La maternidad idealizada: el mito de la madre feliz y el nirvana

La maternidad idealizada: el mito de la madre feliz y el nirvana

El mito de la madre feliz es uno de los grandes mitos de nuestra cultura y sociedad. Maternidad y felicidad parecen ser un binomio perfecto, por lo que cualquier fisura es vivida con auténtica angustia vital.

Si prefieres escuchar en vez de leer aquí tienes el Podcast del post 🙂

Desde que te conviertes en madre tienes que ser feliz sí o sí, cueste lo que cueste, aunque tengas que negar tus sentimientos no vaya a ser que resulten ofensivos a otras personas. Como si la felicidad en la maternidad fuese un estado autoimpuesto u obligado. ¿Pero de qué trata?

¿En qué consiste el mito de la madre feliz?

Se corresponde con esa imagen bucólica e irreal de la madre abnegada y voluntariosa que nunca se enfada  y que impenitente exhibe una eterna sonrisa mientras sus hijos ahogan al gato en la bañera.

Es la imagen de la maternidad sofisticada y glamurosa que se nos vende en la televisión, en la publicidad y en algunas cuentas de Instagram. Esas madres de halo angelical y ropa impoluta, sin ojeras, delgadísimas y con un estilismo fruto de horas de maquillaje y mucho amor propio.

También se identifica con la imagen de la maternidad plácida y serena que se materializa en la embarazada descansada e ideal, que en el sumun de la felicidad acaricia su abultada barriga desde un estado que raya con el nirvana.

La maternidad idealizada

Todas estas imágenes tienen en común que son más propias del imaginario colectivo que de la realidad. Destacan por la idealización de la maternidad como un fin en sí mismo y no como un proceso que dura toda una vida.

Cuando los focos se apagan se impone la dura realidad, la maternidad no es fácil y no está exenta de esfuerzo y sacrificio. Aprendes a ser madre sin ensayo y sin red. Debes aprenderlo todo sobre la marcha, muchas veces, con un enorme ruido a tu alrededor personificado en comentarios y consejos que no has pedido y que lejos de ayudarte te generan aún más inseguridad. En el post La maternidad: viaje al corazón de las tinieblas, abordaba la ambivalencia de nuestros sentimientos, cómo la maternidad saca lo peor y lo mejor de nosotras mismas.

¿Cómo tengo que sentirme?

Ya te dicen desde el embarazo como te tienes que sentir, que es lo que se espera de ti. Existe un único discurso y quién se sale de él se convierte en  blanco de las críticas por parte de su entorno.

Para las que hemos pasado por un embarazo no idílico al malestar físico se une el malestar psicológico, ya que acabas sintiéndote culpable por no sentir lo que se supone que tienes que sentir en ese momento: una felicidad loca. Cuando vas arrastrándote por el mundo porque no puedes con tu alma lo que sientes precisamente no es felicidad sino desesperación.

Ese síndrome de culpabilidad lo arrastraremos hasta el parto. Que tampoco se te ocurra quejarte mucho que, al fin al cabo, solo es un rato. Cómo te sientes después de parir y las secuelas temporales que haya podido dejar en ti, a las visitas les importa bastante poco. Y ojo, no des detalles escabrosos que más de una se puede escandalizar. “No son temas para hablar en la sobremesa”. Sin embargo tú necesitas expresarlo y esa falta de empatía puede hacerte sentir aún peor.

La crianza los primeros meses puede llevarnos a un estado de agotamiento extremo. Es el momento en que surgen todas las dudas y los interrogantes a los que se enfrenta cualquier madre puérpera con las hormonas absolutamente alteradas.

Recuerdo con absoluta nitidez el día que dieron el alta a nuestro Vikingo en neonatos. La felicidad por tenerle a nuestro lado se mezclaba con una sensación de pánico. En el coche camino de casa no paraba de mirarlo y de preguntarme “¿Y ahora qué?

¿Qué es la  felicidad?

Según la RAE es un estado de grata satisfacción espiritual y física. Una satisfacción a la que todo el mundo aspira y de la que no paran de hablarnos a todas horas en la publicidad. La mayor parte de las veces es para vendernos algo que no necesitamos en absoluto pero que calma nuestra sed de bienestar.

Nos prometen que lograremos el unicornio dorado y la felicidad definitiva con un maravilloso curso de autoayuda o con un libro que hará que nuestro hijo duerma durante toda la noche. La mayor parte de las veces nos venden una felicidad falsa y edulcorada, a la que por mucho que aspiremos no alcanzaremos jamás, porque no existe.

Sin embargo, la felicidad es un concepto escurridizo e incomprensible porque cada una de nosotras tenemos una idea diferente de lo que es la felicidad. Y se trata de una idea absolutamente personal e intransferible: lo que a ti te hace feliz a otra madre pueda hacerla sentir incómoda y viceversa.

¿En qué basamos nuestra felicidad?

¿En qué basamos nuestra felicidad? Algunas personas en tener o acumular más cosas, eso da la seguridad que proporcionan los objetos pero poco más. Cuanto más tenemos más infelices nos sentimos porque estrenar un bolso cada semana no nos hace más felices solo nos deja con veinte euros menos en el bolsillo. La historia está llena de personas que tuvieron todo lo material pero que fueron profundamente infelices.

Otros basan su felicidad en disfrutar de la vida pero no nos engañemos las facturas no se pagan solas y en el añorado camino del hedonismo también hay que asumir obligaciones. Sí, también el gurú de turno que aparece tumbado plácidamente en la tumbona trabaja pero eso no queda tan bien la foto.

Es muy común que basemos nuestra felicidad en los otros. Cuando no eres madre en complacer a tu pareja y cuando tienes hijos en complacerlos a ellos. Nos equivocamos al basar nuestra felicidad en los demás cuando ser felices depende únicamente de nosotras. La felicidad está en nuestro interior.

El error de proyectar nuestros deseos

Cometemos el error de proyectar nuestros deseos insatisfechos y nuestros anhelos más profundos en nuestros pequeños.

Nuestra felicidad personal se transfiere a esa personita en la que ponemos nuestras esperanzas, que vaya a un buen colegio, si es de pago y se codea con la alta sociedad tanto mejor. Quizás algún día llegue a ministro o a embajador o sino que estudie lo de su padre y se gane la vida.

En el camino se nos olvida que nuestro hijo aunque lo hayamos gestado durante 9 meses es un ser independiente y libre con sus deseos personales y preferencias. Sin embargo, nos ciega el amor y queremos que tengan los mismos intereses que nosotros en pos de esa felicidad idealizada.

Posiblemente amas la música y siempre soñaste con ser pianista, pero ese es tu deseo. Si tu hija estudia música te sentirás feliz aunque tal vez no le interese realmente y lo que le guste sea el ballet o el ajedrez. Si lo hace por complacerte es muy posible que acabe aborreciendo la música. Por no hablar de la enseñanza que le hemos proporcionado: niega tus sentimientos y tus deseos por complacer a otros. Dudo mucho que sea esto lo que realmente quieres transmitirle.

El camino de la felicidad

¿Entonces cuál es el camino hacia la felicidad? La reflexión y el autoconocomiento.

Sí, ya lo sé. No tienes ni cinco minutos. Quizás ese sea el problema: no tener ni cinco minutos para reflexionar y para conectar con nosotras mismas. Si eso no lo logramos, difícilmente conectaremos con nuestros hijos y podremos ofrecerles esa seguridad y ese afecto que demandan y que necesitan.

¿Qué es lo que te genera malestar? ¿Qué te impide disfrutar del momento? Posiblemente sean una serie de ideas erróneas sobre que es la felicidad o la maternidad las que estén minando tu confianza. Somos seres únicos y vivimos conforme a nuestras vivencias y deseos. Cuando no lo hacemos, cuando no escuchamos nuestro interior y se imponen las voces de otros, entramos en conflicto.

La felicidad no es absoluta ni es un estado permanente. La felicidad es un estado continuo que puede alargarse más o menos en el tiempo según las circunstancias a las que nos enfrentamos.

Nuestros hijos van a generar problemas, contratiempos o disgustos, es parte de la vida. Lo importante es cómo nos enfrentemos a ellos y la enseñanza que padres e hijos saquemos de esa vivencia. Esa es la única forma de crecer y de evolucionar juntos.

Aceptación sin reservas

Si deseas alcanzar la felicidad siendo madre olvida las expectativas que tenías y mira a tu hijo como si no le hubieras visto nunca. No con los ojos de tus deseos sino como es. Sin juzgar, sin opinar, sin valorar. Míralo a los ojos y acéptalo incondicionalmente y sin reservas.

Este es el camino a la felicidad: la aceptación sin bagajes. Con sus defectos y sus virtudes. Aunque haya sacado tu cabezonería o tu timidez. O tenga esa manía que heredó de su padre que a tu personalmente no soportas.

Ser madre es aceptar a tu hijo y reconciliarte contigo misma. Sí, he dicho reconciliarte. Reconciliarte con la madre que querías ser, con la que fuiste y con la que eres.

Todas son importantes y todas ellas te hacen más humana y más sabia. Así que vamos a practicar el autoconocimiento y vamos a crecer acompañadas de nuestros pequeños. Nuestros hijos pueden ser grandes maestros que nos obliguen a enfrentarnos a nuestros miedos.

La maternidad y el autoconocimiento

Como ves ser madre no es alcanzar el nirvana sino iniciar un viaje hacia el autoconocimiento. En el proceso vas a descubrir cosas de ti que no sabías como que la paciencia se entrena y que puede ser infinita cuando se trata de tus hijos. Aprenderás a esperar y a no dar nada por supuesto. Los niños siempre te sorprenden.

Observaras como determinadas actitudes y situaciones te sacan de quicio y aprenderás a gestionarla a base de mano izquierda. Mirarás a tu hijo y sabrás lo que viene después o lo que ha pasado, a veces, una simple mirada puede ser esclarecedora. Pero para todo ello necesitas amar y aceptar de forma incondicional y desechar tus ideas preconcebidas.

Creeme serás más feliz si asumes que tendrás subidas y bajadas que en ocasiones la maternidad será alcanzar el nirvana y en nosotras morirte de la desesperación. Te reirás de ti misma y de tus ideas del pasado y abrazarás el amor sin excusas e incondicionalmente. Al igual que tú amas a tu hijo de forma incondicional él te amará de la misma forma.

Recuerda todos los días que tú y solo tú eres la persona más importante de su vida, demuéstrale que él también lo es. El matiz está en demostrar, en querer y en aceptar.

No queremos vivir una maternidad idealizada, ni queremos tener hijos idealizados. Queremos ser madres felices, con hijos felices con los que vivir y crecer en armonía.

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