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Crónica de una hipoglucemia neonatal 2ª parte

Por fin puedo compartir con vosotr@s la segunda parte del post. Os cuento el desenlace del ingreso en neonatos del peque y nuestra absoluta desesperación ante la concatenación de los acontecimientos.

Si te perdiste la primera parte, puedes leerla aquí. Tal y como os contaba en la anterior entrega, mi pequeño había dejado de respirar a los pocos minutos de nacer y se lo habían llevado a la unidad de neonatos. Desinformados y muy cansados nos fuimos a dormir a medianoche con la esperanza de recuperar pronto a nuestro pequeño.

PRIMEROS DÍAS

Al día siguiente volvimos a primera hora y sufrimos un nuevo sobresalto. Nuestro peque tenía una sonda gástrica conectada. Nuestro desanimo y desconcierto iba en aumento. 

Volvimos a pedir información, ante una nuestra insistencia, una pediatra de guardia se tomó la molestia de leerse el expediente y sacarnos de la desinformación. Era domingo al mediodía, habían pasado 24 horas

Según el informe estaba allí por una hipoglucemia. Aunque había sido ingresado por la apnea, al revisar sus niveles de glucosa había descubierto que eran bastante bajos, así que habían puesto en marcha el protocolo para esta situación. El protocolo consistía en alimentarlo con leche de fórmula inmediatamente.

El problema era que el pequeño había vomitado parte de la leche, su cuerpo no la había tolerado bien. Por supuesto, eso había puesto en marcha otro protocolo nuevo. Era pertinente hacerle nuevas pruebas por si tenía algún problema digestivo que hubiese provocado la intolerancia. Todo esto suponía dejarle ingresado como mínimo un día más.

Llegados a este punto voy a explicar brevemente en qué consiste la hipoglucemia neonatal. Una hipoglucemia es un descenso de la cantidad de glucosa en sangre. Según un informe de la Asociación Nacional de Pediatría se produce cuando falla el proceso normal de adaptación metabólica después del nacimiento.

La incidencia de hipoglucemia en recién nacidos es mayor que en otros momentos de la vida de una persona, precisamente por ser un período crítico. Además si el bebé es prematuro o un CIR (como era nuestro caso) la incidencia es aún mayor. Se estima que tienen unos depósitos de glucógeno en el hígado deficientes, es decir, tiene pocas reservas para adaptarse a la vida fuera del útero.

Por supuesto, esto lo desconocíamos y tampoco nadie se tomo la molestia de contárnoslos.

Nos dejaron bastante preocupados, la salud de nuestro hijo se complicaba por momentos. Pregunté si podía ofrecerle el pecho y la respuesta fue afirmativa. Podía iniciar la lactancia cuando quisiera. Sin embargo, en esas 24 horas no había recibido ni una sola directriz: nadie me había dicho que si el bebé no estimulaba el pecho yo debería hacerlo con un sacaleches.

En mi ignorancia informada estaba convencida de que la leche subiría por sí sola. Y por supuesto, no subió (Mis dificultades con la lactancia las abordaré en otro post).

La sala de neonatos estaba muy llena ese domingo. Fue entonces cuando me percaté de que otras mamás se estimulaban el pecho con un sacaleches y yo también comencé a hacerlo. Nadie me dijo que tenía que hacer ni con que frecuencia. Simplemente me limite a imitar a las otras mamás que estaban en la unidad. Por supuesto, no salió nada. Ni una gota.

En teoría la unidad de neonatos estaba abierta las 24 horas del día, en la práctica no eras bienvenida a cualquiera hora. De hecho, nos informaron de los horarios puntualmente. Las horas venían marcadas por la obsoleta medida de las tres horas. Así es como se alimentaba en la unidad de neonatos: no a demanda. Molestabas si te quedabas más tiempo del que ellos consideran prudencial.

Las recomendaciones en la unidad eran constantes: “déjale descansar”, “ya habrá tiempo para cogerle”, “no le despiertes”, “no alargues la toma que se le junta con la otra” y un largo etcécera de atropellos. Siempre había una enfermera dispuesta a dar un consejo que no habías pedido. Nos trataban a las mamás como a niñas jugando con muñecas, como si nuestros hijos no nos perteneciesen y ellas tuviesen la capacidad de decidir.

Permanecíamos en la unidad de neonatos todo el tiempo que podíamos. Mi peque apenas lloraba y si lo hacía en cuanto escuchaba mi voz se callaba y entraba en un dulce sueño. Se dormía plácidamente y se acurrucaba en mi pecho cuando le tomaba en los brazos. Y yo le hablaba como hice siempre, le decía que le quería, que pronto nos iríamos a casa.  Procuraba alargar el piel con piel pero cuando el resto de mamás se iban a mí también me invitaban a marcharme.

Cada mañana despertaba con la ilusión de tener a mi peque por fin a mi lado, pero de nuevo, nos llevábamos otra decepción. La distancia de apenas unos metros había frustrado nuestras ilusiones, nuestros planes. La imagen idílica de familia disfrutando de nuestros primeros días juntos se esfumó, se quedó solo en un deseo.

La realidad era muy distinta. No me despertaba mi bebé en la noche llorando, no podía abrir los ojos y verle, no siempre podía cambiarle el pañal si lo necesitaba, no podía besarle ni acariciarle cuando yo quisiera.  NO. Estaba en una sala rodeado de otros bebés y lejos de nosotros, sus padres.

Nos sentíamos abatidos e impotentes aunque nos repetíamos que era por su bien. Yo apenas  empezaba a tener calostro, habían pasado 48 horas. Por supuesto, lo que salían eran solo gotas, mi calostro no era suficiente para alimentar a mi bebé. Aunque yo le ponía al pecho, él era incapaz de engancharse. Así que tocaba suplementarlo con leche artificial. Estaba furiosa, era lo no queríamos de ninguna de las maneras.

La situación me generaba una gran frustración y un gran sentimiento de culpabilidad, ¿Por qué no era capaz de darle el pecho a mi pequeño?  Por supuesto, nadie fue capaz de detectar lo que pasaba, pero consejos y manipulaciones innecesarias me llevé bastantes de propina.

El lunes fueron retirando cables. Aunque su alta no era inminente la mía si lo era. Sin embargo, al detectarme una anemia en un control rutinario decidieron dejarme ingresada un día más. Me alegré enormemente porque no quería irme a casa sin él. Además existía la posibilidad de que el peque recibiese también el alta entonces.

Sin embargo, cuando parecía que la hipoglucemia estaba solucionada empezaron a amenazar con dejarle más tiempo ingresado si subía la bilirrubina. Para entonces estábamos ya desesperados.

LA DESPEDIDA

El martes yo recibí el alta pero mi pequeño se quedó ingresado. La idea era tenerle un día más en la unidad y el miércoles darle el alta si todo iba bien. Me inquietaba enormemente escuchar ese “todo bien”, me había hartado de escucharlo los últimos días y el alta parecía que no llegaba.

Teníamos que irnos a casa y a mí se me rompía del corazón por tener que irme sin él. Todo el arrojo y la presencia de ánimo que había demostrado se esfumó. Una cosa era tener a mi hijo a solo unos metros ingresado y otra muy distinta poner 60 kilómetros de distancia entre él y yo.

Fuimos a despedirnos de él y me rompí. Ya no pude contener las lágrimas, lloraba sin consuelo.

Todavía hoy casi dos años después no puedo evitar llorar al recordarlo. Me rodearon las enfermeras, el personal de la unidad y mi pareja, no había forma humana de consolarme. Nada podía aliviar mi pena.

Cogí a mi hijo en brazos. Le besé, le abracé, le dijo que le quería, que le queríamos muchísimo y que al día siguiente estaríamos de nuevo allí junto a él, que nos iríamos a casa. Mi pareja tuvo que sacarme a rastras de allí, teníamos que irnos.

Nos fuimos con nuestra pena enorme, con el corazón roto pero con la esperanza del alta al día siguiente. De camino en el coche seguí llorando. El momento de llegar a casa fue uno de los más tristes. Había imaginado tantas veces ese momento: entraríamos en casa, nuestros gatitos se acercarían, les presentaríamos al nuevo miembro de la familia y empezaríamos nuestra nueva vida.

Sin embargo volvimos solos y derrotados, con las manos vacías. Aún se me llenan los ojos de lagrimas al recordarlo.

Sin embargo, había que mitigar la impotencia haciendo algo que no fuese llorar. Así al día siguiente fuimos al registro civil a primera hora aunque antes dejamos la poquita leche que había conseguido sacarme en el hospital.

La nota divertida la puso mi madre cuando me llamó a primera hora para aconsejarme que le pusiésemos al niño un nombre compuesto. Tema que le quitaba el sueño desde hacía meses. El nombre le daba igual, el nombre de mi padre, el de mi suegro o el de mi chico…Al final le dije de broma que le habíamos registrado como G de los desamparados.

EL DESENLACE

Y finalmente volvimos al hospital y nos dijeron aquello que deseábamos escuchar desde hacía cuatro días: podíamos irnos a casa.

No podíamos ser más felices. Y nos montamos en el coche y de camino no paraba de preguntarme, “¿y ahora qué?”

No había pasado un solo minuto con mi hijo a solas, apenas nos conocíamos, las dudas se acumulaban en mi cabeza, ¿podría darle el pecho? ¿Sabría atenderle? ¿Volvería a sufrir una apnea? ¿Sería una buena madre? (En adelante aborrecería ese concepto)

Fue entonces cuando fui consciente de mi nueva situación y me sentí por primera vez  MAMÁ. Esta fue nuestra experiencia en neonatos aunque a esta historia aún le faltan algunos capítulos por escribir. ¿Me acompañas?

Me encantaría contar contigo en mi recién estrenada Comunidad Mujeres y Madres Sostenibles. ¿Te unes a nosotras?

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