las comunidades autónomas dónde hace más calor lo tienes más difícil puesto que salir a las horas centrales del día con la radiación ultravioleta muy alta no es buena idea, aunque lleves un buen protector solar.
  • Llevamos siempre guantes y mascarilla. Revisamos antes de salir que la mascarilla y los guantes están en perfecto estado. No es la primera vez que salimos de casa y a mitad de camino nos damos cuenta de que los guantes están rotos por la parte de algún dedo de la mano.
  • Llevamos gel desinfectante por si necesitamos utilizarlo en algún momento. Por ejemplo, ha restregado el juguete por todo el suelo, quiere comer, se ha parado a recoger piedras o simplemente se ha quitado los guantes porque le molestan. Nos puede salvar de un apuro.
  • Si llevamos merienda o un refrigerio intentamos que el peque no la toque con los guantes, sobre todo si ya ha tocado algo antes. Una opción es usar el desinfectante para lavarle las manos y evitar que se contamine la comida.
  • Podemos animarles a montar en bicicleta. Cuando utilizan este vehículo la interacción con el entorno es mucho menor que si van con un juguete. Las manos están en los manillares y no en el suelo o en la arena.
  • Respetar la distancia de seguridad si nos encontramos con alguien, especialmente si alguien conocidos como amigos o familiares. Resulta duro, pero hay que insistir a los niños de que no podemos acercarnos, abrazarnos o besarnos. Si son muy pequeños tú tendrás que ser su muro de contención. Si es más mayor es fácil negociar con él. Cuando salimos de casa siempre le recuerdo a mi peque que no podemos acercarnos a los amigos y que hay que saludarles con distancia.
  • Si puedes cambia de ruta cada día, no hagas siempre el mismo camino para que la salida sea más variada. También depende de las posibilidades que tengas, nosotros por aquí tenemos bastantes posibilidades.
  • Al regresar a casa, seguimos una rutina fija: desechamos guantes y aireamos mascarilla (no es de las reutilizables), nos quitamos la ropa que ha estado en contacto con el exterior, dejamos en jabón los juguetes que hemos llevado y nos lavamos las manos a conciencia a pesar de que hemos usado guantes. Los zapatos los dejamos fuera de casa si vives en un piso puedes dejarlos en la entrada de casa. Otra opción es limpiar las suelas con lejía para desinfectarlos, yo no suelo utilizarla porque me da alergia así que uso jabón.

Una vida social restringida

No obstante, salir un rato al día en horario restringido no compensa la ausencia de relaciones sociales con iguales de las que disfrutaban antes del confinamiento en actividades de ocio o en la escuela.

La pandemia nos ha robado las relaciones sociales estrechas y de tú a tú. No hay parques, no hay ratos en casa de los amigos, ni juegos en el polideportivo. Todo eso se ha acabado por tiempo indefinido. Ahora recurrimos a las nuevas tecnologías para que los peques no pierdan el contacto y sigan recordando a sus amigos. Claro no es lo mismo una videollamada entre los niños que jugar juntos, pero intercambian impresiones, hablan en su idioma de sus cosas y sobre todo no se olvidan unos de otros.

No obstante, aunque las nuevas tecnologías nos están ayudando a sobrellevar esta situación, no todo en la vida es tener relaciones virtuales con los amigos. Necesitamos cercanía y contacto y es precisamente lo que no podemos tener porque la enfermedad nos exige distancia social.

Debemos ayudar a nuestros hijos a canalizar la frustración que estas medidas de contención pueden provocar en ellos. Si sienten tristes, irritados o simplemente confusos, hacerles entender que es una reacción normal en esta situación. Que expresen con libertad lo que sienten. Es muy importante no minimizar su tristeza o su enfado sino escucharles atentamente y acompañarles en este proceso.

Por supuesto, habrá días que sea más difícil que otro, mi peque ha cumplido años durante el confinamiento y hemos hecho todo lo posible porque se sintiese arropado por sus amigos aunque fuese desde la distancia. En días señalados es normal que los echen más de menos y que les apetezca más estar con ellos.

Colegios e institutos sin fecha de apertura

Los niños no volverán este curso a la escuela, sería una locura volver a escolarizarles sin saber qué medidas de protección se van a tomar y si se van a poder respetar las restricciones. Probablemente nuestros hijos no vuelvan a la escuela hasta el próximo curso y no sabemos en qué condiciones ni si será en septiembre o más adelante.

La incertidumbre es enorme. Desde que se cerraron los colegios e institutos los niños y adolescentes no han estado de vacaciones. Cerraron los centros de forma presencial por la pandemia, pero su formación no se ha visto interrumpida ya que los centros escolares han tenido que improvisar una dinámica de trabajo online para poder seguir adelante con el curso. Todos hemos seguido trabajando y funcionando desde casa a nivel online y a distancia, compartiendo espacios y la tecnología de la que disponemos.

Una adaptación escolar compleja

Puedo hablar en primera persona y por mi experiencia personal que el ajuste está siendo especialmente complicado para alumnos y profesores pero que nos estamos dejando la piel porque funcione. No obstante, la saturación y el cansancio hacen mella porque lo que era excepcional se ha convertido en cotidiano.

Los padres y los alumnos protestan porque tienen mucho trabajo y los docentes se ven obligados a proponer todas estas tareas porque la administración lo exige. Probablemente no estemos de acuerdo con todas las tareas que se plantean desde el colegio, pero no debemos olvidar que detrás de estas tareas también hay una persona probablemente en tus mismas circunstancias, intentando trabajar desde casa y atendiendo a sus hijos y a sus tareas. Hoy más que nunca familias y docentes deberíamos estar unidos. Tenemos un objetivo y un compromiso común sacar adelante a nuestros chicos.

Sin embargo, esta situación de estudio a distancia es posible que se prolongue en el tiempo más de lo que esperamos. Esto implica que vamos a tener en casa a los niños durante al menos cuatro o cinco meses más y que posiblemente cuando regresen al aula lo hagan en pequeños grupos y manteniendo las distancias. Y probablemente no todos los días ni toda la jornada escolar. Nos toca adaptarnos a este escenario y a los que le precedan. Y por supuesto, es imprescindible que se lo expliquemos a nuestros hijos cuando llegue el momento.

¿Niños más cansados e irritables?

¿Tu hijo llora más últimamente? ¿Está más irritable? Es normal. Está cansado y probablemente harto de esta situación. ¿Tú no tienes la misma sensación algunos días? Pues a él le sucede exactamente lo mismo. Puede estar saturado por las tareas, cansado de estar en casa o de hacer siempre lo mismo.

Por supuesto, que esta situación se lleva mejor si tenemos unas rutinas establecidas y las llevamos a cabo cada día, saber que tenemos que hacer en cada momento y que podemos esperar no da seguridad y nos tranquiliza.

No obstante, hay momentos en que las rutinas pueden ser más perjudiciales que beneficiosas, si las llevamos a rajatabla y no somos flexibles con las necesidades de nuestra familia. Claro que es importante que el niño madrugue y haga sus tareas, pero no pasa nada si hoy está muy cansado y se levanta un poco más tarde. Tampoco es un drama si hoy simplemente aparcamos las tareas del colegio y las dejamos para mañana.

Se más flexible y relativiza

La organización es fundamental, pero también improvisar e introducir novedades que pueden suponer un extra de motivación en momentos en que sentimos que nuestras fuerzas flaquean. Nosotras más que nadie conocemos a nuestros hijos y sabemos lo que necesitan. Escúchale y desde la empatía trata de ofrecerle alternativas.

No significa que ningún día haga sus tareas, pero tampoco que tenga que seguir un horario estricto de 9 a 14h. Busca actividades que le gusten y que podías realizar en casa o llevarlas a cabo cuando salís al paseo diario. Nosotros, por ejemplo, a veces recogemos plantas medicinales en el campo para hacer aceites esenciales, pero puede ser cualquier otra cosa que suponga una novedad o que le guste.

Y sobre todo ten mucha paciencia con él. Trata de comprenderle y ofrecerle tu apoyo en estos momentos. Que sepa que incondicionalmente estás a su lado y que pase lo que pase le vas a acompañar en este y otros procesos de la vida.

Y hasta aquí el post de hoy, espero que te haya sido útil.¿Cómo estás viviendo la pandemia con tus hijos? ¿Qué es lo que está resultando más difícil? Si te apetece compartirlo con nosotros déjanos un comentario.

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El COVID-19 y su estrecha relación con el cambio climático

El COVID-19 y su estrecha relación con el cambio climático

El COVID-19 y su estrecha relación con el cambio climático es la cuestión que vamos a abordar hoy en el blog. El Coronavirus ha cambiado nuestras vidas, quién lo hubiera pensado cuando nos comíamos tranquilamente las uvas el 31 de diciembre de 2019. Para entonces la enfermedad empezaba a cobrarse sus primeras víctimas, pero para nosotros eso sucedía muy lejos.

Yo misma escribí un post que hablaba sobre los Desafíos climáticos de la próxima década y no se me pasó por la cabeza hablar de una pandemia mundial que nos paralizase a todos. Sin embargo, aquí estamos teletrabajando desde casa, con los niños sin colegio y con medidas de restricción que no sabemos hasta cuando se van a prolongar.

El COVID-19 y su estrecha relación con el cambio climático

Un porcentaje bastante alto de las personas que leerán este post pensará que el Coronavirus no tiene nada que ver con el cambio climático o con la emergencia climática, no relacionarán ambos hechos porque a priori parecen dos cuestiones independientes. Sin embargo, el Covid-19 y los anteriores Coronavirus, afortunadamente menos letales que esté, llevan tiempo avisándonos de que su presencia ni es anecdótica ni era imprevisible.

El mundo de la ciencia lleva alertando desde años de que este escenario era posible, no quizás de la forma en que se ha desarrollado. No obstante, si sabían que la incidencia de enfermedades infecciosas había aumentado considerablemente los últimos años y que una posible pandemia podía llegar en cualquier momento. Hoy sabemos que el 60% de las nuevas enfermedades que amenazan al ser humano han saltado desde los animales. Y muchas de estas enfermedades tienen que ver directamente con la pérdida de biodiversidad.

El COVID-19 y la pérdida de biodiversidad

Algunos investigadores relacionan directamente el deterioro del medio ambiente y la pérdida de la biodiversidad con enfermedades recién llegadas a nuestras vidas como el COVID-19. Mientras que antes se pensaba que en los bosques donde no habitaba el ser humano se escondían virus letales, hoy se ha demostrado que es la invasión humana de esos entornos vírgenes lo que está provocando esta y otras enfermedades modernas. Estas zonas tropicales guardan una gran variedad de especies animales y de fauna salvaje que arrasamos sin detenernos a pensar. Muchos de estos animales son encarcelados en jaulas y vendidos en mercados para satisfacer el paladar humano. Esto produce un desequilibrio entre ecosistemas que lleva a liberar a ciertos virus de su huésped primario.

En las últimas décadas se han extinguido numerosas especies animales que tenían una función en su ecosistema y que funcionaban como diques de contención. Cuando hay muchas especies distintas que conviven en un mismo ecosistema ellas mismas a través de esa interacción se controlan entre sí y regulan la población y, por lo tanto, existen muchas menos posibilidades de que un virus se haga fuerte y llegue hasta nosotros. Algunas especies animales funcionan como cortafuegos antes determinados virus y consiguen reducir su incidencia o simplemente han conseguido acotar o minimizar sus efectos, ya que son un mal hospedador para el virus. Así ha sido durante milenios hasta que el ser humano rompió ese equilibrio natural permitiendo la extinción y desaparición de un buen número de especies necesarias para la vida en este planeta.

La enfermedad y el tráfico de animales salvajes

No solo la pérdida de la biodiversidad nos muestra la estrecha relación entre el COVID-19 y el cambio climático, también el tráfico de animales salvajes contribuye a que tengamos más posibilidades de enfermar por un Coronavirus. El Centro de Prevención y Control de Enfermedades de EEUU (CDC) afirma que el 75% de las enfermedades que han aparecido recientemente y que afectan a los humanos provienen de animales salvajes. Son malos tiempos para construir una urbanización y un campo de golf en un paraje virgen.

Ironías aparte, en el mercado de Wuhan de donde se supone que salió el COVID-19 se venden todo tipo de especie salvajes sin ningún tipo de medida de control o de seguridad alimentaria. Un lugar perfecto para que los virus y patógenos salten fácilmente de los animales a los humanos.

Además, estos animales sufren de un gran estrés por ser arrancados de su entorno, no ser alimentados como corresponde y acabar sus vidas hacinados en un puesto en el mercado. Numerosos estudios experimentales sobre el estrés realizados en animales han demostrado que cuando el estrés sube el sistema inmunológico baja drásticamente haciendo que estemos más expuesto a los virus y que estos nos ataquen de forma más virulenta, lo que puede hacer que nuestra carga vírica se dispare. No sabemos que pasó en Wuham hace unos meses y si fue el pangolín u otro animal el que contagió al enfermo cero, pero si podemos suponer que estos factores tuvieron una influencia en el desarrollo del trastorno.

Enfermedades bajo el hielo

Los coronavirus han venido para quedarse, al igual que llegarán otros virus cuando acabe por descongelarse lo que queda del Ártico. Virus que llevan allí decenios esperando ser despertados y que el calentamiento global nos ha traído de nuevo. Y aunque parezca increíble no es la sinopsis de una película o una serie de televisión, es la realidad que nos espera.

Se estima que en el Ártico hay atrapados virus de la época prehistórica, virus que circularon por este planeta mucho antes de que nosotros lo poblásemos. Cuando salgan a la superficie es muy posible que nuestro sistema inmune no sepa combatirlos porque nunca antes nos habremos enfrentado a ello, la reacción de nuestro sistema inmunológico es imprevisible. También quedan vestigios en el hielo de la temida gripe de 1918, el precedente más cercano en el tiempo que tenemos de esta crisis, entre otras enfermedades que fueron superadas hace décadas.

El deshielo es parte del calentamiento del planeta y sí, el clima influye en la forma en que se desencadenan las enfermedades. De hecho, el calentamiento global ha hecho que las estimaciones de contagio para la malaria se disparen en el caso de que se cumpla una subida de la temperatura global. Para 2030, apenas dentro de diez años se estima que 3.600 millones de personas estarán expuestas a esta enfermedad.

La degradación de la tierra y sus consecuencias

Kate Jones una eminencia en biodiversidad de la Universidad UCL de Londres, lo tiene claro, la degradación de los suelos contribuye a las pandemias. La destrucción de los ecosistemas tiene un precio que no podíamos imaginar hasta ahora, las especies que suelen sobrevivir suelen hospedar virus que potencialmente pueden dañar nuestra salud. Los sistemas simplificados, despojados de su identidad, producen un efecto de amplificación de enfermedades. Sin duda debería preocuparnos mucho más ver incendiarse el Amazonas para posteriormente cultivar soja o dejar espacio a la ganadería intensiva.

La investigadora Felicia Keesing en la misma línea afirma en un artículo publicado en la revista Nature que muchas de las enfermedades que han llegado a nosotros y que tienen la potencialidad de enfermarnos han tenido su origen en el abuso al que se ha sometido a la tierra y a la agricultura intensiva que mata la biodiversidad para cultivar miles de hectáreas de una sola variedad. Y en esa explotación de monocultivos es muy habitual que se produzcan diferentes plagas que amenacen los cultivos, ya que hemos acabado con toda la biodiversidad susceptible de proteger a las plantas de las los organismos que los atacan.

La desforestación es otro gran problema.  Se extiende por el planeta a un ritmo vertiginoso y difícil de frenar, a la misma velocidad con la que nuevas amenazas en forma de virus y patógenos hacen peligrar la vida humana. Todavía no hemos entendido qué si dañamos un ecosistema, rompemos el equilibrio y que si ese equilibrio se rompe, el resto de ecosistemas se ven afectados por esa fractura. En otras palabras, estamos conectados unos a otros y un cambio en un eslabón de la cadena afecta a la cadena completa y la modifica por completo.

La enfermedad y la regeneración de la naturaleza

Mientras nosotros seguimos confinados la naturaleza sigue su curso y se regenera. Por supuesto, esta reducción de la contaminación ambiental es un beneficio colateral de una tragedia que se vive puerta con puerta. Venecia hasta unas semanas uno de los destinos turísticos más masificados del mundo era uno de los lugares más contaminados del planeta. Sin embargo, hoy se ven los canales de Venecia como sus vecinos no recordaban haberlo visto en años. Ha vuelto la vida y regenera los canales, una imagen que nos lleva a reflexionar el impacto del ser humano sobre los ecosistemas. ¿Puede Venecia subsistir sin el turismo masificado? Depende del modelo económico que escojan y de que peso que le den a las cuestiones medioambientales que hasta ahora no han importado nada a pesar de que los canales están en peligro desde hace tiempo.

Si comparamos el índice de contaminación de marzo de 2019 con el mismo mes en 2020 en algunas de las principales ciudades de la península observaremos una disminución importante de la contaminación atmosférica. Por ejemplo, en la ciudad de Madrid según el Sistema de Vigilancia de la Calidad del Aire del Ayuntamiento ha catalogado el aire de muy bueno durante los primeros días de confinamiento y se han reducido los gases de efecto invernadero aproximadamente un 57%.  La contaminación se ha reducido considerablemente. Ha desaparecido el sombrero gris de las ciudades y desde Madrid hoy se divisa la sierra nítidamente.

Es solo un espejismo, el dióxido de carbono sigue disparado

Sin duda hoy el aire es mucho más respirable y sano que hace un año. La mala noticia es que aunque respiremos mejor y creamos que los problemas de contaminación se han resuelto milagrosamente, no es cierto y los datos así lo demuestran. 2019 se cerró como el año que superamos las 415 partes por millón de dióxido de carbono a la atmósfera, ya lo comentaba en el post, Emergencia climática un caminante blanco en tu sofá.

Hace unos días hemos logrado otro nefasto record al superar esa terrible cifra. El Observatorio de Vigiliancia Atmosférica Global situado junto al Teide detectó el 18 de abril que habíamos llegado a los 418,7 partes por millón de concentración media diaria de dióxido de carbono. Debemos remontarnos tres millones de años tras en el tiempo para albergar concentraciones similares.

Y no es el único observatorio que ofrece resultados similares, el observatorio de Mauna Loa situado en Hawai detectó 417 PM días antes del registro efectuado en las Islas Canarias. ¿Cómo es posible si durante el confinamiento hemos parado industrias y dejado en tierra aviones? Muy fácil, porque la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que hemos visto estos días tiene un impacto nulo en el cómputo global. Los gases de efecto invernadero que hoy son tan altos son consecuencia de la contaminación emitida a la atmósfera desde hace décadas. No hemos resuelto el problema medioambiental ni mucho menos porque el problema es muy complejo.

La contaminación afecta al desarrollo del COVID-19

Asimismo, se está alertando que la contaminación también contribuye al contagio del COVID-19 y otros patógenos debido a que las partículas en suspensión se quedan más tiempo en el aire y pueden viajar a más distancia. Esto puede aumentar la carga vírica a la que estamos expuestos o exacerbar nuestros problemas respiratorios sobre todo si ya existe una patología previa o tenemos un sistema inmune deprimido.

Con este panorama vislumbramos el final del confinamiento, sin ser conscientes de que el Coronavirus es una advertencia de la naturaleza contra nuestro estilo de vida y nuestro modelo productivo y económico. Cuando acabe el confinamiento todo volverá a funcionar y la contaminación volverá a consumirnos lentamente. De hecho, en Wuham ya han vuelto a funcionar las fábricas y como era de esperar ha empezado a subir la contaminación. Nos curamos temporalmente del Covid-19 y la contaminación empieza a resurgir tal que ave fénix. Paradojas de la globalización.

La emergencia climática suspendida

La COP26, la cumbre del clima que iba a celebrarse en noviembre de 2020 ha sido aplazada a 2021. Una decisión incomprensible que nos confirma que la emergencia climática es la gran olvidada de esta crisis sanitaria. Ningún país va a parar su economía por el cambio climático tras esta crisis, el impacto de la pandemia es tan duro que un gran número de países entrarán en recesión este año, entre ellos España. Nadie querrá hablar de medio ambiente y mucho menos de jubilar los combustibles fósiles. Les daremos un poquito más de tregua esperando que el modelo no se acabe como la gallina de los huevos de oro. Y seguiremos con la huida hacia adelante.

La contaminación y todo lo que conlleva el cambio climático matará más personas que el COVID-19, se estima que siete millones de personas mueren al año por complicaciones de salud relacionadas con la contaminación del aire. Una muerte silenciosa, lenta y dolorosa que no aparece en ninguna estadística. Una agonía retransmitida como un reality desde una plataforma de streaming a la que estamos invitados y de la que seremos protagonistas estelares.

¿Es la pandemia por Coronavirus más importante que la emergencia climática?

Me pregunto esto todos los días desde que empezó el confinamiento y nos metimos en casa por tiempo indefinido. No, sinceramente no lo creo. No es menos importante la emergencia climática, creo que es más inminente o más urgente la pandemia por Coronavirus porque la estamos sufriendo ahora, en este instante. Desde que empezó esta pesadilla se cuentan los muertos cada día por países, por comunidades por localidades y probablemente nos quedemos cortos sumando a los fallecidos y haya otros muchos que fallecieron por otras patologías y que no aparecerán en ningún recuento.

Una pandemia es mucho más tangible, es un estresor agudo que nos obliga a detenernos con todas las consecuencias y que capta toda nuestra atención. El cambio climático es ese estresor crónico para el que nunca tenemos tiempo pero que convertirá el cáncer en metástasis antes de que podamos darnos cuenta. Un estresor con la capacidad de matarnos o de que nos extingamos como especie.

¿Estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida por la emergencia climática?

Esa es la gran pregunta. ¿Seremos capaces de encerrarnos en casa por tiempo indefinido? ¿Dejaremos de volar a menudo o de conducir nuestro vehículo cada mañana? ¿Y si el estado nos lo impusiese cómo lo tomaríamos? ¿Lo entenderíamos? Creo que no, como sociedad aún no estamos del todo concienciados para afrontar estos retos y este sacrificio.

¿Sacaremos alguna reflexión de esta pandemia? Es pronto para saberlo. Sí, sé que es una grandísima oportunidad para impulsar un cambio de modelo y para reivindicar políticas medioambientales firmes y sensatas. La pandemia hoy es una noticia que copa toda la atención en los medios de comunicación, pero esta pandemia no será la última.  

La emergencia climática seguirá estando ahí cuando llegue la siguiente pandemia, delante de nosotros como un enorme gigante que nos mira atónico porque no nos alejamos de su trayectoria. Si salimos de esta pandemia y de esta crisis con la misma mentalidad arrolladora e irresponsable no habremos aprendido nada y lo peor de todo habremos perdido un tiempo precioso. Y no me cansaré de decirlo, el tiempo se agota. El COVID-19 mantiene una estrecha relación con el cambio climático y si no ponemos medidas, el Coronavirus no será una pandemia que sufrimos en 2020, será el comienzo de una pandemia tras otra. 

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