por Rosa Martínez Marán | Ene 25, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
Hoy hablaremos de la maternidad juzgada y comenzaré con dos preguntas muy directas, ¿cuántas veces te sentiste juzgada el pasado año? ¿Y el último mes?
Cuando te conviertes en madre cualquier decisión que tomas es susceptible de ser juzgada. Lo peor de todo es que antes de que te des cuenta serás tú quien juzgue a las demás, quién lanzará el dedo acusador hacia otra madre y te sentirás fatal por ello.
Pedimos respeto alto y claro cuando alguien nos juzga pero nos olvidamos de esta premisa cuando juzgamos a otro. Se nos olvida que merece el mismo respeto que nosotras demandamos.
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MADRES POLARIZADAS
Somos madres criticando a madres, madres juzgando a otras madres. El ruido ensordecedor de fondo no nos permite ser conscientes de este hecho tan triste.
Juzgamos constantemente aunque no nos demos cuenta de que lo hacemos y nos sentimos atacadas cuando alguien hace lo propio con nosotras. Acabamos polarizando nuestro discurso en dicotomías innecesarias y nefastas: buenas madres, malas madres, supermadres, madres helicóptero, madres GPS y todos los tipos de madres que se puedan inventar con el fin de dividir a un solo colectivo.
Terminamos clasificando a las madres por el estilo de crianza que han elegido y nos posicionamos de forma inevitable en un lado u otro: las que dan teta y las que dan biberón, las que hacen colecho y las que no, las que hacen BLW y las que dan papillas, las que dan azúcar sin restricciones y las que no y un largo etcétera de divisiones absurdas.
Nada se salva del escrutinio constante al que nos sometemos unas a otras, como si fuese una competición y estuviésemos demostrando quien es la mejor madre. Hay tantas formas de crianza como familias. Aún así juzgamos y creemos firmemente que nuestro posicionamiento es el único válido y legítimo.
¿QUÉ ES JUZGAR?
La palabra juzgar viene del latín iudicare, que significa dictar un veredicto. Es una palabra derivada de ius, derecho y dicare (indicar).
EL diccionario de la Real Academia define este verbo con dos acepciones que nos pueden resultar adecuadas para este post: por un lado, formar opinión sobre algo o alguien; por el otro, dicho de un juez o un tribunal que determina si el comportamiento de alguien es contrario a la ley, y sentenciar lo procedente.
Y ahora yo te pregunto, ¿cuándo juzgamos a alguien estamos opinando sin más? No. ¿Sabes por qué? Porque estamos reprobando su comportamiento y estamos sentenciando en base a información parcial y sin tener una sola prueba.
No es una opinión, en muchas ocasiones, es casi un juicio o una lapidación pública.
TODAS NOS HEMOS SENTIDO JUZGADAS
Nos juzgan desde el minuto 1. El embarazo es una de las primeras guerras, sobre todo si tu comportamiento no se ajusta a lo que se espera de ti. Esa lánguida y frágil espera puede ser un infierno si tienes vómitos continuos, malestar general y cansancio extremo. Te sentirás juzgada por sentirte enferma.
Yo lo he vivido en carne propia, cuando tu médica de cabecera te suelta aquello de, “Estás embarazada, no estás enferma”. Estupendo. Pero oiga yo me siento muy jodida. La misma doctora que esgrime como argumento para no darme la baja que no tengo suficiente barriga. Por supuesto, que no la tenía, mi peque era un CIR.
Durante mi embarazo tuve que soportar los comentarios y juicios de valor constantes de una compañera de trabajo, que me llamaba débil y se permitía el lujo de decirme que me quejaba mucho. Ella había tenido dos embarazos estupendos y había trabajado hasta el día del parto: su experiencia y sus circunstancias, que no eran extrapolables a las mías.
Por supuesto, cero comprensión por las más de dos horas de coche que me hacía por carreteras secundarias todos los días lloviendo, nevando y de noche. Cuando hacia el final del embarazo cogí la baja dejó de hablarme. Se permitió juzgarme con la enorme libertad que da la ignorancia y la falta de empatía. Ella criaba a sus hijas con disciplina espartana pero yo jamás le hice un solo comentario sobre cómo educaba a sus hijas.
Me juzgaron nuevamente cuando una ginecóloga decidió unilateralmente que mi parto sería por cesárea y me llamó irresponsable por negarme a programarla en la semana 20. Por supuesto, me cambié de hospital. En el post Parirás por cesárea lo cuento con detalle.
Nuevamente me sentí juzgada cuando mi peque fue diagnosticado como un CIR. Me harté de decir que no era fumadora, sin embargo, no dejaron de preguntármelo, aunque constase esa información en el expediente, supongo que nunca creyeron que decía la verdad.
En una ocasión, alguien me dijo que si mi hijo había sido un CIR era por mi culpa. “Tú y solo tú tienes la culpa, no te alimentas bien”. Esa persona ignoraba que durante el embarazo si consumí carne y pescado y que no me hice vegetariana del todo hasta que el peque nació porque pospusimos la decisión hasta ese momento. Saco sus propias conclusiones y juzgó.
Fue un comentario muy doloroso y desafortunado. En realidad, no hay una causa única para que tu bebé sea un CIR, pero tú te sientes mal de todos modos. En el post, Mi peque un CIR tenéis más información.
Y todo esto antes de nacer.
Cuando el bebé nace ya es el nova más. Cómo no críes de la forma que se espera de ti, prepárate para un aluvión de críticas, comentarios desafortunados y juicios de valor. Opiniones que no has pedido, que no te aportan nada, pero que escucharás día sí y otro también por el hecho de ser madre.
LA MATERNIDAD JUZGADA
Sientes que hagas lo que hagas te juzgaran.
Sería impensable en el reino animal encontrarnos a otras mamíferas relatando sobre lo que hacen otras madres y criticándose entre sí. Una comunidad de gatas en las que unas se despellejaran a otras porque los bebés mamaron más tiempo del acostumbrado o porque sus crías tomaron leche de fórmula.
Es impensable porque la naturaleza no les dotó de cultura ni del don de la reflexividad. Estos elementos forman parte de nosotros y nos convierten en seres pensantes. La cultura es profundamente poderosa, determina como tenemos que criar y que es adecuado y que no lo es en una determinada sociedad.
Además, se transmite de generación en generación como una verdad absoluta. Hace 100 años solo se criaba de una manera, las madres de entonces no cuestionaban lo que era adecuado o lo que no. Simplemente seguían con las costumbres familiares y generacionales aprendidas.
Hoy la cultura evoluciona a una velocidad de vértigo. La maternidad y la crianza se han convertido en temas vitales para toda madre que quiera estar informada. Encontramos numerosa información, paradigmas y nuevas teorías que han convertido la maternidad en un tema controvertido.
Lo que a priori es positivo, que es tener opciones y alternativas a fin de encontrar aquella que nos sea más afín, se convierte en una guerra. Así asistimos al choque generacional entre madres e hijas.
Aquellas madres que criaron con biberón porque era lo que se estilaba y lo que los pediatras recomendaban se llevan las manos a la cabeza por los esfuerzos que hacen sus hijas por dar el pecho. Sencillamente no lo entienden. Y se sienten ofendidas y juzgadas por sus hijas, como si les gritarán a la cara, “lo hicisteis fatal”.
Se produce la inevitable ruptura.
DISCUSIONES EN RED
Pero no solo es generacional, también la ruptura se produce entre amigas. No es el primer caso de amistades que se acaban cuando se tienen hijos porque no se comparte un mismo estilo de crianza. Entonces buscamos apoyo en la red, en grupos online en donde comparten el mismo estilo de crianza que nosotras queremos o al que aspiramos.
Sin embargo, las discusiones son constantes en redes sociales por lo que hizo aquella, por la consulta de aquella otra, por lo que preguntó fulanita y por lo que contestó la de más allá. La cosa se calienta enseguida porque enjuiciamos en base solamente a lo que leemos.
Por ejemplo, alguien postea algo buscando aprobación y recibe un rapapolvo como recompensa. Juzgamos a otras personas y buscamos cómplices el aplauso del auditorio al que nos dirigimos. A veces es una pregunta inocente que suscita un aluvión de comentarios juzgando su punto de vista o su ignorancia.
Nos sentimos con la potestad que nos da el respaldo de la mayoría para acusar alto y fuerte a quien se sale de la norma. Y disfrutamos llamando la atención a otras madres, como si con ese gesto ganásemos unas cuantas medallas que mostrar orgullosas ante las visitas.
Se juzga alegremente sin saber y se genera un tremendo malestar.
A mí me han llamado la atención en algún grupo, razón de más para no participar o no entrar en polémicas. Me agotan, me parecen inútiles y me generan un tedio difícil de soportar. Pero si me gusta leerlas, porque aprendo. Aprendo sobre el ser humano y sobre el complicado trabajo de ser madre buscando la aprobación constante de la tribu.
Necesitamos escuchar que lo hacemos bien y necesitamos decir que aquella de más allá lo hace mal para reafirmarnos en nuestras decisiones y en nuestras convicciones. Lo entiendo, somos humanas. Sin embargo, no pensamos por un momento en los sentimientos de esa madre que se siente tan sola como nosotras y que lucha por hacerlo mejor cada día. No pensamos que pueda sentirse linchada públicamente.
CUANDO YO SOY MI PEOR JUEZ
En ocasiones, nos enfadamos ante un comentario de otra persona porque algo nos resuena por dentro y nos hace daño. Nos tocan la fibra y nos sentimos atacadas. Puede ser que en realidad la ofensa no exista más allá de nuestra cabeza.
Quién habla es nuestro peor juez: nuestro yo.
Es un enemigo potente que puede hacernos un gran daño y paralizarnos por completo. En ocasiones, somos más permisivos con otras personas y nos damos verdadero látigo si somos nosotras las que cometemos un error.
Debajo de esa culpabilidad y enjuiciamiento está nuestro perfeccionismo y nuestro miedo a equivocarnos, como si el error fuese algo imperdonable que no nos podemos permitir.
Todas alguna vez nos hemos sentido culpables de lo que hicimos o lo que no. Nos encontramos con madres que tienen más de un hijo que se juzgan duramente a sí mismas por no haber estado todo lo informadas que deberían cuando nació su primer hijo y no dieron lactancia materna. Madres que comenzaron criando de una manera y evolucionaron hacia otro paradigma y sufren porque su primer hijo fue criado de una forma de la que hoy abominan. Y un sinfín de enjuiciamiento inútil que nos hace sufrir y nos condena al fuego eterno.
Afortunadamente, tenemos el don de la reflexividad para utilizarlo a nuestro favor. Podemos sentarnos y reflexionar sobre el pasado sin emitir un juicio, sin sentirnos presionadas por el “debería”. Puede ser que nos equivocáramos o que tomásemos una decisión inadecuada pero ya es tiempo de curar heridas y de cerrar etapas.
A veces es tan simple como aplicar la comprensión que aplicamos a los demás y perdonarnos a nosotras mismas.
YO TAMBIÉN HE JUZGADO
¿Y tú nunca has juzgado a otro? Yo sí, claro que sí y me he sentido fatal por ello.
Me considero una persona respetuosa pero yo también he juzgado en el pasado el comportamiento de otras madres sin tener toda la información y en base a una imagen o un comentario. Por ejemplo, Antes de tener a mi Vikingo cuando veía a una madre dando biberón pensaba mal, ¿Por qué no da teta?
La vida que es muy sabia al final te pone en tu lugar y te ofrece la imagen donde te proyectas con toda su crudeza. Cuando mi hijo nació tuve que dar biberón un tiempo, hasta que conseguí que se enganchase al pecho. Me daba vergüenza dar biberón en público porque temía que me juzgasen. Un día comprendí que no eran mis prejuicios sino los de otro y que no merecía la pena prestarles atención.
Aprendí cuatro cosas de de esta experiencia:
1) que tú puedes verte en la misma situación en la que estaba aquella persona que juzgaste injustamente en el pasado;
2) que no tienes ningún derecho a juzgar a nadie;
3) que el mundo es libre de juzgarme, al igual que yo soy libre para decidir que no me importa;
4) y que no volveré a juzgar a nadie nunca más.
APRENDIENDO A NO JUZGAR
Antes de juzgar pregúntate: ¿Quién soy yo para juzgar a esta madre? ¿Con qué autoridad moral? ¿Con qué derecho opino sobre su vida o su estilo de crianza?
No tengo ningún derecho. No sé las circunstancias de esa persona, no sé cuál es su situación personal, cómo es su entorno, no sé cuáles fueron sus vivencias y desconozco de que tamaño es su mochila. Me falta su historia con todos los matices posibles, saber cómo piensa o cómo se siente.
En definitiva, me falta información para enjuiciar. Y aún con los datos en la mano, no debería hacerlo.
Yo he decidido vivir de una manera conforme a unos valores que son los míos. Aquella otra madre, aunque me resulte incomprensible, también actúa conforme a una lógica en la que entran en juego sus circunstancias personales y sus experiencias de vida.
Detrás de cada juicio de valor hay una madre con sentimientos, con dudas y con un corazón, una madre que se siente juzgada e incomprendida por su entorno. Una madre que se siente mal porque todo el mundo la juzga. Porque todo el mundo tiene algo que decir sobre cómo criamos o cómo dejamos de criar, incluso aquellos que no han tenido hijos.
¿QUÉ HAGO SI ME JUZGAN?
Sencillamente no tomártelo como algo personal. Las personas enjuiciamos muchas veces en base a nuestros prejuicios y nuestras carencias. Al final proyectamos en los otros nuestro enfado y nuestra frustración. Por debajo subyacen emociones y sentimientos que nunca han salido a la luz, que permanecen inconscientes y que nos hablan de nuestro sufrimiento, impotencia y necesidades no cubiertas.
El mejor consejo, es no entrar en la discusión ni en la polémica. Por supuesto, eso no significa callar y permitir que nos ofendan, pero si zanjar la cuestión de una forma educada.
No dejes que otros proyecten su sombra en ti. Si tu madre no pudo dar el pecho o decidió no darlo, no tiene derecho a machacarte porque hayas seguido con la lactancia más allá de los dos años. No tiene derecho y tú no se lo vas a permitir. Pero tampoco vas a juzgarla.
Otra cuestión es si me resuena, me exaspera o me saca de quicio el comentario. Sin duda, existe algún conflicto no resuelto que convendría escuchar. Es posible que descubras algo que no imaginabas.
En definitiva, implica hacer un trabajo personal para lograr que ciertos comentarios no nos afecten o no nos hagan daño. Y si nos lo hacen, saber por qué y poder trabajarnos esas áreas que nos hacen sentir inseguras o nos llevan al perfeccionismo.
La maternidad no nos hace perfectas, nos hace humanas.
EN BUSCA DE UNA COMUNICACIÓN EMPÁTICA
Es importante comunicarnos desde otra perspectiva, más centrada en nuestras necesidades y en las del otro. Adoptar una comunicación más empática exenta de violencia.
Marshall Rosenberg sabía perfectamente de lo que hablaba cuando propuso su teoría de la comunicación no violenta. Descubrió que nuestras acciones están motivadas por nuestra necesidad de satisfacer alguna meta u objetivo. Él defendió que podemos tratar de lograrlo sin provocar un daño a otras personas. Para ello, es fundamental no emitir juicios de valor y no catalogar la realidad en base a bueno-malo, correcto-incorrecto.
Bajo su paradigma el lenguaje es una poderosa arma que nos ayuda a comunicarnos desde la empatía, que nos permite comprender las motivaciones y deseos del otro. Que hace que la otra persona se sienta comprendida. Nos anima a escuchar de verdad, sin prejuicios o ideas preconcebidas.
Si entendiésemos a esa madre que decide destetar, por ejemplo, nos pusiésemos en su piel y entendiéramos las motivaciones que la han llevado a esa situación, es muy probable que no la juzgásemos y es muy posible que no se sintiese juzgada.
Al final es una cuestión de respeto. Queremos que nos respeten y el respeto comienza por uno mismo. Por respetar a la persona que tenemos enfrente, sus vivencias y sus circunstancias.
También supone escuchar activamente al otro. Por supuesto, todo lo que oímos no nos va a gustar. No se trata de darle la razón a la otra persona pero sí de dar nuestro punto de vista sin ofender a esa madre y sin hacerla sentir mal. Supone validar sus sentimientos y opinar si nos lo ha pedido, con respeto y sin utilizar palabras violentas o agresivas. Pero si no quiere saber lo que pensamos, deberíamos guardarlo para nosotras y limitarnos a acompañar.
MI PROCESO
En mi trayectoria profesional como docente me he reunido con padres de todo tipo, todos ellos preocupados por sus hijos. En el camino he aprendido a escuchar, a validar sus sentimientos y he ofrecido mi ayuda y mi colaboración. En ocasiones, la han aceptado y en otras no, pero eso no me ha hecho sentirme menos capacitada en mi trabajo. He entendido que cada familia es única y decide resolver sus conflictos de la forma más adecuada con o sin ayuda externa.
Cuando empecé a aprender sobre la educación y la crianza respetuosa me di cuenta de que llevaba años aplicando muchas de sus estrategias de forma intuitiva, tan solo guiándome por mi instinto y mi sentido común.
Al final este mundo es tan apasionante que decidí formarme en Crianza y Maternidad con el objetivo de ayudar a otras madres. Convertirme en Asesora de Lactancia supuso un sueño hecho realidad. Ahora tengo la suerte de acompañar a madres en su lactancia, y hasta hoy, está siendo absolutamente enriquecedor.
Cuando una madre busca mi ayuda sea porque tiene dificultades con la lactancia o porque quiere destetar, le ofrezco apoyo, comprensión y ayuda, sin juzgar, sin opinar y sin dañar. Desde la comunicación empática. Por supuesto, mi opinión personal la guardo para mí, la madre no me la ha pedido y no tiene cabida en la consulta.
Como mi aprendizaje prosigue, estoy formándome en Crianza Respetuosa y como Asesora de Porteo. Todas aquellas herramientas que voy recogiendo me sirven para seguir aprendiendo a no juzgar y no juzgarme. Y insisto en que sigo porque, a veces, se cuela un juicio de valor o me enfadó porque alguien me juzgó sin conocerme. No importa, es parte de mi evolución, lo más importante es que soy consciente de ello y puedo trabajarlo a nivel personal.
Se trata de un proceso que dura toda una vida que nos ayuda a acompañar a otras personas pero que también nos proyecta a seguir nuestro camino sin el sufrimiento o el estigma de sentirnos observadas o criticadas constantemente.
En definitiva, me ha hecho más libre, más consciente y más humana.
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por Papá Idiota | Ene 18, 2018 | Papá Idiota
Pon una semilla en la tierra y cambiará tu percepción del mundo.
Siguiendo con el hilo de post sobre por qué un huerto en casa, su recomendación y su desarrollo, hoy vamos a remontarnos al inicio del ciclo que comprende desde la siembra hasta la recolección. Es decir, vamos a abordar no solo la siembra, sino que nos vamos a centrar en el mundo de las semillas.
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El principio de todo
Insistí mucho en la entrada del huerto familiar en lo bonito que es seguir el ciclo de la vida con nuestros hijos o familiares. Pues bien, la siembra y las semillas suponen el principio de todo.
Si queremos que nuestro huerto conserve esa esencia especial, una vida única que nosotros le empujaremos a conseguir, debemos empezar por la importancia de las semillas.
Podemos empezar por comprar planteles en algún vivero cercano, pero para mí, la siembra es el comienzo. Cuando ponemos en casa una semilla en la tierra (o a veces en remojo para que se ablande y sembrar al día siguiente) es fácil imaginar que en ella está el principio de todo, el futuro, los cuidados, lo que supondrá en nuestro pequeño ciclo anual o estacional.
El ciclo de las semillas es una historia en sí misma. Desde ese paso de ponerlas en la tierra hasta la recolección de la simiente para la que habremos dejado los mejores ejemplares de nuestro huerto, es toda una historia de la vida terrenal.
¿Por qué los tomates tienen un gran sabor?
Me gusta explicarles a los chicos del Cole que el tomate no está rico para que nosotros los saboreemos, si no que está tan rico para que nos guste y queramos conservar sus semillas, es una conducta de supervivencia y una forma de dejar sus genes en el universo.
Técnicamente, aunque los humanos hayamos hecho la mayor selección, la idea de una planta es ser comida por un animal y que sus semillas sean esparcidas (normalmente a través de las heces) por los campos adyacentes y así seguir creciendo y reproduciéndose. Esto, que a algunos les parecerá obvio y otros no habrán reparado en ello jamás, es un punto muy importante para comprender el ciclo natural de la planta y lo que viene a continuación.
¿Por qué el tomate ya no sabe a tomate?
Dicho esto, vamos a dar un pequeño salto, afrontando una de las preguntas que más se repiten hoy los amantes de la buena comida: ¿por qué el tomate ya no sabe a tomate?
La respuesta es un conjunto de motivos, todos ellos con un factor común: el mundo al que nos ha llevado la sociedad de los siglos XX y XXI, tecnificado y productivista, ha dejado atrás tanto este sabor que echamos de menos como aquel ciclo natural de las semillas del que hablábamos antes.
Vamos a detenernos un poco más pero vamos a dar una contestación sencilla: por un lado la forma de producción y comercialización de frutas y verduras hace que pierdan su sabor por falta de madurez y, por otro lado, se ha primado la producción en cantidad muy por encima de la calidad de lo producido. Explicaremos estas dos cuestiones.
La producción industrial y el sabor
Todos hemos oído hablar de las famosas cámaras en las que se guardan los alimentos hasta que son enviados a los comercios.
Si el productor tiene que recoger varias toneladas de productos, pasar controles de calidad (sus peculiares controles de supuesta calidad y presencia), tienen que ser transportados (en muchas ocasiones a otros países, camiones, aviones…), puestos en un stand de un supermercado y ser comprados por el consumidor que tardará aún unos días en ingerirlos, es imposible que hayan sido recolectados en un estado óptimo de maduración.
Lo importante es la maduración
No nos engañemos, en muchas ocasiones la diferencia de sabor entre un tomate del súper y un tomate del huerto familiar es que yo lo recojo bien colorado para que esté riquísimo. Solo eso.
Muchos se estarán preguntando, pero ¿y los herbicidas?, ¿y los plaguicidas, fungicidas, abonos de síntesis? ¿Todo esto no influye? Claro que sí, pero para el sabor no tiene por qué o no es lo más relevante (otra cosa es para nuestra salud). Repito, el momento de madurez es lo esencial para captar el sabor (también los nutrientes del fruto en cuestión).
Las variedades estándar y el consumo
Decíamos también que han primado las especies productivas más que las especies de gran sabor. Pongámonos en la piel de un productor. El supermercado de turno viene a ofrecerme una oferta de compra por mis tomates, que hace tiempo que no vendo en ningún mercado de la zona. Acepto encantado porque me aseguro la venta de la producción.
Pero, ¿y si la producción que consigo no es suficiente? Pues seguramente el súper se irá a comprárselos a otro y me quedaré sin negocio un año entero. Tengo que asegurar la producción. ¿Cómo? Sencillo. Elijo una variedad estándar, muy productiva, vistosa, que brille mucho en los supermercados y me aseguro de que la producción llegue a base de productos de síntesis artificial (desde los abonos, el famoso NPK, hasta, ahora sí, los herbicidas, fungicidas, plaguicidas, etc.).
Sencillo, ¿no? Pues así funciona hoy en día la gran mayoría de la producción estandarizada en el mundo occidental.
Las variedades locales y el olvido
Entonces, ¿por qué los tomates ya no saben a tomate como sabían los del huerto de mi abuelo?
Porque la especie de tomate del huerto de su abuelo seguramente fuese una variedad local que se ha perdido en favor de la productividad y de las especies modificadas genéticamente para aguantar mejor los herbicidas y los abonos de síntesis, que crecerán rápido y estarán relucientes en el supermercado por muchos días (Ya se sabe que el cántaro vacío es el que más suena. R.Tagore).
Pon una semilla en la tierra
Ahora viene lo que podemos hacer nosotros para solucionarlo. Tan solo podemos poner nuestro granito de arena, nuestra semilla en tierra. Como consumidores, consumiendo en la medida de lo posible productos ecológicos y de cercanía, apoyando a los pequeños productores de nuestra zona, que son los que conservarán esas especies.
Y como cultivadores (que es de lo que trata esto hoy), fomentando el cultivo de dichas especies, intercambiando semillas con amigos y vecinos, comprando a productores ecológicos y que estén en alguna red de conservación de semillas de especies locales.
Yo localicé mi sitio en cuanto empecé con el mundo huerto, además de tener relación con unos amigos que se dedican a ello. Un consejo: si lo encuentran, no lo pierdan, pero sobre todo acudan a ellos porque suelen estar encantados de divulgar su trabajo y su conocimiento, que para eso lo hacen.
Para ponerlo un poquito más fácil, voy a dejar unos enlaces sobre este tipo de asociaciones. Por desgracia, solo dispongo información para España, pero animo a todo el mundo a que haga lo mismo en su zona:
http://www.lahuertinadetoni.es/red-de-semillas-autoctonas-y-ecologicas-en-espana/
http://www.redsemillas.info/
El negocio de las semillas
Además, este pequeño e insignificante gesto, a día de hoy, empieza a ser un acto de rebeldía, porque las grandes corporaciones que comercializan semillas genéticamente modificadas están comprando patentes y moviendo hilos para que solo se puedan comercializar dichas especies productivas, bajo la excusa de que solo ellos pueden asegurar la producción y la calidad de los productos.
Un inmenso absurdo porque la calidad del producto hortelano solo se asegura tras años de comprobar cuáles son las especies que mejor se adaptan a tu terreno (que serán las tradicionales, seguro). Así pues, nos estamos encontrando en un mundo en el que las semillas pueden llegar a ser productos ilegales.
¿Qué supone un mundo de semillas homogéneas?
Además de un mundo de tomates insípidos, que ya es grave, es un mundo sin biodiversidad. Cientos de especies locales se pierden cada año en todo el mundo. Ya lo sabíamos de especies animales y vegetales, pero estos vegetales incluyen hortalizas con propiedades y peculiaridades que no sabemos dónde nos podrían llevar en caso de necesitarlas.
La pérdida de la biodiversidad es un drama mucho mayor que el drama del sabor de la fruta y de las hortalizas.
Nosotros aportamos nuestro granito de arena conservando mis propias semillas de un año para otro. Pero además, cuando te pica el gusanillo del mundo hortícola, te apetece intercambiar semillas, probar nuevas especies y divulgar lo bien que te han salido este año unos pimientos que no esperabas que se adaptasen a tu zona.
Por eso, desde el blog, hemos sorteado un pack de semillas nuestras que esperamos que los afortunados las sepan apreciar y, por supuesto, les gusten los resultados. Han sido 12 tipos de semillas diferentes recolectadas por nuestras manos que recibieron a principios de enero con una breve descripción de la historia de cada una y los cuidados particulares que necesitan.
Muchas gracias a todos los que participaron en el sorteo. Si tenéis interés en este tipo de productos, seguiremos haciendo más sorteos en un futuro no muy lejano
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por Rosa Martínez Marán | Ene 11, 2018 | Vida Sostenible
¿Cómo cambio de hábitos? Más de una vez nos hemos hecho esta pregunta.
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Cada nuevo año es una oportunidad para reconsiderar nuestros hábitos. No soy la única que se reactiva en enero y se propone una serie de objetivos para el año que comienza. Nos gusta la sensación de perspectiva a año vista, con 12 meses por delante para avanzar y perseguir nuestros sueños.
Abrir un nuevo ciclo y con él empezar de cero. Sin embargo, muchos de esos cambios que nos proponemos cada 1 de enero acaban por no cumplirse. Ya os contaba en este post, acaba con los enemigos de tus propósitos porque fracasamos en ello.
No es que el cambio de año sea una buena excusa, es que todos los días es una oportunidad para mejorar nuestros hábitos y nuestra salud. En realidad, el cambio de año solo es un más aliciente para ponernos en marcha, igual que los lunes por la mañana o cada primero de mes.
¿Por qué quieres cambiar de hábitos?
Pregúntate por qué quieres cambiar de hábitos. ¿Cuál es la razón que te motiva? Cada uno tiene una razón por la que hace las cosas.
¿Es nuevo año y es una costumbre anual? ¿Me siento mal? ¿Estoy enferma? ¿Hay algo que no funciona? ¿No estás a gusto contigo misma?
Cada razón es única y viene determinada por quienes somos y por nuestras circunstancias.
Si eres fumadora, el deseo de dejar de fumar estará en tu lista anual. Si has cogido peso, adelgazar seguramente sea otro objetivo. Queremos modificar algunas costumbres pero pocas veces pasan de ser un deseo marcado en un papel. Al final nos autoconvencemos de que no fumamos tanto o de que los kilos no se notan.
¿Por qué deberías cambiar de hábitos?
Consideramos normal que nos duela la cabeza o ese cansancio permanente que nos acompaña durante toda la semana. Para combatirlo consumimos cantidades ingentes de cafeína. Algunos optan por el café y llegan a consumir más de cuatro tazas diarias, más de la cantidad diaria recomendada. No nos paramos a pensar si ese hábito tendrá o no consecuencias a medio o largo plazo.
Otros optan por el té porque el café no les gusta o simplemente les sienta mal como es mi caso. Algunos se decantan por consumir Coca-Cola en cantidades industriales y se olvidan incluso de tomar agua como bebida principal. En mi entorno conozco algún caso de personas que solo toman Coca-Cola y que han tenido problemas de salud serios como un principio de diabetes tipo II.
Igual lo más sensato sería adelantar la hora en la que nos vamos a la cama, sí, ya sé que cuando somos madres tenemos infinitas cosas que hacer y que en algún momento hay que hacerlas.
Pero descansar y dormir son necesidades básicas vitales para el buen funcionamiento de nuestro cuerpo.
Posponemos consumir fruta porque es mucho más agradable consumir un postre, el envoltorio se quita más fácil y además no tenemos que hacer ningún esfuerzo en pelar absolutamente nada. “Por unas natillas no pasa nada, por un poco de helado tampoco”. Por supuesto, nuestros hijos toman nota y es muy probable que prefieran el postre dulce a la fruta.
Solo son algunos ejemplos, sabemos que son malos hábitos y que nos perjudican y eso debería ser razón suficiente para querer cambiarlos. Añado algo más para mí muy importante, el ejemplo que das a tus hijos.
Nuestros pequeños aprenden a través de nuestras acciones y no de nuestras palabras. Tus hábitos posiblemente sean sus hábitos del mañana. ¿Es lo que quieres?
Por hoy no pasa nada
Vivimos en el hoy, en el siguiente instante sin preguntarnos qué efectos tendrán sobre nuestra salud determinadas costumbres.
Queremos comer mejor pero como no tenemos un plan o una organización acabamos mal comiendo o recurriendo a la comida precocinada.
No es lo que queremos, pero por hoy no pasa nada.
Nuestro metabolismo se ralentiza con la edad y de forma paralela hacemos cada vez menos deporte. No te engañes, lavar los platos, tender la colada o barrer la casa no computan como deporte.
Entramos en un bucle peligroso: te pones a dieta cada lunes pero el miércoles ya has abandonado y así vuelta a empezar. No solo no adelgazas sino que esta situación te produce aún más ansiedad. Al final decides pasar de la dieta y posponer el objetivo para otro momento en que te encuentres con más ánimo.
¿Es lo que te habías planteado? Por supuesto que no.
¿Qué dice la ciencia?
Una investigación de la Universidad de Duke situada en Carolina del Norte y publicada en la revista Neuron afirma que nuestros hábitos producen una marca duradera en nuestros circuitos neuronales.
El neurólogo Nicole Calakos especialista en plasticidad cerebral y Henry Yin experto en modelos de conducta en animales unieron sus esfuerzos para llevar a cabo un estudio en ratones. (Sí, lo sé. Yo tampoco estoy de acuerdo con los experimentos con animales).
El objetivo era llegar a comprender de forma científica determinados hábitos dañinos como fumar, comprar compulsivamente o consumir un exceso de azúcar. Un grupo de ratones fue acostumbrado al azúcar y otro no. Al final se compararon los resultados de ambos grupos y se observó como los ratones expuestos al azúcar se habían hecho adictos a él.
Descubrieron que los ganglios basales están implicados en los comportamientos compulsivos y como estos se graban en nuestro cerebro.
Actualmente esta investigación prosigue ya que se busca como trasladar estos resultados a los humanos sin que los ganglios basales se vean afectados. Se trata de una zona del cerebro muy compleja que está relacionada con funciones motoras, esto hace que sea difícil encontrar un fármaco que no modifique dichas funciones.
Un mundo de excusas
Alguna me diréis, ya tengo la excusa. Y posiblemente podremos aderezar ese pensamiento complaciente con evidencias como que el entorno no contribuye al cambio de hábitos. Está claro que conocer cómo funciona nuestro cerebro ayuda a entender por qué nos cuesta tanto cambiar de hábitos pero no implica que sea imposible.
Aceptamos que no todo es culpa nuestra. Pero es que además con la culpa no vamos a ninguna parte. No se trata de sentirse culpable sino de tomar las riendas.
También debemos tener en cuenta que estamos sobrexpuestos a las distracciones y a la comida 24 horas los 365 días del año. Es difícil resistirse a determinadas tentaciones culinarias y a determinados distractores que nos ayudan a sobrellevar el día a día pero que nos roban el tiempo que nos falta.
Nos quejamos de ser poco constantes, nos frustramos con nuestra falta de voluntad y queremos resultados inmediatos. Vivimos en la era de la inmediatez y todo lo queremos ya. Y el cuerpo y sus procesos son lentos y tienen su propio tempo.
Sin embargo, difícil no es imposible.
¿Por qué es tan difícil cambiar de hábitos?
El principal escollo es que no los interiorizamos, se quedan solo en la intención. Los hábitos dependen de la repetición y la constancia y para ello necesitamos tiempo y estar enfocadas.
Tenemos demasiadas cosas en la cabeza para no distraernos. Admitámoslo, vivimos más rápido de lo que podemos digerir. Así que nos encontramos con buenas intenciones que no llegan a nada.
Nuestros propósitos se diluyen en el día a día porque la rutina hace que los olvidemos y los pospongamos para mañana. Y mañana nunca llega. Sí, el próximo año con sus nuevos propósitos que son los mismos del año pasado.
El deseo jamás se convierte en ejecución y no ejecutamos porque nos falta un plan.
Unos minutos de reflexión
Regálate unos minutos de reflexión, sin duda, te los mereces.
¿Qué quieres cambiar? ¿Por qué?
Tenemos que escucharnos, entre tanto ruido de fondo, ¿Cuál es la voz que sobresale? ¿La tuya? ¿La de los demás? ¿Es tu madre? ¿Es tu pareja? ¿Son tus amigas? ¿Es la sociedad?
Escúchate y pregúntate si esos cambios los quieres tú o los quieren los demás.
Si los cambios que queremos no salen de nosotras sino que son propósitos para los que no estemos intrínsecamente motivadas difícilmente los alcanzaremos.
En otras palabras, si quiero dejar de fumar por los demás pero no por mí, no lo lograrás. La motivación tiene que salir de nosotras. Esa es la energía que nos va a mover a cambiar y a realizar el esfuerzo que supone cambiar de hábitos.
La sinceridad con uno mismo es fundamental para enfocarnos y conectar con nuestros propósitos. Si eres tú quién lo ha decidido y estás convencida tienes el 50% hecho.
¿Cómo encajamos el cambio de hábitos en nuestra vida diaria?
Esta es la parte que convierte nuestros deseos en hechos. Tenemos que elaborar un plan, que pasos vamos a seguir para conseguirlo.
No basta con decir voy a salir a caminar o cocinaré más. ¿Qué voy a cocinar y cuándo?
Por ejemplo, he decidido que voy a salir a andar. Perfecto. Ahora vamos a encajarlo en la rutina diaria. ¿Voy a salir a andar todos los días? ¿Puedo encajarlo en mi rutina o tengo obligaciones que me impiden cumplirlo? Entonces, mejor fijar unos días a la semana en la que tus compromisos u obligaciones no te lleven a saltártelo.
Fija una hora en la que sepas que vas a cumplir. No tendría mucho sentido establecer que voy a salir a andar todos los días a las ocho de la tarde si a esa hora estoy o preparando la cena o me da mucha pereza salir porque ya es de noche durante el invierno.
¿Cuánto tiempo voy a andar?
Es muy importante marcar el tiempo. Lo recomendable sería empezar poco a poco y luego ir aumentando progresivamente. Si me pongo como meta andar dos horas todos los días no lo voy a cumplir porque después de la primera semana estaré desfondada.
Este ejemplo es perfectamente extrapolable a otras metas siempre realizando los ajustes pertinentes y siendo realistas. Por supuesto, puedes reajustar semanalmente o mensualmente lo que te ayudará a no perder la perspectiva.
Y así con todos los cambios que nos propongamos. Un plan establecido, marcado y ajustable a nuestras necesidades y circunstancias personales.
¿Quieres cambiar de hábitos? Adelante. Hoy es un buen día para hacerlo. Pero hazlo por ti, toma una decisión consciente y motivada.
Y si crees que necesitas ayuda profesional para acabar con algún hábito nocivo que te resta salud, hazlo. Ganarás calidad de vida.
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