El COVID-19 y su estrecha relación con el cambio climático es la cuestión que vamos a abordar hoy en el blog. El Coronavirus ha cambiado nuestras vidas, quién lo hubiera pensado cuando nos comíamos tranquilamente las uvas el 31 de diciembre de 2019. Para entonces la enfermedad empezaba a cobrarse sus primeras víctimas, pero para nosotros eso sucedía muy lejos.

Yo misma escribí un post que hablaba sobre los Desafíos climáticos de la próxima década y no se me pasó por la cabeza hablar de una pandemia mundial que nos paralizase a todos. Sin embargo, aquí estamos teletrabajando desde casa, con los niños sin colegio y con medidas de restricción que no sabemos hasta cuando se van a prolongar.

El COVID-19 y su estrecha relación con el cambio climático

Un porcentaje bastante alto de las personas que leerán este post pensará que el Coronavirus no tiene nada que ver con el cambio climático o con la emergencia climática, no relacionarán ambos hechos porque a priori parecen dos cuestiones independientes. Sin embargo, el Covid-19 y los anteriores Coronavirus, afortunadamente menos letales que esté, llevan tiempo avisándonos de que su presencia ni es anecdótica ni era imprevisible.

El mundo de la ciencia lleva alertando desde años de que este escenario era posible, no quizás de la forma en que se ha desarrollado. No obstante, si sabían que la incidencia de enfermedades infecciosas había aumentado considerablemente los últimos años y que una posible pandemia podía llegar en cualquier momento. Hoy sabemos que el 60% de las nuevas enfermedades que amenazan al ser humano han saltado desde los animales. Y muchas de estas enfermedades tienen que ver directamente con la pérdida de biodiversidad.

El COVID-19 y la pérdida de biodiversidad

Algunos investigadores relacionan directamente el deterioro del medio ambiente y la pérdida de la biodiversidad con enfermedades recién llegadas a nuestras vidas como el COVID-19. Mientras que antes se pensaba que en los bosques donde no habitaba el ser humano se escondían virus letales, hoy se ha demostrado que es la invasión humana de esos entornos vírgenes lo que está provocando esta y otras enfermedades modernas. Estas zonas tropicales guardan una gran variedad de especies animales y de fauna salvaje que arrasamos sin detenernos a pensar. Muchos de estos animales son encarcelados en jaulas y vendidos en mercados para satisfacer el paladar humano. Esto produce un desequilibrio entre ecosistemas que lleva a liberar a ciertos virus de su huésped primario.

En las últimas décadas se han extinguido numerosas especies animales que tenían una función en su ecosistema y que funcionaban como diques de contención. Cuando hay muchas especies distintas que conviven en un mismo ecosistema ellas mismas a través de esa interacción se controlan entre sí y regulan la población y, por lo tanto, existen muchas menos posibilidades de que un virus se haga fuerte y llegue hasta nosotros. Algunas especies animales funcionan como cortafuegos antes determinados virus y consiguen reducir su incidencia o simplemente han conseguido acotar o minimizar sus efectos, ya que son un mal hospedador para el virus. Así ha sido durante milenios hasta que el ser humano rompió ese equilibrio natural permitiendo la extinción y desaparición de un buen número de especies necesarias para la vida en este planeta.

La enfermedad y el tráfico de animales salvajes

No solo la pérdida de la biodiversidad nos muestra la estrecha relación entre el COVID-19 y el cambio climático, también el tráfico de animales salvajes contribuye a que tengamos más posibilidades de enfermar por un Coronavirus. El Centro de Prevención y Control de Enfermedades de EEUU (CDC) afirma que el 75% de las enfermedades que han aparecido recientemente y que afectan a los humanos provienen de animales salvajes. Son malos tiempos para construir una urbanización y un campo de golf en un paraje virgen.

Ironías aparte, en el mercado de Wuhan de donde se supone que salió el COVID-19 se venden todo tipo de especie salvajes sin ningún tipo de medida de control o de seguridad alimentaria. Un lugar perfecto para que los virus y patógenos salten fácilmente de los animales a los humanos.

Además, estos animales sufren de un gran estrés por ser arrancados de su entorno, no ser alimentados como corresponde y acabar sus vidas hacinados en un puesto en el mercado. Numerosos estudios experimentales sobre el estrés realizados en animales han demostrado que cuando el estrés sube el sistema inmunológico baja drásticamente haciendo que estemos más expuesto a los virus y que estos nos ataquen de forma más virulenta, lo que puede hacer que nuestra carga vírica se dispare. No sabemos que pasó en Wuham hace unos meses y si fue el pangolín u otro animal el que contagió al enfermo cero, pero si podemos suponer que estos factores tuvieron una influencia en el desarrollo del trastorno.

Enfermedades bajo el hielo

Los coronavirus han venido para quedarse, al igual que llegarán otros virus cuando acabe por descongelarse lo que queda del Ártico. Virus que llevan allí decenios esperando ser despertados y que el calentamiento global nos ha traído de nuevo. Y aunque parezca increíble no es la sinopsis de una película o una serie de televisión, es la realidad que nos espera.

Se estima que en el Ártico hay atrapados virus de la época prehistórica, virus que circularon por este planeta mucho antes de que nosotros lo poblásemos. Cuando salgan a la superficie es muy posible que nuestro sistema inmune no sepa combatirlos porque nunca antes nos habremos enfrentado a ello, la reacción de nuestro sistema inmunológico es imprevisible. También quedan vestigios en el hielo de la temida gripe de 1918, el precedente más cercano en el tiempo que tenemos de esta crisis, entre otras enfermedades que fueron superadas hace décadas.

El deshielo es parte del calentamiento del planeta y sí, el clima influye en la forma en que se desencadenan las enfermedades. De hecho, el calentamiento global ha hecho que las estimaciones de contagio para la malaria se disparen en el caso de que se cumpla una subida de la temperatura global. Para 2030, apenas dentro de diez años se estima que 3.600 millones de personas estarán expuestas a esta enfermedad.

La degradación de la tierra y sus consecuencias

Kate Jones una eminencia en biodiversidad de la Universidad UCL de Londres, lo tiene claro, la degradación de los suelos contribuye a las pandemias. La destrucción de los ecosistemas tiene un precio que no podíamos imaginar hasta ahora, las especies que suelen sobrevivir suelen hospedar virus que potencialmente pueden dañar nuestra salud. Los sistemas simplificados, despojados de su identidad, producen un efecto de amplificación de enfermedades. Sin duda debería preocuparnos mucho más ver incendiarse el Amazonas para posteriormente cultivar soja o dejar espacio a la ganadería intensiva.

La investigadora Felicia Keesing en la misma línea afirma en un artículo publicado en la revista Nature que muchas de las enfermedades que han llegado a nosotros y que tienen la potencialidad de enfermarnos han tenido su origen en el abuso al que se ha sometido a la tierra y a la agricultura intensiva que mata la biodiversidad para cultivar miles de hectáreas de una sola variedad. Y en esa explotación de monocultivos es muy habitual que se produzcan diferentes plagas que amenacen los cultivos, ya que hemos acabado con toda la biodiversidad susceptible de proteger a las plantas de las los organismos que los atacan.

La desforestación es otro gran problema.  Se extiende por el planeta a un ritmo vertiginoso y difícil de frenar, a la misma velocidad con la que nuevas amenazas en forma de virus y patógenos hacen peligrar la vida humana. Todavía no hemos entendido qué si dañamos un ecosistema, rompemos el equilibrio y que si ese equilibrio se rompe, el resto de ecosistemas se ven afectados por esa fractura. En otras palabras, estamos conectados unos a otros y un cambio en un eslabón de la cadena afecta a la cadena completa y la modifica por completo.

La enfermedad y la regeneración de la naturaleza

Mientras nosotros seguimos confinados la naturaleza sigue su curso y se regenera. Por supuesto, esta reducción de la contaminación ambiental es un beneficio colateral de una tragedia que se vive puerta con puerta. Venecia hasta unas semanas uno de los destinos turísticos más masificados del mundo era uno de los lugares más contaminados del planeta. Sin embargo, hoy se ven los canales de Venecia como sus vecinos no recordaban haberlo visto en años. Ha vuelto la vida y regenera los canales, una imagen que nos lleva a reflexionar el impacto del ser humano sobre los ecosistemas. ¿Puede Venecia subsistir sin el turismo masificado? Depende del modelo económico que escojan y de que peso que le den a las cuestiones medioambientales que hasta ahora no han importado nada a pesar de que los canales están en peligro desde hace tiempo.

Si comparamos el índice de contaminación de marzo de 2019 con el mismo mes en 2020 en algunas de las principales ciudades de la península observaremos una disminución importante de la contaminación atmosférica. Por ejemplo, en la ciudad de Madrid según el Sistema de Vigilancia de la Calidad del Aire del Ayuntamiento ha catalogado el aire de muy bueno durante los primeros días de confinamiento y se han reducido los gases de efecto invernadero aproximadamente un 57%.  La contaminación se ha reducido considerablemente. Ha desaparecido el sombrero gris de las ciudades y desde Madrid hoy se divisa la sierra nítidamente.

Es solo un espejismo, el dióxido de carbono sigue disparado

Sin duda hoy el aire es mucho más respirable y sano que hace un año. La mala noticia es que aunque respiremos mejor y creamos que los problemas de contaminación se han resuelto milagrosamente, no es cierto y los datos así lo demuestran. 2019 se cerró como el año que superamos las 415 partes por millón de dióxido de carbono a la atmósfera, ya lo comentaba en el post, Emergencia climática un caminante blanco en tu sofá.

Hace unos días hemos logrado otro nefasto record al superar esa terrible cifra. El Observatorio de Vigiliancia Atmosférica Global situado junto al Teide detectó el 18 de abril que habíamos llegado a los 418,7 partes por millón de concentración media diaria de dióxido de carbono. Debemos remontarnos tres millones de años tras en el tiempo para albergar concentraciones similares.

Y no es el único observatorio que ofrece resultados similares, el observatorio de Mauna Loa situado en Hawai detectó 417 PM días antes del registro efectuado en las Islas Canarias. ¿Cómo es posible si durante el confinamiento hemos parado industrias y dejado en tierra aviones? Muy fácil, porque la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que hemos visto estos días tiene un impacto nulo en el cómputo global. Los gases de efecto invernadero que hoy son tan altos son consecuencia de la contaminación emitida a la atmósfera desde hace décadas. No hemos resuelto el problema medioambiental ni mucho menos porque el problema es muy complejo.

La contaminación afecta al desarrollo del COVID-19

Asimismo, se está alertando que la contaminación también contribuye al contagio del COVID-19 y otros patógenos debido a que las partículas en suspensión se quedan más tiempo en el aire y pueden viajar a más distancia. Esto puede aumentar la carga vírica a la que estamos expuestos o exacerbar nuestros problemas respiratorios sobre todo si ya existe una patología previa o tenemos un sistema inmune deprimido.

Con este panorama vislumbramos el final del confinamiento, sin ser conscientes de que el Coronavirus es una advertencia de la naturaleza contra nuestro estilo de vida y nuestro modelo productivo y económico. Cuando acabe el confinamiento todo volverá a funcionar y la contaminación volverá a consumirnos lentamente. De hecho, en Wuham ya han vuelto a funcionar las fábricas y como era de esperar ha empezado a subir la contaminación. Nos curamos temporalmente del Covid-19 y la contaminación empieza a resurgir tal que ave fénix. Paradojas de la globalización.

La emergencia climática suspendida

La COP26, la cumbre del clima que iba a celebrarse en noviembre de 2020 ha sido aplazada a 2021. Una decisión incomprensible que nos confirma que la emergencia climática es la gran olvidada de esta crisis sanitaria. Ningún país va a parar su economía por el cambio climático tras esta crisis, el impacto de la pandemia es tan duro que un gran número de países entrarán en recesión este año, entre ellos España. Nadie querrá hablar de medio ambiente y mucho menos de jubilar los combustibles fósiles. Les daremos un poquito más de tregua esperando que el modelo no se acabe como la gallina de los huevos de oro. Y seguiremos con la huida hacia adelante.

La contaminación y todo lo que conlleva el cambio climático matará más personas que el COVID-19, se estima que siete millones de personas mueren al año por complicaciones de salud relacionadas con la contaminación del aire. Una muerte silenciosa, lenta y dolorosa que no aparece en ninguna estadística. Una agonía retransmitida como un reality desde una plataforma de streaming a la que estamos invitados y de la que seremos protagonistas estelares.

¿Es la pandemia por Coronavirus más importante que la emergencia climática?

Me pregunto esto todos los días desde que empezó el confinamiento y nos metimos en casa por tiempo indefinido. No, sinceramente no lo creo. No es menos importante la emergencia climática, creo que es más inminente o más urgente la pandemia por Coronavirus porque la estamos sufriendo ahora, en este instante. Desde que empezó esta pesadilla se cuentan los muertos cada día por países, por comunidades por localidades y probablemente nos quedemos cortos sumando a los fallecidos y haya otros muchos que fallecieron por otras patologías y que no aparecerán en ningún recuento.

Una pandemia es mucho más tangible, es un estresor agudo que nos obliga a detenernos con todas las consecuencias y que capta toda nuestra atención. El cambio climático es ese estresor crónico para el que nunca tenemos tiempo pero que convertirá el cáncer en metástasis antes de que podamos darnos cuenta. Un estresor con la capacidad de matarnos o de que nos extingamos como especie.

¿Estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida por la emergencia climática?

Esa es la gran pregunta. ¿Seremos capaces de encerrarnos en casa por tiempo indefinido? ¿Dejaremos de volar a menudo o de conducir nuestro vehículo cada mañana? ¿Y si el estado nos lo impusiese cómo lo tomaríamos? ¿Lo entenderíamos? Creo que no, como sociedad aún no estamos del todo concienciados para afrontar estos retos y este sacrificio.

¿Sacaremos alguna reflexión de esta pandemia? Es pronto para saberlo. Sí, sé que es una grandísima oportunidad para impulsar un cambio de modelo y para reivindicar políticas medioambientales firmes y sensatas. La pandemia hoy es una noticia que copa toda la atención en los medios de comunicación, pero esta pandemia no será la última.  

La emergencia climática seguirá estando ahí cuando llegue la siguiente pandemia, delante de nosotros como un enorme gigante que nos mira atónico porque no nos alejamos de su trayectoria. Si salimos de esta pandemia y de esta crisis con la misma mentalidad arrolladora e irresponsable no habremos aprendido nada y lo peor de todo habremos perdido un tiempo precioso. Y no me cansaré de decirlo, el tiempo se agota. El COVID-19 mantiene una estrecha relación con el cambio climático y si no ponemos medidas, el Coronavirus no será una pandemia que sufrimos en 2020, será el comienzo de una pandemia tras otra. 

Si te ha gustado el post comparte, nos ayudas a crecer y a seguir invirtiendo tiempo y energía en este trabajo.

Recuerda que puedes suscribirte al blog y recibir completamente gratis mi ebook, 3 Recetas para Vivir Sostenible. Y por supuesto, estás invitad@ a mi Comunidad de Facebook, Mujeres y Madres Sostenibles.

Queremos conocerte y que te unas a nosotras, ¿estás preparada para cambiar el mundo?

 

 

 

 

 

Copy Protected by Chetan's WP-Copyprotect.

Pin It on Pinterest

Share This