por Rosa Martínez Marán | Feb 12, 2016 | Vida Sostenible
Llámame rara, pero el peque usa pañales ecológicos. Ya antes de nacer el Vikingo ( el bebé antes conocido por Nano o Nanete), me preocupaba el impacto que nuestros actos cotidianos tienen en el medio ambiente.
La contaminación es un problema muy serio, se trata del mundo que heredarán nuestros hijos, el lugar donde crecerán nuestros nietos. El tema es tan grave que en el año 2050 habrá más plásticos en el océano que peces. No quería ni quiero que mi hijo herede un mundo lleno de desperdicios.
Cuando investigué sobre el impacto medioambiental que supone el uso de pañales desechables me llevé las manos a la cabeza. Si calculamos que un bebé puede gastar de media unos 7-8 pañales al día, durante al menos sus 30 primeros meses de vida, nos salen unos 7.200 pañales. Si a esta cantidad le sumamos la del resto de bebés que también los utilizan, la cantidad se convierte en inmanejable. Hablamos de más de 900.000 toneladas anuales sólo en España. Una conocida marca de pañales calculó que con los pañales sucios generados se podría llenar el estadio Santiago Bernabéu más de dos veces.
Pero esto no es todo, uno de los principales problemas de los pañales desechables es que no son biodegradables. Un pañal desechable tarda entre 300 y 400 años en descomponerse, como sigamos a este ritmo hundiremos el planeta a base de pañales sucios.
Sí, vale, soy una friki. A todos nos interesa mucho la ecología, siempre y cuando no nos suponga hacer ningún esfuerzo. Pero te animo a seguir leyendo porque lo que viene a continuación quizás te interese mucho más.
Una de las razones por las que es tan complicada la desintegración de los pañales desechables tiene que ver con su composición. En su mayoría están formados por celulosa y materiales derivados del petróleo (¡ay!, el oro negro está en todas partes). Siguiendo la información que ofrece la Dra Odile Fernández en su blog, podemos encontrar en los pañales aproximadamente 50 productos químicos, muchos de ellos perturbadores del sistema hormonal e inmunitario.
De algunos de estos componentes químicos se ocupa un estudio llevado a cabo en 1.999 en los laboratorios Anderson, descubrieron que los pañales desechables liberan componentes volátiles orgánicos que incluyen tolueno, etilbenceno, xileno y dipenteno, en otra ocasión hablaremos de estos entrañables amigos. Sólo diré por hoy, que estos componentes son tóxicos y que su exposición continuada puede provocar cáncer y daño cerebral.
Además encontraron cierta relación entre estos componentes y un mayor riesgo de padecer asma, infecciones respiratorias y cutáneas debido al poliacrilato de sodio, que es el principal absorbente de los pañales desechables.
Otro interesante componente es el tributilestaño (TBT) que fue analizado por Greenpeace Alemania. La ONG descubrió que este compuesto puede provocar cáncer y trastornos graves del sistema nervioso, ya que altera el equilibrio hormonal y el sistema inmunitario.
Para que os hagáis una idea, como tiene un alto poder como pesticida, se emplea como pintura en los cascos de los barcos, buques o puertos. También es el responsable del cambio de sexo de los moluscos gallegos.
A este cóctel químico, debemos sumarle la pasta de madera blanqueada con cloro, perfumes y conservantes.
Otro estudio realizado en Alemania descubrió que los bebés de sexo masculino, que usaban pañales desechables, manifestaban una temperatura escrotal tan elevada que podría causar infertilidad en su edad adulta. En concreto, la temperatura subía hasta 5º grados, perjudicando el mecanismo fisiológico de refrigeración testicular necesario para la creación de espermatozoides.
Ahora ya podéis llamarme alarmista, exagerada o crédula. Pero os dejo un dato más para la reflexión. Si tan seguros son para la salud los pañales desechables estándar que nos venden, ¿por qué las empresas que los venden no están obligadas a dar a conocer sus ingredientes básicos?
Y no me vengáis con eso del secreto profesional, porque estamos hablando de un tema muy serio, los pañales con los que están en contacto nuestros hijos 24 horas al día sus primeros años de vida. Al ser un tema de interés público deberíamos poder saber cuál es su composición. Es más, deberíamos saberlo para poder elegir y exigir a esas empresas que eliminen los componentes tóxicos.
A estas alturas alguien pensará que son desvaríos de una madre reciente abducida por el discurso ecologista más extremo. Pues no, me baso en información proporcionada por organismos y personas de reconocido prestigio que luchan contra la presencia de los químicos peligrosos de síntesis en nuestra vida.
Una de estas personas es la Dra Odile Fernández Martínez. Os animo a visitar su blog, del que he sacado parte de la información contenida en el post. Además de médico de familia, superó un cáncer de ovario estadio IV en 2010. Se trata de una eminencia en el tema de la lucha contra el cáncer, tiene varios libros publicados y da conferencias por toda España.
Para mí es una referencia constante y una inspiración.
¿Y vosotros que opináis?
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por Rosa Martínez Marán | Feb 10, 2016 | ARCHIVO

Mamá y la tribu se suman al miércoles mudo.
Se trata de un carnaval de blogs liderado por Maybelline del blog Naturalmente mamá.
¿En qué consiste?
Participas con una foto todos los miércoles. Debe tratarse de una foto que no necesite explicación, aunque puedes ponerle un titulo o añadir una breve descripción.
Se trata de una excelente iniciativa para conocernos y dar rienda a nuestra creatividad.
¿Te animas a participar?
En el blog de Maybelline puedes encontrar las normas, te dejo el link.
Feliz miércoles!!!!!
por Rosa Martínez Marán | Feb 5, 2016 | Vida Sostenible
Primavera de 2014. Esa mañana leemos en clase y debatimos un texto que trata sobre el acoso escolar. La dinámica es la misma en los dos 2º de la ESO a los que imparto clase. Sin embargo, la reacción de los alumnos ante un mismo discurso es completamente diferente en un curso que en otro.
Primero, digamos que tengo clase con 2ºA. Tras leer el texto se abre el turno de debate y se hace un clamoroso silencio. Planteo algunas preguntas, trato de buscar feedback, sin embargo nadie quiere hablar, es más, no tienen nada que decir, se encogen de hombros, miran para otro lado. Mis preguntas resultan incómodas. ¿Por qué?
Sigo adelante y explico que no denunciar una situación de acoso te convierte en cómplice del acosador. Es evidente que hay voces en contra, pero nuevamente parece que el muro es sólido. Entonces tímidamente una mano se levanta. Una alumna me dice que no está de acuerdo con lo que digo. Le pido que se explique. Entonces me dice indignada que ella no es cómplice por no contar que alguien sufre acoso. Que eso es ser un chivato y que ella no es una chivata. Insisto en mi argumento. Si no lo cuentas lo estás perpetuando. Pero ella insiste en que no tiene porque meterse en los asuntos de los demás.
Es la única que es sincera, porque el resto piensa lo mismo, pero no lo dice. Suena el timbre y los alumnos salen hacia el recreo y yo me quedo recogiendo mis cosas. Este tedio y falta de empatía me hace sospechar que algo está pasando. Sólo me queda comentárselo a la tutora y observar con los ojos muy abiertos.
Última hora: 2ºB. Empleo el mismo procedimiento. Leemos detenidamente y luego abrimos turno de debate. Sin embargo, no ha acabado el texto y ya se han levantado algunas voces que dicen que a ellos también les ha pasado lo mismo. En cincuenta minutos, más de la mitad de la clase puede referir alguna situación de acoso en su vida. Y lo que es mejor, lo cuentan sin ningún pudor y lo comparten con el resto de compañeros.
Incluso aquella alumna que nunca participa y que se niega a hacer nada, la malota de la última fila, levanta la mano y cuenta como fue acosada por una chica mayor que ella. No hay rechazo ante el argumento de que mirar para otro lado te hace cómplice, al contrario, más de uno ha defendido a un compañero acosado. ¡Ole por ellos! Cuando acaba la sesión todavía queda algún alumno que se acerca a contarme su caso.
Dos semanas más tarde, se descubre un caso de acoso, ¿En qué clase creéis que se está produciendo?
Efectivamente: en 2ºA. Ese silencio era muy sospechoso, por no decir que eran las llamas de un incendio.
Estos hechos me hicieron reflexionar entonces y vuelven a suscitar mi reflexión estos últimos días cuando tanto se habla de violencia escolar. Un niño se suicida en Madrid y yo siento que algo en nosotros también muere. ¿Por qué no pudo evitarse? Como es noticia, los medios se hacen eco y una procesión de opinólogos desfilan por el televisor.
Se escucha eso de que todos debemos luchar contra el acoso escolar, eslogan que tiene tanta fuerza como decir quiero comerme un filete y que tienen tanta utilidad, así planteado en abstracto, como predicar en el desierto.
El acoso escolar existe, son chavales con nombre y apellidos los que acosan a otros. Estos otros también tienen nombre y apellidos, son los que sufren el desprecio gratuito de seres cobardes e inmaduros.
Por supuesto, nadie quiere hablar de responsabilidad. Parece que el acoso es una fuerza insondable de la naturaleza, imposible de prevenir, complicado de detectar y difícil de solucionar.
Esta pasividad sólo beneficia al que acosa, que tiene absoluta libertad para seguir imponiendo su ley.
Mañana los focos se apagan y queda la tragedia de unos padres que han perdido a un hijo y que se preguntaran el resto de su vida porqué.
Pues porque no se han hecho las cosas bien, porque se ha permitido a los acosadores hacerse fuertes en su feudo y perpetuar la vergüenza.
Porque los que podían hacer algo han mirado hacia otro lado como los alumnos de 2ºA. Porque los profesores de este niño tampoco han hecho su trabajo de identificar la situación y poner solución .
El acoso escolar es muy sencillo de percibir, solo hay que abrir los ojos y escuchar a los alumnos. En mi experiencia como docente me he encontrado con situaciones de acoso y mi respuesta ha sido siempre tolerancia cero.
Pero volvamos a 2ºB. ¿Qué está pasando para que un grupo de alumnos tan grande admita haber sufrido acoso escolar en alguna ocasión?
Igual es que es más habitual de lo que pensamos y que además no es típico de niños mal adaptados. Hasta uno de los chicos más respetado en clase, contó que había sido acosado en el colegio.
También se reiteran los tópicos. Todavía se culpabiliza al niño acosado: algo habrá hecho, es que es muy pedante, es un resabido. No sabe defenderse. Comentarios así he tenido que escucharlos incluso por parte de compañeros de profesión. ¡Es indignante!
Otra idea equivocada es pensar que el niño acosado tiene una baja autoestima, lo que no es cierto. Son los acosadores los que tienen una personalidad inmadura, agresiva y una baja autoestima, que les lleva a intentar machacar a otro para sentirse mejor. Suelen ser chavales con problemas para relacionarse que sólo saben brillar a través de la burla y la humillación. Por supuesto, su falta de empatía es total.
Se trata siempre de un cobarde que se esconde entre la inmensa mayoría. Nunca dará la cara y admitirá de forma directa lo que hace.
Los padres del acosador tampoco son una ayuda. Pasando por mi niño no es así, no hace esas cosas, era una broma, no pasa nada por burlarse de otro, es una exageración, se ha sacado la situación de contexto y comentarios parecidos. Los padres del acosador minimizan la mala conducta de su hijo, la califican de chiquilladas o conflictos sin importancia.
Con esa actitud refuerzan las acciones de su pequeño que cree que puede actuar con total impunidad. Total mis padres siempre me van a creer. Ese apoyo a una conducta reprobable se produce por una mal entendida protección. Tema que daría para mucho pero del que no voy a hablar hoy.
Con los compañeros mirando para otro lado, los profesores a otra cosa y con los padres culpabilizando al acosado, el niño que sufre acoso se siente en un soledad absoluta.
¿Qué pensarán sus padres de él si cuenta lo que pasa? Como siente vergüenza, el niño opta callar. Con todos en silencio la dictadura del terror se impone y el estigma crece día a día.
Sin embargo, puede romperse y debe romperse esa dictadura del terror. Muchos alumnos temen denunciar y ríen las burlas del acosador por miedo a convertirse en el foco de sus comentarios.
Es el terror el que mantiene este sistema en pie. Su silencio es la condena del que sufre acoso porque los acosadores se hacen fuertes con el silencio de los otros. Pero estos otros son cómplices y también responsables. Sí, es duro esto que digo, pero es la verdad.
No se trata sólo de enfrentarse directamente al acosador, siempre se puede ir a Jefatura de estudios y comentar la situación, hablar con un profesor con el que tengan confianza, acudir al orientador o comentárselo a sus padres. El anonimato está garantizado y nos ponen sobre la pista a los profesores, nos avisan de que algo sucede y podemos intervenir. Somos todos parte activa, la omisión de socorro también es una acción.
Pero esto es un ataque muy directo a la autoestima y es una verdad incómoda.
¿Cuál es la solución?
Educación y concienciación en todas las etapas educativas y tolerancia cero a determinados comportamientos.
¿Cómo se hace eso?
Actuando de forma contundente: destapando la situación de acoso, con mucho diálogo, visibilizando el problema y aislando al acosador.
Sin la complicidad del resto no son nadie.
El resto incluye a los alumnos, los profesores, los padres y todos los que formamos parte de la comunidad educativa. Podemos hacer mucho para prevenir el acoso, pero es necesario compromiso y actuación.
Así que cuando veamos a cuatro mocosas marginando a una compañera, intervengamos y no pensemos que es cosa de niños.
Eso implica también no decirle a tu hijo que hace mal por defender a un amigo y que debe preocuparse de lo suyo. Luego no nos quejemos porque los chicos son individualistas.
Rompamos el tabú sobre el acoso y escuchemos a nuestros hijos. Y por encima de todo dialoguemos, dialoguemos y no dejemos de dialogar con ellos.
Podemos y debemos luchar contra el acoso escolar educando a nuestros hijos en el respeto hacia los demás, en la empatía hacia el sufrimiento de otros y en la confianza en sí mismos.
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por Rosa Martínez Marán | Feb 2, 2016 | Maternidad y Crianza Sostenible
Aún no lo dice porque no puede. Nano todavía no habla, pero estoy segura de que lo dirá. Sí, hoy vengo a proponeros una visita al teatro. Se trata de una actividad divertida, muy entretenida y relativamente barata, ya que estos espectáculos son más asequibles que los de los adultos. El precio habitual suele ser entre 5 y 8 euros por persona.
El teatro es parte de mi vida, fue lo que estudié y ha sido mi gran pasión durante años. He dado clases de teatro a niños y a adultos y todavía me sorprende la magia que se puede crear con muy poco, por no hablar de su capacidad para sustraernos a otros mundos imaginados e indagar en nuestras emociones y las ajenas. Como teatrera que soy, me hace especial ilusión aficionar a Nano al teatro desde muy pequeño.
Hace años era imposible encontrar en la cartelera un espectáculo pensado para niños o para bebés. El teatro era un espacio vetado para los más pequeños. Afortunadamente, han ido surgiendo compañías teatrales que han apostado por crear una serie de espectáculos pensados para ellos. Poco a poco, se ha ido creado un público fiel que demanda este tipo de productos y que los considera una forma de ocio para disfrutar en familia.
Ahora, ya podéis manifestar las pegas más comunes: es buena idea para cuando sea más grande; tan pequeño no se entera de nada, es tirar el dinero; no aguantará la función entera…
Pues os equivocáis.
Cuando Nano fue al teatro por primera vez, tenía menos de seis meses y estuvo atento la mayor parte del tiempo. En un momento determinado quiso pecho y se lo di, pero se soltaba a cada rato para mirar. Estaba fascinado. Volvimos a repetir hace unas semanas y le encantó. No paro de reírse, mover sus manitas al son de la música y ni siquiera se acordó de comer.
Mi niño no es una excepción. Estos espectáculos están diseñados para ellos. Existe un gran trabajo detrás y mucha ilusión.
¿Pero en qué se diferencian de un espectáculo al uso?
– Suelen durar una media hora, un niño tan pequeño no aguanta más tiempo.
– La trama de la obra suele ser muy sencilla, adaptada a lo que los bebés pueden entender.
– Las situaciones que se presentan son repetitivas, aunque siempre con alguna pequeña variación.
– Suele ser interpretada por un actor o dos, los peques se despistan con muchos personajes en escena.
– El actor suele estar acompañado por muñecos que suscitan el interés de los más pequeños y con los que interactúa como si fueran un personaje más.
– La obra tiene poco diálogo que tiende a repetirse, lo que facilita el seguimiento por parte del niño.
– Se busca feedback con los peques, por eso a veces se plantean preguntas al patio de butacas, se recurre a la apelación, o se pide colaboración directa.
– La música es un elemento fundamental, ya sea como acompañamiento a alguna acción, la creación de un ambiente o a modo de canciones fáciles de aprender.
– La danza también forma parte de algunos espectáculos, los peques se quedan fascinados mirando e incluso se les anima a bailar.
– La interpretación gestual es otra de sus mejores bazas, ya que la expresividad conecta con las emociones de los bebés.
– La escenografía se caracteriza por ser sencilla y colorida, aparecen pocos objetos pero bastante llamativos que serán utilizados durante la función.
– Algunos espectáculos se ven desde el patio de butacas, en otros se acondiciona el escenario para que los espectadores y los bebés pueden ver la función muy de cerca. Reconozco que me gusta más esta opción.
¿Y cuáles son sus beneficios?
De entre sus beneficios podemos destacar:
-Aumenta su concentración.
– Les ayuda a desarrollar sus capacidades sensoriales.
– Fomenta el desarrollo del lenguaje.
– Favorece el aprendizaje de las diferentes emociones.
Como veis, todo son ventajas.
¿Dónde podemos encontrar estas funciones?
En la mayoría de las capitales grandes de provincia empieza a existir una oferta interesante, aunque las que se encuentran a la cabeza son Barcelona y Madrid, que tienen una cartelera consolidada que se renueva cada poco tiempo. Nosotros nos centraremos en Madrid que es donde vivimos. Os vamos a recomendar una serie de espectáculos y teatros que merece la pena visitar con los pequeños.
– http://www.madrid.org/clas_artes/red/lanadeluna.html
La obra se llama, Lana de Luna, fue la primera que vimos con Nano y le entusiasmó. Es un espectáculo muy al estilo Waldorf.
– https://entradas.teatrosluchana.es/teatrosluchana/es_ES/tickets
Los Teatros Luchana tienen un buen surtido de obras para niños de entre 0 y 5 años y espectáculos de magia. Nosotros vimos Milonga bajo el mar y nos encantó.
– http://microteatromadrid.es/infantil/
Se trata de una sala teatral muy versátil. Destacan por ofrecer obras de duración inferior a los 15 minutos, estando el público integrado dentro de la sala. Tienen hasta cuatro espectáculos para niños simultáneamente.
– http://www.teatrocircoprice.es/web/
El Teatro Price es un clásico en Madrid en lo que se refiere a talleres y espectáculos en los que el circo y la magia son sus principales reclamos.
– http://teatrodelarte.org/infantil/
Teatro del arte es una sala alternativa en el corazón de Lavapiés que también ofrece espectáculos para pequeños los fines de semana.
No tenéis excusa para no llevarlos, creerme que será toda una experiencia que recordaréis y no precisamente porque vuestro peque se aburra. Incluso para niños muy movidos y que no paran es una excelente opción.
¿Qué, os animáis a llevar a los peques al teatro? No os lo penséis, les va a entusiasmar. Yo ya estoy planeando la próxima salida al teatro.
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por Rosa Martínez Marán | Ene 29, 2016 | Maternidad y Crianza Sostenible
Aquí tenéis la continuación sobre mi parto inducido: parte I
La madrugada fue… cómo decirlo suave: terrorífica. Entre los tactos vaginales cada hora, a cada cual más doloroso, una muchacha de parto que no dejaba de gritar a todo pulmón, un dolor insoportable en los riñones y unas contracciones cada vez más fuertes y seguidas, apenas pegamos ojo. Por supuesto, nadie nos explicaba nada, ni porque teníamos que estar allí, ni hasta cuándo.
Cerca de las 7 de la mañana, mi chico se marchó a la habitación para darse una ducha y desayunar. Cinco minutos más tarde rompí la bolsa. La sensación fue la de un globo que se desinfla en tu interior. Me levanté de un salto de la cama y avisé a las enfermeras que me confirmaron lo que yo ya sabía: había roto aguas. Al menos nadie me rompería la bolsa.
A partir de ese momento el parto se aceleró. Empecé a tener contracciones cada vez más seguidas, tanto, que apenas podía descansar entre una y otra. Me concentré en la respiración, menos mal que la había practicado mucho en casa. Cuando mi chico llegó veinte minutos más tarde no podía hablar, una contracción seguía a la otra. Como pude le expliqué lo que había pasado. Afortunadamente para quedarse más tranquilo después de ducharse bajó directamente a la sala de dilatación. Nunca me he alegrado más de verle, eso sí, el pobre se quedó sin desayunar.
En muy poco tiempo había dilatado 6 centímetros, estaba que me retorcía de dolor. Fue entonces cuando vino el anestesista y me puso la epidural. No me negué, tenía demasiado dolor para cuestionarlo, aunque hoy pienso que fue contraproducente. La epidural me dio un respiro pero me paró el parto. Antes de las diez de la mañana ya había dilatado del todo, sin embargo la fase de expulsivo se complicó. Por un lado, el bebé no descendía lo suficiente por el canal de parto. Era muy pequeño y no tenía fuerza para bajar. Por otro, no notaba ya las contracciones y no sabía cuando tenía que empujar. Además estaba muy fatigada. Menos mal que mi pareja estaba a mi lado, cogiéndome la mano, acariciándome la cara y prodigándome todos los mimitos que necesitaba.
Cada poco tiempo pasaban a ver como estaba pero el parto no progresaba, el bebé bajaba pero muy despacio. Cuando ya llevábamos cuatro horas de expulsivo vino una matrona decidida a dar por terminado el parto. Teníamos que sacar al bebé ¡YA!, había riesgo de sufrimiento fetal. La verdad es que fue un poco brusca y poco comprensiva. Yo había practicado la respiración de una forma pero ella insistía en hacerlo a su manera. Tras unos cuantos empujones inútiles, decidió llamar al séptimo de caballería y en un momento la sala de dilatación se llenó de médicos. Para entonces yo sólo quería que Nano naciese sano y que mi chico no se desmayase, o peor, no echase a correr. Pero ahí estuvo como un valiente viendo nacer a su hijo.
Todo lo que sucedió a continuación lo recuerdo a toda velocidad. Valoraron a toda prisa utilizar unos forceps, para entonces yo ya sabía que me iba a tocar la tan temida episiotomía. Mi único miedo en aquel momento era que lastimasen a mi bebé.
Y aquí entra aquella parte en la que te olvidas de lo que dijiste que no permitirías que te hicieran por nada del mundo. Porque yo había jurado y perjurado que jamás me dejaría hacer la maniobra de Kristeller. Sin embargo, cuando aquella ginecóloga me explicó apresuradamente que se iba a apoyar con las dos manos en mi vientre y empujar hacia abajo, no pude ni supe negarme. Debo decir a su favor que me explicó lo que me iba a hacer y que la maniobra no me resultó dolorosa. Pero no olvido que no es una práctica recomendada y que tiene importantes contraindicaciones de las que hablaré en otro momento.
No puedo valorar si fue efectiva o no, pero en dos empujones nació mi pequeño. Recuerdo vagamente que me lo mostraron… era tan diminuto. El papá lo recuerda mejor que yo. Lo que no olvidaré nunca es no oírle llorar y como, muy nerviosa, se lo decía a mi pareja: no llora, no llora, y como el papá trataba de tranquilizarme. Hasta que oí su llanto por primera vez y me relajé. Más tarde nos enteramos por el informe de que había estado 45 segundos en parada cardiorespiratoria, pero eso nadie nos lo contó.
Mi bebé pesó 2,220 kg, más que un bebé parecía un gatito. Estaba un poco amoratado, apenas tenía pelo, era más bien delgadito y tenía los labios muy rojos, ¡era tan hermoso!… Tras la primera exploración me lo trajeron y pude estrecharle entre mis brazos, fue el momento más feliz de mi vida. Enseguida me lo coloque al pecho, estaba ansiosa por iniciar nuestra lactancia, su padre sacó el móvil para sacarle una foto.
Y de pronto, toda nuestra felicidad se tornó en desdicha, porque nuestro peque dejó de respirar y empezó a ponerse azul. Avisamos corriendo y la sala volvió a llenarse de médicos. Rápidamente se lo llevaron a neonatos y su padre fue tras él. Y yo me quedé sola y aterrada. Pero en todas partes hay personas buenas y una de las auxiliares se quedó a mi lado consolándome. La estaré eternamente agradecida por su apoyo y sus palabras.
Y aquí acaba mi parto inducido, y empieza nuestra historia en neonatos… Hechos que narraré próximamente en un nuevo post.
Si te ha gustado la entrada, deja un comentario, siempre serán bienvenidos y ayudan a saber que hay alguien al otro lado.
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