La maternidad juzgada: aprendiendo a no juzgar

La maternidad juzgada: aprendiendo a no juzgar

Hoy hablaremos de la maternidad juzgada y comenzaré con dos preguntas muy directas, ¿cuántas veces te sentiste juzgada el pasado año? ¿Y el último mes?

Cuando te conviertes en madre cualquier decisión que tomas es susceptible de ser juzgada. Lo peor de todo es que antes de que te des cuenta serás tú quien juzgue a las demás, quién lanzará el dedo acusador hacia otra madre y te sentirás fatal por ello.

Pedimos respeto alto y claro cuando alguien nos juzga pero nos olvidamos de esta premisa cuando juzgamos a otro. Se nos olvida que merece el mismo respeto que nosotras demandamos.

Si prefieres escuchar el post en vez de leer, aquí tienes el Podcast del post 🙂

MADRES POLARIZADAS

Somos madres criticando a madres, madres juzgando a otras madres. El ruido ensordecedor de fondo no nos permite ser conscientes de este hecho tan triste.

Juzgamos constantemente aunque no nos demos cuenta de que lo hacemos y nos sentimos atacadas cuando alguien hace lo propio con nosotras. Acabamos polarizando nuestro discurso en dicotomías innecesarias y nefastas: buenas madres, malas madres, supermadres, madres helicóptero, madres GPS y todos los tipos de madres que se puedan inventar con el fin de dividir a un solo colectivo.

Terminamos clasificando a las madres por el estilo de crianza que han elegido y nos posicionamos de forma inevitable en un lado u otro: las que dan teta y las que dan biberón, las que hacen colecho y las que no, las que hacen BLW y las que dan papillas, las que dan azúcar sin restricciones y las que no y un largo etcétera de divisiones absurdas.

Nada se salva del escrutinio constante al que nos sometemos unas a otras, como si fuese una competición y estuviésemos demostrando quien es la mejor madre. Hay tantas formas de crianza como familias. Aún así juzgamos y creemos firmemente que nuestro posicionamiento es el único válido y legítimo.

¿QUÉ ES JUZGAR?

La palabra juzgar viene del latín iudicare, que significa dictar un veredicto. Es una palabra derivada de ius, derecho y dicare (indicar).

EL diccionario de la Real Academia define este verbo con dos acepciones que nos pueden resultar adecuadas para este post: por un lado, formar opinión sobre algo o alguien; por el otro,  dicho de un juez o un tribunal que determina si el comportamiento de alguien es contrario a la ley, y sentenciar lo procedente.

Y ahora yo te pregunto, ¿cuándo juzgamos a alguien estamos opinando sin más? No. ¿Sabes por qué? Porque estamos reprobando su comportamiento y estamos sentenciando en base a información parcial y  sin tener una sola prueba.

No es una opinión, en muchas ocasiones, es casi un juicio o una lapidación pública.

TODAS NOS HEMOS SENTIDO JUZGADAS

Nos juzgan desde el minuto 1. El embarazo es una de las primeras guerras, sobre todo si tu comportamiento no se ajusta a lo que se espera de ti. Esa lánguida y frágil espera puede ser un infierno si tienes vómitos continuos, malestar general y cansancio extremo. Te sentirás juzgada por sentirte enferma.

Yo lo he vivido en carne propia, cuando tu médica de cabecera  te suelta aquello de, “Estás embarazada, no estás enferma”. Estupendo. Pero oiga yo me siento muy jodida. La misma doctora que esgrime como argumento para no darme la baja que no tengo suficiente barriga. Por supuesto,  que no la tenía, mi peque era un CIR.

Durante mi embarazo tuve que soportar los comentarios y juicios de valor constantes de una compañera de trabajo, que me llamaba débil y se permitía el lujo de decirme que me quejaba mucho. Ella había tenido dos embarazos estupendos y había trabajado hasta el día del parto: su experiencia y sus circunstancias, que no eran extrapolables a las mías.

Por supuesto, cero comprensión por las más de dos horas de  coche que me hacía por carreteras secundarias todos los días lloviendo, nevando y de noche. Cuando hacia el final del embarazo cogí la baja dejó de hablarme. Se permitió juzgarme con la enorme libertad que da la ignorancia y la falta de empatía. Ella criaba a sus hijas con disciplina espartana pero yo jamás le hice un solo comentario sobre cómo educaba a sus hijas.

Me juzgaron nuevamente cuando una ginecóloga decidió unilateralmente que mi parto sería por cesárea y me llamó irresponsable por negarme a programarla en la semana 20. Por supuesto, me cambié de hospital. En el post Parirás por cesárea lo cuento con detalle.

Nuevamente me sentí juzgada cuando mi peque fue diagnosticado como un CIR. Me harté de decir que no era fumadora, sin embargo, no dejaron de preguntármelo, aunque constase esa información en el expediente, supongo que nunca creyeron que decía la verdad.

En una ocasión, alguien me dijo que si mi hijo había sido un CIR era por mi culpa. “Tú y solo tú tienes la culpa, no te alimentas bien”.  Esa persona ignoraba que durante el embarazo si consumí carne y pescado y que no me hice vegetariana del todo hasta que el peque nació porque pospusimos la decisión hasta ese momento. Saco sus propias conclusiones y juzgó.

Fue un comentario muy doloroso y desafortunado. En realidad, no hay una causa única para que tu bebé sea un CIR, pero tú te sientes mal de todos modos. En el post, Mi peque un CIR tenéis más información.

Y todo esto antes de nacer.

Cuando el bebé nace ya es el nova más. Cómo no críes de la forma que se espera de ti, prepárate para un aluvión de críticas, comentarios desafortunados y juicios de valor. Opiniones que no has pedido, que no te aportan nada, pero que escucharás día sí y otro también por el hecho de ser madre.

LA MATERNIDAD JUZGADA

Sientes que hagas lo que hagas te juzgaran.

Sería impensable en el reino animal encontrarnos a otras mamíferas relatando sobre lo que hacen otras madres y criticándose entre sí. Una comunidad de gatas en las que unas se despellejaran a otras porque los bebés mamaron más tiempo del acostumbrado o porque sus crías tomaron leche de fórmula.

Es impensable porque la naturaleza no les dotó de cultura ni del don de la reflexividad. Estos elementos forman parte de nosotros y nos convierten en seres pensantes. La cultura es profundamente poderosa, determina como tenemos que criar y que es adecuado y que no lo es en una determinada sociedad.

Además, se transmite de generación en generación como una verdad absoluta. Hace 100 años solo se criaba de una manera, las madres de entonces no cuestionaban lo que era adecuado o lo que no. Simplemente seguían con las costumbres familiares y generacionales aprendidas.

Hoy la cultura evoluciona a una velocidad de vértigo. La maternidad y la crianza se han convertido en temas vitales para toda madre que quiera estar informada. Encontramos numerosa información, paradigmas y nuevas teorías que han convertido la maternidad en un tema controvertido.

Lo que a priori es positivo, que es tener opciones y alternativas a fin de encontrar aquella que nos sea más afín, se convierte en una guerra. Así asistimos al choque generacional entre madres e hijas.

Aquellas madres que criaron con biberón porque era lo que se estilaba y lo que los pediatras recomendaban se llevan las manos a la cabeza por los esfuerzos que hacen sus hijas por dar el pecho. Sencillamente no lo entienden. Y se sienten ofendidas y juzgadas por sus hijas, como si les gritarán a la cara, “lo hicisteis fatal”.

Se produce la inevitable ruptura.

DISCUSIONES EN RED

Pero no solo es generacional, también la ruptura se produce entre amigas.  No es el primer caso de amistades que se acaban cuando se tienen hijos porque no se comparte un mismo estilo de crianza. Entonces buscamos apoyo en la red, en grupos online en donde comparten el mismo estilo de crianza que nosotras queremos o al que aspiramos.

Sin embargo, las discusiones son constantes en redes sociales por lo que hizo aquella, por la consulta de aquella otra, por lo que preguntó fulanita y por lo que contestó la de más allá. La cosa se calienta enseguida porque enjuiciamos en base solamente a lo que leemos.

Por ejemplo, alguien postea algo buscando aprobación y recibe un rapapolvo como recompensa. Juzgamos a otras personas y buscamos cómplices el aplauso del auditorio al que nos dirigimos. A veces es una pregunta inocente que suscita un aluvión de comentarios juzgando su punto de vista o su ignorancia.

Nos sentimos con la potestad que nos da el respaldo de la mayoría para acusar alto y fuerte a quien se sale de la norma. Y disfrutamos llamando la atención a otras madres, como si con ese gesto ganásemos unas cuantas medallas que mostrar orgullosas ante las visitas.

Se juzga alegremente sin saber y se genera un tremendo malestar.

A mí me han llamado la atención en algún grupo, razón de más para no participar o no entrar en polémicas. Me agotan, me parecen inútiles y me generan un tedio difícil de soportar. Pero si me gusta leerlas, porque aprendo. Aprendo sobre el ser humano y sobre el complicado trabajo de ser madre buscando la aprobación constante de la tribu.

Necesitamos escuchar que lo hacemos bien y necesitamos decir que aquella de más allá lo hace mal para reafirmarnos en nuestras decisiones y en nuestras convicciones. Lo entiendo, somos humanas. Sin embargo, no pensamos por un momento en los sentimientos de esa madre que se siente tan sola como nosotras y que lucha por hacerlo mejor cada día. No pensamos que pueda sentirse linchada públicamente.

CUANDO YO SOY MI PEOR JUEZ

En ocasiones, nos enfadamos ante un comentario de otra persona porque algo nos resuena por dentro y nos hace daño. Nos tocan la fibra y nos sentimos atacadas. Puede ser que en realidad la ofensa no exista más allá de nuestra cabeza.

Quién habla es nuestro peor juez: nuestro yo.

Es un enemigo potente que puede hacernos un gran daño y paralizarnos por completo. En ocasiones, somos más permisivos con otras personas y nos damos verdadero látigo si somos nosotras las que cometemos un error.

Debajo de esa culpabilidad y enjuiciamiento está nuestro perfeccionismo y nuestro miedo a equivocarnos, como si el error fuese algo imperdonable que no nos podemos permitir.

Todas alguna vez nos hemos sentido culpables de lo que hicimos o lo que no. Nos encontramos con madres que tienen más de un hijo que se juzgan duramente a sí mismas por no haber estado todo lo informadas que deberían cuando nació su primer hijo y no dieron lactancia materna. Madres que comenzaron criando de una manera y evolucionaron hacia otro paradigma y sufren porque su primer hijo fue criado de una forma de la que hoy abominan. Y un sinfín de enjuiciamiento inútil que nos hace sufrir y nos condena al fuego eterno.

Afortunadamente, tenemos el don de la reflexividad para utilizarlo a nuestro favor. Podemos sentarnos y reflexionar sobre el pasado sin emitir un juicio, sin sentirnos presionadas por el “debería”. Puede ser que nos equivocáramos o que tomásemos una decisión inadecuada pero ya es tiempo de curar heridas y de cerrar etapas.

A veces es tan simple como aplicar la comprensión que aplicamos a los demás y perdonarnos  a nosotras mismas.

YO TAMBIÉN HE JUZGADO

¿Y tú nunca has juzgado a otro? Yo sí, claro que sí y me he sentido fatal por ello.

Me considero una persona respetuosa pero yo también he juzgado en el pasado el comportamiento de otras madres sin tener toda la información y en base a una imagen o un comentario. Por ejemplo,  Antes de tener a mi Vikingo cuando veía a una madre dando biberón pensaba mal, ¿Por qué no da teta?

La vida que es muy sabia al final te pone en tu lugar y te ofrece la imagen donde te proyectas con toda su crudeza. Cuando mi hijo nació tuve que dar biberón un tiempo, hasta que conseguí que se enganchase al pecho. Me daba vergüenza dar biberón en público porque temía que me juzgasen. Un día comprendí que no eran mis prejuicios sino los de otro y que no merecía la pena prestarles atención.

Aprendí cuatro cosas de de esta experiencia:

1) que tú puedes verte en la misma situación en la que estaba aquella persona que juzgaste injustamente en el pasado;

2) que no tienes ningún derecho a juzgar a nadie;

3) que el mundo es libre de juzgarme, al igual que  yo soy libre para decidir que no me importa;

4) y que no volveré a juzgar a nadie nunca más.

APRENDIENDO A NO JUZGAR

Antes de juzgar pregúntate: ¿Quién soy yo para juzgar a esta madre? ¿Con qué autoridad moral? ¿Con qué derecho opino sobre su vida o su estilo de crianza?

No tengo ningún derecho. No sé las circunstancias de esa persona, no sé cuál es su situación personal, cómo es su entorno,  no sé cuáles fueron sus vivencias y desconozco de que tamaño es su mochila. Me falta su historia con todos los matices posibles, saber cómo piensa o cómo se siente.

En definitiva, me falta información para enjuiciar. Y aún con los datos en la mano, no debería hacerlo.

Yo he decidido vivir de una manera conforme a unos valores que son los míos. Aquella otra madre, aunque me resulte incomprensible, también actúa conforme a una lógica en la que entran en juego sus circunstancias personales y sus experiencias de vida.

Detrás de cada juicio de valor hay una madre con sentimientos, con dudas y con un corazón, una madre que se siente juzgada e incomprendida por su entorno. Una madre que se siente mal porque todo el mundo la juzga. Porque todo el mundo tiene algo que decir sobre cómo criamos o cómo dejamos de criar, incluso aquellos que no han tenido hijos.

¿QUÉ HAGO SI ME JUZGAN?

Sencillamente no tomártelo como algo personal. Las personas enjuiciamos muchas veces en base a nuestros prejuicios y nuestras carencias. Al final proyectamos en los otros nuestro enfado y nuestra frustración. Por debajo subyacen emociones y sentimientos que nunca han salido a la luz, que permanecen inconscientes y que nos hablan de nuestro sufrimiento, impotencia y necesidades no cubiertas.

El mejor consejo, es no entrar en la discusión ni en la polémica. Por supuesto, eso no significa callar y permitir que nos ofendan, pero si zanjar la cuestión de una forma educada.

No dejes que otros proyecten su sombra en ti. Si tu madre no pudo dar el pecho o decidió no darlo, no tiene derecho a machacarte porque hayas seguido con la lactancia más allá de los dos años. No tiene derecho y tú no se lo vas a permitir. Pero tampoco vas a juzgarla.

Otra cuestión es si me resuena, me exaspera o me saca de quicio el comentario. Sin duda, existe algún conflicto no resuelto que convendría escuchar. Es posible que descubras algo que no imaginabas.

En definitiva, implica hacer un trabajo personal para lograr que ciertos comentarios no nos afecten o no nos hagan daño. Y si nos lo hacen,  saber por qué y poder trabajarnos esas áreas que nos hacen sentir inseguras o nos llevan al perfeccionismo.

La maternidad no nos hace perfectas, nos hace humanas.

EN BUSCA DE UNA COMUNICACIÓN EMPÁTICA

Es importante comunicarnos desde otra perspectiva, más centrada en nuestras necesidades y en las del otro.  Adoptar una comunicación más empática exenta de violencia.

Marshall Rosenberg sabía perfectamente de lo que hablaba cuando propuso su teoría de la comunicación no violenta. Descubrió que nuestras acciones están motivadas por nuestra necesidad de satisfacer alguna meta u objetivo. Él defendió que podemos tratar de lograrlo sin provocar un daño a otras personas. Para ello, es fundamental no emitir juicios de valor y no catalogar la realidad en base a bueno-malo, correcto-incorrecto.

Bajo su paradigma el lenguaje es una poderosa arma que nos ayuda a comunicarnos desde la empatía, que nos permite comprender las motivaciones y deseos del otro.  Que hace que la otra persona se sienta comprendida. Nos anima a escuchar de verdad, sin prejuicios o ideas preconcebidas.

Si entendiésemos a esa madre que decide destetar, por ejemplo, nos pusiésemos en su piel y entendiéramos las motivaciones que la han llevado a esa situación, es muy probable que no la juzgásemos y es muy posible que no se sintiese juzgada.

Al final es una cuestión de respeto. Queremos que nos respeten y el respeto comienza por uno mismo. Por respetar a la persona que tenemos enfrente, sus vivencias y sus circunstancias.

También supone escuchar activamente al otro. Por supuesto, todo lo que oímos no nos va a gustar. No se trata de darle la razón a la otra persona pero sí de dar nuestro punto de vista sin ofender a esa madre y sin hacerla sentir mal. Supone validar sus sentimientos y opinar si nos lo ha pedido, con respeto y sin utilizar palabras violentas o agresivas. Pero si no quiere saber lo que pensamos, deberíamos guardarlo para nosotras y limitarnos a acompañar.

MI PROCESO

En mi trayectoria profesional como docente me he reunido con padres de todo tipo, todos ellos preocupados por sus hijos. En el camino he aprendido a escuchar, a validar sus sentimientos y he ofrecido mi ayuda y mi colaboración. En ocasiones, la han aceptado y en otras no, pero eso no me ha hecho sentirme menos capacitada en mi trabajo.  He entendido que cada familia es única y decide resolver sus conflictos de la forma más adecuada con o sin ayuda externa.

Cuando empecé a aprender sobre la educación y la crianza respetuosa me di cuenta de que llevaba años aplicando muchas de sus estrategias de forma intuitiva, tan solo guiándome por mi instinto y mi sentido común.

Al final este mundo es tan apasionante que decidí formarme en Crianza y Maternidad con el objetivo de ayudar a otras madres. Convertirme en Asesora de Lactancia supuso un sueño hecho realidad. Ahora tengo la suerte de acompañar a madres en su lactancia, y hasta hoy, está siendo absolutamente enriquecedor.

Cuando una madre busca mi ayuda sea porque tiene dificultades con la lactancia o porque quiere destetar, le ofrezco apoyo, comprensión y ayuda, sin juzgar, sin opinar y sin dañar. Desde la comunicación empática. Por supuesto, mi opinión personal la guardo para mí, la madre no me la ha pedido y no tiene cabida en la consulta.

Como mi aprendizaje prosigue, estoy formándome en Crianza Respetuosa y como Asesora de Porteo. Todas aquellas herramientas que voy recogiendo me sirven para seguir aprendiendo a no juzgar y no juzgarme. Y insisto en que sigo porque, a veces, se cuela un juicio de valor o me enfadó porque alguien me juzgó sin conocerme. No importa, es parte de mi evolución, lo más importante es que soy consciente de ello y puedo trabajarlo a nivel personal.

Se trata de un proceso que dura toda una vida que nos ayuda a acompañar a otras personas pero que también nos proyecta a seguir nuestro camino sin el sufrimiento o el estigma de sentirnos observadas o criticadas constantemente.

En definitiva, me ha hecho más libre, más consciente y más humana.

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