por Rosa Martínez Marán | Ene 25, 2016 | Maternidad y Crianza Sostenible
Estaban desesperados porque su adorable hija se había convertido en una mocosa malcriada y exigente, no dejaban de preguntarse en que se habían equivocado. Era obvio que se habían relajado demasiado y con los niños nunca se puede bajar la guardia. La pequeña tirana ostentaba su poder de forma insultante. Lloraba nada más depositarla en la cuna y, la muy lista, solo se callaba cuando la cogían en brazos. Se agarraba al pecho a todas horas por puro vicio, y no les dejaba dormir porque se despertaba continuamente alterando su descanso nocturno. Se negaba a comerse los purés que su esclavizada madre preparaba, pero la maleducada enganchaba sin darnos cuenta cualquier cosa comestible que hubiese en la mesa, o lo que es peor, por el suelo. Demandaba atención constante, sin tener consideración por sus agotados padres que llegaban exhaustos del trabajo. Estas vicisitudes, relataban los padres primerizos acongojados.
– ¿Cree que es grave, doctor? ¿Podremos reeducarla?
Mientras, el bebé en el carrito lanzaba un S.O.S. desesperado.
– ¿Lo ve?, ya está llorando otra vez.
Aunque esta es una situación hipotética e hiperbólica representa cómo las expectativas que tenemos sobre nuestros bebés, en ocasiones, no se cumplen. Esto nos lleva a desesperarnos, clamar al cielo y decir aquello de este niño sale a ti. ¿Y cuáles son las expectativas más comunes?
Expectativas románticas: se basan en una información errónea e idealizada. Los medios de comunicación contribuyen de forma especial a perpetuar estas ideas. En las películas los niños no hacen ruido, ni molestan, se quedan plácidamente dormidos en el moisés hasta la siguiente toma. Se asemejan más a un Nenuco que a un niño. Esto también incluye la felicidad ilimitada, sin ojeras, sin dos tallas más, sin depresión posparto y sin dos tetas como dos balones a punto de reventar.
No es como lo imaginábamos: llora más de la cuenta o más de lo que nos gustaría, que siempre es mucho y a destiempo. A veces por imaginar, los independizamos a los seis meses y queremos que duerman solos, caminen antes de lo que les corresponde o coman dos platos completos más postre sin rechistar.
¿Tu vida? Ni está ni se la espera: la que pensase que volvería a dormir más de cuatro horas, y seguidas en una misma noche, ya se puede ir despidiendo de ello en un tiempo muuuuy largo. Tu vida ya no es tuya, no te pertenece y eso hay que aceptarlo de forma irracional e instintiva. Por suerte, las hormonas, los ojitos que nos pone nuestro peque y sus sonrisas ayudan a que nos olvidemos de que una vez existimos.
Mejorará nuestra relación de pareja: jajaja, ni de coña. Por muy buena que fuese vuestra relación antes de la llegada del peque discutiréis más que nunca. Los enfados se multiplican con la misma velocidad que las lombrices. Las discrepancias pueden venir por diferencias sobre la crianza del bebé, por interferencias de la familia, por cómo organizar las tareas en casa o por cualquier chorrada. El cansancio acumulado ejerce un efecto potenciador del mal rollo.
Los bebés no dan trabajo, duermen todo el día: Pues que me digan donde están esos bebés transgénicos y mejorados que hacen lo que queramos a voluntad. Porque el mío no para quieto, ni tiene horario, ni se desconecta después de las diez.
Nos entenderemos a la perfección: pues complicado, porque ellos vienen sin libro de instrucciones y nosotras hemos desconectado de la maternidad hasta el parto. Resultado: qué hace una chica como yo en un sitio como este, o lo que es lo mismo, ¡Dios, dónde nos hemos metido! Por supuesto, nuestro entorno tiene consejos de todo tipo que a veces confunden más que ayudan. La poca sintonía entre madre e hijo también puede provocar situaciones como las del relato, en las que algunos pueden llegar a pensar que el niño llora o protesta para fastidiar a sus sacrificados padres. ¿Por qué llora ahora si acaba de comer y tiene el pañal limpio? Pues en muchos momentos imposible saberlo. En algunas ocasiones, porque necesita estar contigo. Lo que nos lleva al punto siguiente.
Los niños se crían solos: pues no. No somos conscientes de lo mucho que nos necesitan los primeros años de su vida. Así de simple, o al menos, eso señalan autores que defienden la crianza con apego como Carlos González. Tu hijo necesita contacto físico las 24 horas del día, y a ser posible, que seas tú la que le lleves en brazos y le colmes de besos y caricias. Es a ti y solo a ti, a quien necesita, no un muñeco, ni un chupete ni la hamaca vibratoria último modelo.
Esto es parte de ser madre:
Olvidarte de tus expectativas y abrazar tu nueva y caótica vida.
Ese es tu hijo, su felicidad lo vale todo.
Y Recuerda que:
Nadie te mirará jamás con esos ojos con los que él te mira,
ni te sonreirá de esa manera,
ni te querrá de forma tan incondicional por ser tú.
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por Rosa Martínez Marán | Ene 17, 2016 | Maternidad y Crianza Sostenible
Aquí tenéis el post sobre mi parto inducido por ser un CIR tal y cómo os prometí. Me ha costado escribirlo, pero aquí está la primera parte.
No fue el parto que esperaba, ni el que soñaba cuando inicié este viaje, pero las cosas no siempre salen como queremos. Había salido huyendo de un hospital porque querían programarme una cesárea y sin darme cuenta ingresaba voluntariamente en otro para un parto inducido.
Tres días antes, en uno de los controles descubrieron que la placenta había dejado de funcionar correctamente, estábamos en la semana 36+2. La ginecóloga fue muy clara. había que provocar el parto cuanto antes. Mi bebé era considerado un CIR y ya no crecía. Todavía recuerdo el sentimiento de vértigo. Por mi problema de salud, un Arnold Chiari de tipo 1, me indicaron que no insistirían en exceso en un parto vaginal, que si el parto no avanzaba me harían una cesárea. Algo que se quedó grabado y que la doctora repitió un par de veces fue lo siguiente: que ingreses el viernes no significa que tu hijo nazca el viernes. Me hubiera gustado que hubiese sido más clara porque no entendía muy bien qué quería decir. Más tarde lo entendí el parto sería muyyyyyyy largo. Y vaya si lo fue.
Recuerdo los siguientes días con cierta nebulosa. Había que organizar las últimas cosas para la llegada del bebé, revisar la bolsa que íbamos a llevar, preparar su ropita, montar la cuna, etc. Con la perspectiva del tiempo y sabiendo lo que sé ahora, no le hubiese dado tanta importancia a esos detalles. El día antes fuimos a monitores, todo estaba igual, al menos no había empeorado. Me dejaron volver a casa y me indicaron que debía ingresar por urgencias al día siguiente a las ocho de la mañana.
Me preocupaba que mi niño no estuviese bien, sin embargo, él se movía como de costumbre. Durante el embarazo le había hablado constantemente, así que no me costó trabajo explicarle con palabras lo que iba a pasar. Aunque no pudiese entenderme para mí era muy importante que lo supiese.
Con respecto al papá, no sé si estaba más aterrado que nervioso. Para alguien que se marea con la sangre plantearse estar en un parto es muy valiente. Habíamos hablado mucho sobre ello y aunque él en un principio era reticente pronto entendió que lo necesitaba a él y sólo a él a mi lado. El pobre se puso a ver partos por internet para prepararse para el momento porque decidió estar con nosotros en ese momento.
Pasé el resto del día intentando relajarme, me di un baño, revise las bolsas del hospital, la documentación e hice algunas llamadas. Una cuestión espinosa era si avisar o no a la familia. Decidí no hacerlo, no quería angustiar a mi madre y no deseaba tener a todo el mundo pendiente de mí. Una de mis hermanas fue mi cómplice, y eso porque me acompañó al hospital, si no tampoco la hubiese dicho nada. Debo reconocer que mi familia aún sigue enfadada, pero no me arrepiento.
Deseaba tranquilidad, estar concentrada en lo importante, traer a mi hijo al mundo. No distraerme preocupándome de lo que pasase en la sala de espera. Otro motivo fundamental para mí era no tener la habitación llena de gente cuando subiese a planta. Todo el mundo tiene las mejores intenciones pero, seamos sinceras, no es lo que más apetece inmediatamente después de un parto. Además necesitaba calma para que mi bebé se agarrase al pecho e iniciar nuestra lactancia.
Había imaginado muchas veces ese momento, cuando los tres juntos ya en la habitación iniciásemos nuestra andadura como familia. Puedo seguir hablando de lo que imaginaba y no sucedió. Porque nada salió como habíamos planeado.
El viernes nos levantamos a las seis y poco antes de marcharnos me eché a llorar desconsoladamente. ¿Por qué lloraba? Aún no lo sé. Supongo que era una forma de sacar la tensión acumulada y por qué no, de despedirme de mi embarazo. Fue curativo, porque me dio valor y fuerza para enfrentar lo que estaba por llegar. Iba a ser un parto instrumentalizado sí o sí, una inducción no suena muy natural y desde luego no lo fue.
Iba mentalizada para todo y el dolor era lo de menos porque lo compensaba el tener a mi peque en los brazos. Poco antes de las ocho estábamos allí ingresando por urgencias. Mi pareja se quedo fuera y a mí me trasladaron a una sala con monitores donde había otras embarazadas como yo. La primera matrona que me atendió fue un encanto. Era su primer día en ese hospital y yo su primera paciente. Da la casualidad de que venía del hospital del que yo me había cambiado. Estuvimos un rato hablando de ello y me explicó que una de sus razones para pedir el traslado era que allí los partos eran en su mayoría patológicos y estaban muy instrumentalizados.
Me explicó cuál era el plan: gel de Prostaglandinas para dilatarme el cuello del útero y a esperar. Pregunté por la oxitocina y me dijo que lo más probable es que se me pautase al día siguiente. Agradecí sus aclaraciones porque en adelante nadie nos daría más explicaciones, a pesar de que mi pareja se hartó de preguntar según avanzaba el parto. Más tarde me trasladaron a una sala de dilatación, pasé la mayor parte del día en urgencias porque no había camas pero al menos mi chico pudo estar a mi lado.
Empezábamos el proceso con el cuello borrado en un 50% y un centímetro de dilatación, menos es nada. Aunque había traído alguna cosa para entretenerme, el tiempo se nos pasó volando y por la tarde nos mandaron a planta. Lamenté después no haber aprovechado ese tiempo para dormir, porque la noche que nos esperaba era movidita. Ya tenía contracciones y aunque no eran muy seguidas, sí eran dolorosas.
Me subieron la cena y creímos que no pasaría nada nuevo hasta el día siguiente. Pues no. Como a las once de la noche cuando mi chico me estaba ayudando a ducharme llamaron a la puerta. Teníamos que bajar a monitores. Pensamos que sería un rato y que enseguida volveríamos a la habitación. ¡Qué equivocados estábamos!
Próximamente el desenlace….
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por Rosa Martínez Marán | Ene 15, 2016 | Maternidad y Crianza Sostenible
Me causa verdadera sorpresa comprobar como un gesto que debería ser normal, y que probablemente lo sea en otras partes del mundo, genera tanta controversia en un país que se cree civilizado como el nuestro. Una diputada lleva a su bebé de pocos meses al congreso, mientras se constituyen las cortes, y no contenta con eso, se permite el lujo de amamantarlo. Un coro de voces airadas se levantan contra ella, reacción tan desproporcionada que una se pregunta si estamos hablando de un niño en el congreso o de un arma de destrucción masiva a punto de explotar en el hemiciclo.
Todavía me causa más estupor que otras mujeres y madres desaprueben su conducta, teniendo en cuenta que somos madres y sabemos lo que es tener un bebé y sus necesidades. No neguemos lo evidente, un bebé necesita a su madre las 24 horas del día, otra cuestión es que podamos o nos dejen dedicárselas. Uno de los argumentos es que existe una guardería de pago en el congreso. Claro, y también las niñeras y los muñecos de felpa.
La diputada se defiende, reivindica su derecho de a criar a su hijo con apego. Algunos se remueven incómodos en sus sillones, ¿qué es la crianza con apego? Pues un invento de estos hippies de Podemos. Pues no, señores. ¿Será una moda como la dieta Dukan? Tampoco. Se trata de una elección personal, un estilo de crianza.
La crianza con apego se basa en la teoría del apego del psicólogo británico Jhon Bowlby, que ya a mediados del siglo pasado, defendía que los niños permanecen en un estado de seguridad, ansiedad o temor en función de la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de apego, la cual casi siempre es la madre. Cuanto más accesible y atenta es la madre más aceptado y protegido se siente el niño. Más tarde, en 1990 William Sears propone una serie de principios, que son las bases de la crianza con apego, como la lactancia materna, el contacto físico o atender a sus demandas, entre otras ideas.
Pero no sólo en el ámbito anglosajón se apoya a este modelo, uno de nuestros pediatras más reputados, Carlos González defiende este modelo de crianza. Afirma que en otros lugares del planeta las madres no se separan nunca de sus hijos y no está mal visto que acudan con él al trabajo o a su lugar de estudios. Considera palabras textuales que «es antinatural que los niños vayan a la guardería y sus padres los vean solo dos o tres horas al día«. ¿Exagera? La cuestión no es si los niños deben o no ir a la guardería, porque desgraciadamente muchas mujeres no tienen otra opción, ni siquiera las horas que pasan allí, que para una madre siempre serán demasiadas.
Sí, la teoría es estupenda y nos la sabemos. La cuestión es, ¿dónde están las ayudas qué nos permitan conciliar? ¿Se pueden llevar a cabo las recomendaciones de la crianza con apego en nuestra sociedad? Se puede, siempre y cuando no trabajes. Pero, ¿y trabajando? Pues muy difícil.
Seamos claros, vivimos en una sociedad en la que no se da visibilidad a las madres y a sus hijos, que aprueba que dejes a tu hijo en la guardería ocho horas al día, pero que observa con suspicacia que decidas tomarte una excedencia para cuidarlo. Y lo digo por experiencia propia.
Pero volviendo al congreso, encontramos diferentes opiniones: «es una acción con fines políticos», «partidista», «instrumentalizada», y un largo etc. Pues bienvenida sea, porque gracias a ella empezamos a debatir sobre problemas reales. Pero es que además, la propia diputada lo ha calificado así: «es un gesto simbólico por la reivindicación de todas las mujeres que tienen que poder conciliar vida familiar y personal y vida laboral y hoy día no pueden, que son muchas en nuestro país, millones de mujeres que se enfrentan solas a múltiples obstáculos».
Lejos de calmar la tormenta, sus palabras encienden aún más los ánimos y las redes arden con comentarios a favor o en contra. Y entonces me viene a la cabeza una expresión atribuida erróneamente a Cervantes, «Ladran, Sancho, señal que cabalgamos«
El presidente del Congreso califica la situación de anécdota y ahora soy yo la que me revuelvo en la silla. No señores, la conciliación no puede ser una anécdota, y menos en una sociedad en la que las mujeres se ven obligadas a dejar a sus hijos en una guardería a las 16 semanas de su nacimiento. No, no puede ser una anécdota, el hacer visible que compaginar la crianza con el trabajo es casi imposible.
En definitiva, podemos encarar este suceso de dos formas: con la pataleta del tipo esta señora es una privilegiada y patatán o celebrar que por un día las madres y sus bebés somos noticia.
P.D.: Aunque parezca increíble: debatir no está contraindicado por la OMS, no provoca cáncer, no sube el colesterol, ni es malo para la salud.
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por Rosa Martínez Marán | Dic 10, 2015 | Maternidad y Crianza Sostenible
Mi peque, es un CIR. Lo primero que te preguntas es que has hecho mal para que esto sea así. Sin embargo, uno de cada diez bebés no creció lo suficiente antes de nacer y en el 40% de los diagnósticos de CIR no hay una razón aparente, por lo que sentirte culpable no sirve de nada.
Pero, ¿qué significan estas siglas? Crecimiento Intrauterino Retardado. Podemos definirlo como la disminución patológica del ritmo de crecimiento del feto mientras se desarrolla dentro del útero, que tiene como consecuencia que el bebé no consiga alcanzar el tamaño previsto y que, por lo tanto, tenga más riesgo de padecer complicaciones perinatales o, incluso, de morir. Expresado así asusta bastante. Por motivos que se desconocen, en muchos casos el bebé no obtiene todos los nutrientes que necesita porque la placenta deja de funcionar bien.
Existen dos tipos de CIR: simétrico y asimétrico. El primero se da en fetos con alteraciones graves pero también en bebés que son constitucionalmente pequeños. El CIR asimétrico suele aparecer en un momento avanzado del embarazo más o menos hacia el tercer trimestre, como fue mi caso. Se caracteriza por que existe una descompensación en los parámetros que miden el crecimiento fetal: el tamaño del cráneo, el del abdomen y el del fémur. Es decir, alguno de ellos se ajusta más a la edad gestacional y algún otro da una medida inferior. Este tipo de CIR es el más habitual y es el que me tocó a mí.
Hacia el final del segundo trimestre el tamaño del peque empezó a estancarse, la primera señal de alarma la dio mi ginecóloga del seguro privado. Según ella iba aproximadamente con una o dos semanas de retraso. Apenas le dimos importancia aunque ella me mandó unos batidos que eran proteína pura (y también una gran dosis de porquería, pero esa es otra cuestión que ya abordaré en otro momento). Por aquel entonces yo había tenido un período de gran estrés laboral, estaba agotada y me encontraba fatal pero la doctora de cabecera que tenía por aquel entonces no me daba la baja laboral (el tema daría para otro post y no descarto escribirlo en el futuro).
Después de las vacaciones de semana santa me tocaba el control en la sanidad pública y su valoración fue la misma que la de mi doctora: el peque crecía muy despacio. Estábamos entonces en el percentil 25, qué odiosa palabra: percentil. Y tantas veces que tendría que escucharla en adelante. Una de las primeras preguntas que me hicieron es si fumaba, pregunta que se repite aún hoy cuando llevo al bebé al pediatra. Pues no, no fumo. No he fumado nunca, creo que hay pocas personas que odien más el tabaco que yo. Sin embargo aunque en mi informe lo ponía, cada vez que iba no dejaban de preguntármelo. Por lo visto hay una incidencia mayor de bebés CIR en mamas fumadoras. Se cree que la nicotina produce una vasoconstricción de los vasos uteroplacentarios lesionando su pared y provocando que la placenta no funcione correctamente. De hecho los bebés de madres fumadoras suelen pesar de media unos 100-300 gramos menos de lo normal.
También se interesaron por mi nivel de estrés, me prescribieron reposo absoluto y me recomendaron coger la baja laboral. Pero afortunadamente había cambiado de médico y mi nueva doctora me había dado la baja apenas dos días atrás. Según algunos estudios existe una relación directa entre el estrés y bebés CIR o prematuros. Se piensa que el estrés provoca una interferencia general con los mecanismos que aseguran un correcto desarrollo del embarazo.
Decidieron ir citándome cada semana o cada diez días para ver cómo evolucionaba. Por supuesto nadie te dice en ese instante que tu pequeño es un CIR, tampoco es que sirva para mucho la información y posiblemente ellos tampoco puedan delimitar en ese momento que lo sea, es decir, podría ser un bebé constitucionalmente pequeño, que también los hay.
El caso es que le cogí pánico a la ecografía porque cada vez que íbamos estábamos igual. Sin embargo, la placenta parecía funcionar y el intercambio de oxígeno también. Entonces, ¿por qué no crecía? Imposible saberlo. Por supuesto que yo seguía las recomendaciones que me habían dado: descanso, nada de estrés y alimentación rica en proteína. Me tranquilizaba notar a mi peque moviéndose cada día. Siempre había sido un bebé muy activo, solía moverse mucho y yo pensaba que si de verdad le faltasen nutrientes estaría más apático. Intentas no obsesionarte pero no es fácil, temes por el bienestar de tu pequeño y eso impide que te relajes.
En la semana 36 en uno de esos controles la situación había cambiado, la placenta de repente aparecía envejecida y el intercambio de nutrientes podía estar comprometido. Habíamos bajado al percentil 10 y a partir de ese momento mi peque ya fue considerado un CIR. Me plantearon una inducción al parto inminente. Si fuera por la ginecóloga que me atendió me hubiesen ingresado ese mismo día, que era martes. Sin embargo no había camas, así que me citaron para dos días después para un control, por si la situación empeoraba y programaron mi parto para el viernes.
La verdad es que fue un gran susto pero ni siquiera me plantee otra posibilidad. Si mi bebé no crecía desde luego que estaba mucho mejor fuera que dentro. Por otra parte, estaba a punto de conocer a mi pequeño. La historia continúa en el post Mi parto inducido: parte I y en Mi parto inducido: el desenlace.
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por Rosa Martínez Marán | Nov 30, 2015 | Maternidad y Crianza Sostenible
-«Parirás por cesárea.»
– «Porque tú lo digas.» Eso fue lo que exclamé tras salir de la consulta de uno de nuestros hospitales públicos más renombrados tras una revisión del embarazo. La ginecóloga que me atendió quería programarme una cesárea en la semana veinte, algo con lo que yo no estaba nada de acuerdo.
Tal y como contaba en uno de los post, estoy operada de un Arnold Chiari de tipo 1. El neurocirujano que me operó me aseguró que no había ningún problema en que me quedase embarazada e intentase un parto natural. Lo único que habría que controlar es que no me aumentase la presión en la cabeza durante el expulsivo.
Esta información es importante que los médicos que me atienden la conozcan y así lo hice saber en un principio. Ellos mismos me remitieron a otro neurocirujano de su hospital para que realizase una nueva valoración. La opinión de este especialista fue, palabras textuales, la siguiente: puedes parir de forma natural, pero los ginecólogos no te van a dejar porque van a curarse en salud. Y me pregunto ¿Curarse en salud de qué? Pues de que no les denuncies si a ti te pasa algo.
Si dos neurocirujanos consideran que el peligro es nulo o insignificante, ¿por qué se desoye su opinión y se impone una sola posibilidad: parir por cesárea? Esta fue la pregunta que me hice ese día.
Pero volviendo a la situación que comentaba al principio, cuando la doctora leyó el informe del neurocirujano decidió unilateralmente que lo mejor era planificar una cesárea. Traté de explicarle la conversación que tuve con el neurocirujano, pero ella se limitó a leer lo que aparecía en su ordenador: puede ser parto vaginal pero para quedarnos más tranquilos se podría plantear una cesárea.
Para ella no había ninguna duda, la tranquilidad es lo primero.
Al ver mi disconformidad con la decisión que ella y sólo ella había tomado sin tener en cuenta al paciente, trató de convencerme con el argumento del miedo. Me llamó irresponsable por querer un parto vaginal, me sentí como si tuviese quince años y mi madre me estuviese sermoneando.
¿Por qué algunos profesionales de la salud se empeñan en tratar a las mujeres como menores de edad? El colmo llegó cuando dijo que era lo mejor para los dos.
¡Y una mierda! Es lo mejor para tu hospital porque os quitáis de complicaciones y podéis seguir asistiendo partos como churros. Por supuesto, esta doctora no pensaba ni en mí ni en mi hijo.
Llegados a este punto, más de una pensará que soy yo la que estoy equivocada y realmente esa doctora actuaba intentando minimizar riesgos. Sin embargo, una breve reunión de unos diez minutos entre las partes implicadas habría solucionado el problema, es decir, una conversación entre el neurocirujano, la ginecóloga y una matrona. ¿Por qué algo tan razonable como esto es imposible en la sanidad de este país?
El neurocirujano les habría explicado en qué consistió mi operación y cuál es mi estado actual. Porque otro de los inconvenientes es que esa doctora no había oído hablar de lo que era un Arnold Chiari, ni tenía idea de la intervención que yo había sufrido. Sin esa información creo que es muy difícil hacer una valoración de riesgos.
Me pregunto por qué no se me da la opción de negociar o al menos dejar la decisión en suspenso. ¿Por qué se impone una decisión unilateral sin la aprobación de la parte implicada más importante? Supongo que porque en el fondo algunos doctores tienen muy poco respeto por el paciente, creen que no tenemos ni voz ni voto y por supuesto venimos a complicarles la mañana. Afortunadamente son una minoría, me he encontrado en mi vida con médicos maravillosos que sí escuchan.
Añadiendo un capítulo más a esta historia, cuando le pedí una copia de la analítica que me había hecho se negó a dármela diciéndome que era política del hospital y digo yo, ¿Es que no tengo derecho a disponer de mis resultados? Le indiqué que como mi pareja no había podido acudir, quería que los viera. Y entonces me soltó:
– ¿Es tu pareja médico?
– No, claro que no.
– Entonces no sé para qué los quiere, no los va a entender.
Lo que me pareció un insulto a la inteligencia, no hay que ser un erudito para comprender los datos que aparecen en una analítica. Lo que más me enfadó fue el desprecio y la soberbia con la que me trató. Desde luego de ninguna de las maneras quería volver a encontrarme con esta mujer y menos el día del parto. Así que según salí de allí decidí cambiarme de hospital.
Esa decisión me costó un enfado con parte de mi entorno que no entendía porqué me cambiaba a otro hospital pudiendo hacerlo en uno de los más prestigiosos. Eso no lo dudo, pero intervencionista es un rato. De hecho mi madre estuvo enfadada conmigo durante semanas. Por supuesto, tampoco comprendían mi empeño en parir por mí misma, pues si los médicos han dicho cesárea, pues tendrá que ser cesárea.
Sin embargo, el parto es nuestro y nada ni nadie puede imponer, que no sugerir, como debería ser. No sabía cómo sería mi parto, pero si sabía lo que no deseaba, que ya es mucho. Y yo quería por encima de todo, un parto lo menos instrumentalizado posible y por supuesto que no fuese una cesárea.
Si quieres saber como acaba esta historia pásate por el post Mi parto inducido.
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por Rosa Martínez Marán | Nov 30, 2015 | Maternidad y Crianza Sostenible
¿Y quién puede hacer una afirmación tan categórica como esta? Pues aunque os sorprenda, casi todos los ginecólogos con los que me encontré en mi camino.
Por diversas razones pospuse la maternidad durante años. La principal razón: tenía miedo de que llegado ese momento no pudiera verdaderamente tenerlos. Porque durante mucho tiempo pensé que no podría. Supongo que todas las voces que escuché después no eran más que una proyección más de mi voz y de mis miedos. Claro que éstos tampoco eran infundados.
Explico por qué: en 2005 fui diagnóstica de un Arnold Chiari de tipo I. La enfermedad se presentó de repente dispuesta a quedarse y a limitar mi calidad de vida. Mi deterioro iba tan en aumento que fui operada en febrero de 2006. Fue un antes y un después porque pude ir recuperando poco a poco mi vida.
Sin embargo me quedaba dos dudas: si podría concebir un hijo sano que no tuviese la enfermedad y si podría parir, ya que no podía aumentarme la presión intracraneal debido a la patología. Así que dejé los propósitos de ser madre para el futuro. Pero el futuro llegó.
Cuando mi pareja y yo empezamos a plantearnos tener hijos surgió el inconveniente de que mis hormonas se hallaban un tanto alteradas. Primero fue la prolactina que subió sin razón aparente. Más tarde aparecieron dos quistes en el ovario izquierdo y un mioma en el útero, vamos aquello parecía una fiesta. Luego llegó la FSH en valores muy altos.
La ginecóloga que me estaba tratando por lo privado desde hace años me planteó la imposibilidad de tener hijos con estos parámetros. Su consejo fue directo: intentad entrar en el programa de fertilidad de la sanidad pública. De forma paralela, en la revisión anual de mi enfermedad plantee mis dudas a mi neurocirujano, el cual me tranquilizó en todos los sentidos: la patología no podía trasmitirse al niño. Sobre si podría dar o no a luz de forma natural tampoco encontraba ningún inconveniente. Fue un gran alivio, sólo nos quedaba esperar la ansiada cita.
Tras más de un año y medio de espera nos atendieron e hicieron las pruebas pertinentes. De nuevo el diagnóstico era preocupante, mis hormonas seguían alteradas y mi reserva ovárica estaba disminuida. Nos propusieron directamente fecundación in vitro. Y, palabras textuales de la ginecóloga que nos atendió: «ya veremos si cuaja«.
Vamos, que esperanzas ninguna. De hecho cuando fuimos a firmar el consentimiento en verano de 2014 el médico que nos atendió me recetó directamente anticonceptivos, que por cierto, nunca me tomé. He de decir en su defensa que yo le comenté que me dolían mucho los ovarios y supongo que pensó que como el embarazo era imposible para qué hacerme sufrir hasta que empezáramos el proceso. Se suponía que nos llamaban en, aproximadamente, seis meses.
Sin embargo, en septiembre tuve una falta, la prueba de embarazo no arrojaba ninguna duda. Contra todo pronóstico y las estadísticas: estábamos embarazados.
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