por Rosa Martínez Marán | Feb 23, 2017 | Maternidad y Crianza Sostenible
El post de hoy es muy personal, tanto que he tardado casi dos años en publicarlo. El detonante ha sido una consulta que me llegó esta semana.
Una mamá me escribió porque necesitaba conocer mi experiencia, ya que su pequeña también era un CIR. Resultó que nuestras historias eran muy similares y ella necesitaba saber cómo había sido mi experiencia. Así que este post va con dedicatoria: para ti Paloma.
Relatar esta vivencia tan dolorosa ha sido muy difícil, os pido paciencia, he necesitado extenderme mucho así que el post está dividido en dos partes. Hoy os dejo la primera entrega. Se trata de remover algo que para mí tiene una gran carga emocional. Pero es el momento de dejar fluir y de compartir esta historia con la esperanza de ayudar a otras madres en ese trance tan difícil de pasar los primeros días de vida de su hijo separadas de él.
Mi parto fue un parto inducido en la semana 36+5. Las que habéis seguido mi historia sabéis que la inducción planeaba desde que diagnosticaron a mi bebé como un CIR. Si tenéis curiosidad por conocer cómo fue el parto os dejo las dos entradas donde lo cuento: Mi parte Inducido: parte 1. y Mi parto inducido: el desenlace.
Mi peque no crecía, había sido diagnosticado como un CIR de tercer trimestre. Para quien no sepa que es un CIR se trata de la disminución patológica del ritmo de crecimiento del feto mientras se desarrolla dentro del útero. En el post Mi peque, un CIR puedes encontrar más información.
Cuando te plantean una inducción al parto te mentalizas de ir preparada para todo. Sabes que el parto será largo y doloroso, que es muy posible que acabe en una cesárea o en una intervención de urgencia. Pilar, mi matrona, siempre dice que cuanto más tiempo en el hospital, más tiempo les das para que se les ocurran ideas. Y bueno, esas ideas suponen una intervención tras otra.
No era el parto que quería ni el que había soñado pero lo afronté de la mejor manera posible porque piensas que todo termina con tu hijo en brazos. Con el piel con piel soñado. Has visualizado esa imagen, está en tu mente. Eso te anima a sobrellevar el trabajo de parto. Solo es un rato y podrás disfrutar de tu tesoro. De ese ser que ha crecido dentro de ti y al que por fin pondrás cara, al que podrás abrazar. Empieza tu aventura como madre.
Tras casi treinta horas de parto mi hijo nació con fórceps, maniobra de Kristeller incluida en el pack de la inducción. Una de las cosas que recordaré siempre es que mi bebé no lloraba. Tardó unos segundos en respirar, segundos que para mí fueron interminables. El papá que estaba a mi lado trataba de tranquilizarme. Pero yo solo podía repetir: ¡no llora!, ¡no llora!.
Pasado el susto y una vez que comprobaron que todo estaba bien pude conocer a mi pequeño. El momento más importante de mi vida. Mi pareja me cuenta que me lo enseñaron nada más nacer pero yo no recuerdo esa imagen. No sé por qué no se grabó en mi mente, quizás porque estaba demasiado aturdida y cansada.
Una vez le tuve entre mis brazos enseguida le ofrecí el pecho y mi felicidad fue máxima. Por fin éramos una familia.
Nadie esperaba en la sala de espera porque yo había decidido no avisar a la familia de la inducción. Teníamos todo el tiempo del mundo para conocernos, o al menos, eso creía yo.
Si había tomado la decisión de no informar de la inducción era porque deseaba tranquilidad, no quería subir a planta y encontrarme la habitación llena de gente. Necesitábamos intimidad. Queríamos disfrutar de nuestras primeras horas juntos como familia. Era nuestra elección.
Pero el hombre propone y Dios dispone. La maravillosa estampa familiar se quebró pocos minutos después. Mi pequeño dejó de respirar. Literalmente, se puso azul. Habían pasado solo diez minutos.
Llamamos corriendo y la sala en un momento se llenó de médicos, y enfermeras mientras nos mirábamos llenos de angustia. Parecía que recuperaba la respiración. Uno de los enfermeros que me había asistido en el parto nos dio una posible explicación: era un signo de sufrimiento fetal. En vez de dentro del útero lo había sufrido fuera.
El expulsivo se había complicado mucho, el bebé no tenía fuerza para bajar por el canal del parto y empezaba a estar fatigado. Así que intervinieron de urgencia porque temían por su bienestar fetal
El enfermero también nos dijo que era frecuente que los bebés prematuros dejasen de respirar, era como si olvidasen hacerlo.
Debemos recordar que hasta el nacimiento el feto recibe el oxígeno a través de la sangre que le llega del cordón umbilical. No debe hacer ningún esfuerzo por respirar. Al nacer el bebé debe realizar una primera inspiración, pero algunos bebés ya sea por ser prematuros, por una inmadurez en los pulmones o por sufrimiento fetal no logran hacerla correctamente. Posiblemente por esa razón mi peque tardó tanto tiempo en respirar. El test apgar así lo confirma, pero eso nadie nos lo explicó. Lo leímos después en el informe del hospital.
Aunque parecía que se recuperaba decidieron subirlo a neonatos y hacerle una exploración más exhaustiva. Entre otros parámetros necesitaban medir su nivel de glucosa en sangre.
Entonces se lo llevaron.
El papá fue tras él, así lo acordamos, no quería que le perdiésemos de vista. Yo me quedé sola y recién parida en aquella habitación inmensa y fría, ajena a lo que estaba ocurriendo con mi bebé una planta más arriba. Estaba asustada, ¿y si dejaba otra vez de respirar?
Pero en esta vida siempre hay gente buena que aparece en los momentos más insospechados, como un ángel que te ilumina. Una auxiliar se quedó a mi lado, consolándome. Me ayudó a encontrar mi móvil, así al menos, estaba conectada con el papá. Trató de entretenerme, me dio conversación, fue amable. Es algo que no olvidaré nunca y de lo que le estaré toda la vida agradecida.
Los minutos pasaban y seguía sin tener noticias de mi pequeño, minutos en los que todo pasa por tu cabeza. En los que te pones en lo peor. Temí perder a mi bebé recién nacido, no quería pensarlo pero era inevitable. ¿Por qué nadie me decía nada?
Menos mal que al rato mi pareja me mandó una fotografía de mi peque. Estaba en observación en neonatos. Pude respirar más tranquila aunque solo deseaba estar con él. Tras un tiempo prudencial me subieron a planta aunque casi no podía moverme, la epidural me había hecho tanto efecto que no podía mover las piernas.
Una vez que estuve arriba el estrenado papá trató de explicarme lo que pasaba: aunque enseguida había vuelto a respirar creían que era mejor observarle, por si había algún problema respiratorio que no se hubiese detectado al nacer. Está ingresado en neonatos en observación. Si todo iba bien en un rato nos lo traerían a la habitación.
El rato se convirtió en cuatro interminables días. Aquello que no deseaba que pasase, pasó.
Meses antes me había cambiado de hospital porque me negaba a que me programasen una cesárea en la semana veinte. Una de las razones en las que basaba mi decisión era que no quería separarme de mi hijo durante el tiempo de reanimación. Quería hacer el piel con piel con mi bebé al nacer. Sabía que en ese hospital por protocolo no se permitía al bebé estar con la madre en la sala de reanimación.
¿Por qué era tan importante para mí?
Durante las dos primeras horas de vida se abre lo que se conoce como período sensitivo. El bebé es capaz de reconocer a su madre si está en contacto con su piel. Ese contacto ayuda a estabilizar la temperatura corporal del bebé, a establecer un vínculo afectivo con la madre y contribuye al desarrollo de la lactancia.
Uno de mis deseos era darle el pecho a mi pequeño y había leído que si el bebé se enganchaba al pecho durante esas primeras horas la lactancia tenía más posibilidades de instaurarse con éxito. Sin embargo, el piel con piel duró diez minutos. El poco tiempo que compartimos al nacer. Cuando me subieron a planta y pude volver a verle el período sensitivo ya había pasado.
Me había informado tanto que no estaba preparada para una situación que no encajase dentro de lo que había leído. En las maravillosas guías que había manejado no se contemplaba la posibilidad de que tu hijo fuese separado de ti sus cuatro primeros días de vida.
Toda la información que tenía fue inútil, sabía lo que tenía que hacer si todo iba bien. Sin embargo, no tenía información sobre qué hacer si las cosas van mal. ¿Qué hacer si la situación no es la que esperas? De eso nadie te habla, para eso nadie te prepara.
La bofetada te las llevas directamente sin miramientos y en frío.
En cuanto me encontré un poquito mejor fuimos a la sala de neonatos, yo aún iba en silla de ruedas, seguía sin poder mover las piernas. Era sábado por la tarde y allí no había nadie que pudiese informarnos de que pasaba. Tan solo nos dijeron que había sufrido una hipoglucemia. Por ello, debía quedarse hasta el día siguiente en la unidad.
Yo quería tomarlo en mis brazos, ofrecerle el pecho. Estaba ansiosa por iniciar la lactancia. Pero me dijeron que no, que debía descansar. Le habían dado leche de fórmula enseguida para corregir la hipoglucemia, y debíamos esperar.
Decisión tomada sin consultarnos. No voy a entrar en si la decisión era adecuado o no porque no soy médico. Pero al menos merecíamos ser informados de ello. Todo esto en un hospital supuestamente amigo de los niños según la OMS.
Nos acercamos a la cuna. Mi peque dormía plácidamente en una cunita diminuta, tan diminuta como lo era él. Deseaba abrazarlo, besarlo, estrecharle entre mis brazos y decirle lo mucho que lo quería. Pero apenas pude hacerlo, según las enfermeras había que dejarlo tranquilo. Velamos su sueño y al rato nos marchamos, estorbábamos allí.
Hoy vivo la escena y me indigno de nuevo. Me enfado conmigo misma por no haber opuesto resistencia. Por no haberme quedado allí a su lado, me costó meses perdonarme. Pero estaba muy cansada, débil, después de tantas horas de parto, me dolía todo el cuerpo y nos sentíamos perdidos ante aquel giro inesperado. No estábamos preparados para este escenario que en nada se parecía al que habíamos planeado.
Volvimos a la habitación por un rato, una habitación en la que todo estaba preparado para recibir un bebé que no estaba. Ver la cuna vacía fue demoledor. Se nos cayó el alma a los pies. Solo queríamos tener a nuestro peque con nosotros y empezaba a hacerse dura la espera.
Descansamos un rato y volvimos. Nos dimos un nuevo susto. Tenía una vía conectada a su bracito y una serie de monitores que chequeaban todo el tiempo sus constantes vitales. De nuevo no entendíamos nada.
Preguntamos de nuevo y no supieron decirnos el porqué. Me prohibieron la lactancia hasta el día siguiente, hasta determinar su evolución. La persona que dio esta orden manejaba información desactualizada, ya que desde hace algunos años se estima que la leche materna es lo mejor para alimentar a los bebés con niveles de glucosa bajos.
Pero en aquel momento eso no lo sabía y cumplí con las indicaciones médicas. Tomé a mi peque en brazos, lo besé, lo hablé como siempre había hecho pero no le ofrecí el pecho. Nos marchamos a medianoche con la esperanza de tenerle a nuestro lado al día siguiente.
Ese fue nuestro primer día en neonatos: sin piel con piel, sin lactancia y sin apenas presencia materna. Se me rompe el corazón al pensar que no pudimos estar juntos en sus primeros días de vida. Sufro al pensar lo desorientado que debió sentirse ante un mundo nuevo y desconocido sin el cálido regazo de su madre.
Este fue solo el primer día, nos esperaban otros tres días llenos de sobresaltos y sinsabores. Pero para eso habrá que esperar al próximo jueves.
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Queremos conocerte y que te unas a nosotras, ¿estás preparada para la crianza que cambia el mundo?
por Rosa Martínez Marán | Feb 9, 2017 | Maternidad y Crianza Sostenible
Ya eres madre, enhorabuena. Has conseguido tu más preciado deseo. Tienes a tu pequeño en brazos y te preguntas si puedes ser más feliz. Es muy probable que nada pueda ser comparable a esa experiencia.
Sin embargo, nadie te ha contado que ser madre es el trabajo más duro que vas a realizar nunca, que no tendrás vacaciones ni días de descanso ni podrás despedirte del cargo cuando las cosas se pongan feas. Que no vas a poder salir corriendo y que es un hecho irreversible.
Y lo más importante: te va a enfrentar a lo mejor y a lo peor de ti misma.
¿Estás preparada?
Si somos sinceras, la mayoría no lo estamos.
No somos conscientes de la enorme responsabilidad que supone traer un hijo al mundo. Si reflexionásemos más sobre esta cuestión, la tasa de natalidad sería aún más baja de lo que ya es en países como España.
Claro que tampoco es que tengamos muchas posibilidades de conciliar, pero ese tema, lo dejamos para otro post.
Podemos dedicar también este espacio para hablar de los egoístas y manipuladores que son los bebés. Criaturas tremendamente frágiles pero que tienen la capacidad innata de saber latín desde que asoman la cabeza (llamémoslo ironía).
Pero no, hoy vamos a hablar de ti. De cómo te sientes y de la ambivalencia de sentimientos que implica la maternidad. Vamos a viajar al corazón de las tinieblas.
Tener un hijo te coloca en el mundo. Y si no lo hizo tras nacer, lo hará en los próximos años. No conozco a nadie a quien la maternidad no le haya cambiado y no me refiero a su estilo de vida, que es lo evidente.
Ya te habrás dado cuenta de que ser madre no es de color de rosa. Hay tinieblas y claroscuros que se ocultan bajo nuestro disfraz de madres perfectas (¡Cómo odio esta etiqueta! Defíneme perfecto).
Antes que madres fuimos niñas, antes que niñas, bebes y antes que bebés, pequeños fetos en desarrollo en el vientre de nuestras madres. Pero esto nuestra memoria lo ha olvidado y nuestros recuerdos comienzan a partir de los tres o cuatro años de edad.
Nosotros tenemos la capacidad de olvidar, pero nuestro cerebro más primitivo no olvida. Esta impronta está en nosotros, aunque no podamos recordarlo. Presente en nuestro subconsciente y es una pieza más de quien somos.
Robert Bly afirmaba que todos llevamos a cuestas una mochila: primero nos dedicamos los primeros veinte años a llenarla de todo tipo de experiencias y vivencias, después nos dedicamos a vaciarla el resto de nuestra vida.
La vaciamos porque nos pesa, porque obstaculiza nuestro camino y no nos permite crecer. La maternidad te enfrenta directamente con esta mochila, que según nuestra experiencia vital será más pesada o más liviana.
Ser madre te enfrenta a la niña que fuiste. El recuerdo o la imagen que tenemos de aquella época, en ocasiones, no nos satisface o nos hace sentir mal. Hemos acumulado mucha culpa, mucho resentimiento, desamor, heridas que no dejamos curar y miedos profundos, que no nos atrevemos a confesar.
Laura Gutman lo denomina sombra.
A la sombra la llamo yo tinieblas. Porque dentro de nosotras mismas aún existe una niña que quizás no fue todo lo amada que merecía o no recibió toda la atención que precisaba. Mis padres hicieron un gran trabajo criando cuatro hijos pero se equivocaron muchas veces en su papel de padres. A veces no es suficiente con querer.
Nos criaron con unas directrices que ya fuera por aplicación o por omisión están ahí como unos pilares rígidos que influyen en la forma en que abordamos la crianza. Es parte de nuestra mochila. Lo mejor que podemos hacer es enfrentarla, mirarla de frente. Por nosotras, pero también por nuestro bebé.
Habrá quien piense que no trae mochila, que no debe cuestionarse nada. Lo fácil es seguir a la manada y continuar haciendo las cosas como se han hecho toda la vida. Pero otra posibilidad, es mirar hacia adentro y preguntarte si de verdad lo haces porque crees que es lo mejor para tu hijo o si actúas por inercia.
HABLEMOS DE TINIEBLAS
Nos acechan ya desde la gestación.
Cuando estaba embarazada nadie quería escuchar lo mal que me sentía. Era obligatorio estar contenta y feliz, aunque estuviese de muy mala leche la mayor parte del tiempo. Parecía de muy mala educación expresar que no me gustaba nada el embarazo, que me sentía invadida e incomodísima. Sentía que había perdido el control sobre mi cuerpo.
Sin embargo, tocaba sonreír, porque si estás embarazada debes ser dulce, adorable y frágil como una encantadora postal de otoño. Como si llevar un bebé dentro nos convirtiese en niñas de repente y estuviésemos encantadas de volver a jugar a las muñecas.
Cuando entramos en el tercer trimestre nos asaltan las dudas sobre si seremos buenas madres (¡por Dios, que dejen de definir este concepto!).
Nos mata la inseguridad, creemos que no podemos, que nos viene grande, que necesitamos que alguien nos guíe. Claro que los niños no vienen con manual de instrucciones pero, ¿nos prepararon para ser padres?
Sí, vale. Fuimos a la preparación al parto. Pero, ¿después del parto qué? Sí, es verdad nos contaron como cambiar un pañal o como curar el ombligo. Pero alguien, te preguntó ¿qué tipo de familia quieres? o ¿cómo vas a educar a tu pequeño?.
Lo fundamental queda minimizado por lo irrelevante: lo material.
Nadie te preguntará qué estilo de crianza vas a seguir pero seguro que te preguntarán, una gran cantidad de veces, si ya tienes la habitación del bebé preparada, la cuna y mil objetos inútiles. Se preocuparán por el color de las paredes y por el moisés, pero no se interesarán por cómo te sientes o si estás preparada para los cambios que se avecinan.
Y así llegamos al final de la gestación. Sin espacio para la reflexión y sin un minuto para sentarse a pensar. De repente nos vemos con un bebé en los brazos que demanda de nosotras lo que no sabemos si podemos darle. Para colmo según el tipo de parto que hayamos tenido nos sentiremos física y psicológicamente peor preparadas para afrontar tantos cambios de golpe.
La familia que debería ser un soporte para la madre se convierte, a veces, en un suplicio, visitas interminables, consejos no pedidos, interferencias en el modo de crianza. Porque, hablemos claro, una vez que el bebé ha nacido la madre pasa a un segundo plano. Nadie se preocupa por ella, por cómo se siente. En ocasiones la mamá se encuentra mal por no sentirse extasiada de felicidad.
Pero de estas tinieblas nadie te habla: de lo duro que es el posparto, de las ganas de llorar sin motivo, de que tu bebé al principio es un extraño con el que vas a empezar a construir el vínculo más importante de tu vida, de que te sentirás cansada, triste, agotada, malhumorada y harta en más de una ocasión, de que no reconocerás tu cuerpo y te sentirás como una extraña dentro de ti misma.
El color rosa, para las películas, bienvenida a un mundo de matices.
Al principio, porque la dependencia es absoluta, más tarde porque no comerá lo suficiente o se enfermará con demasiada frecuencia. Cuando eres madre cualquier situación es susceptible de provocarte dolor de cabeza, aunque tus hijos hayan cumplido ya la treintena.
Sin embargo, ser madre es una gran oportunidad para crecer, evolucionar y aprender. Para conectar con nuestro yo, o como dice mi gran amiga Cristina Oliva, para curar esa herida primaria que llevamos inscrita en nuestra piel.
Es el momento de perdonar si es que sentimos que nuestros padres están en deuda con nosotros. Perdonar sus errores y perdonarte a ti misma aquello que hiciste mal. Ahora más que nunca entenderás a tu madre, el enorme esfuerzo que hizo por criarte en este mundo de locos.
Perdonar es un ejercicio liberador que te permitirá criar a tu hijo desde la paz contigo misma. Se trata de aligerar el peso de tu mochila, de disipar tinieblas, de reconectar con nuestra esencia.
Desde mi experiencia puedo decirte que el principio no fue fácil. Que hubo que empoderarse en algunos momentos, que tuve que aprender a gestionar mis tinieblas de forma más sana, que aprendí a conectarme con el estado emocional de mi bebé a fuerza de instinto, lectura, escucha y sentido común.
Dentro de ti está la capacidad de ser la madre con letras mayúsculas de tus hijos. En medio de tanto ruido, escucha la voz de tu naturaleza, aquella que te conecta con tu “yo”. Yo la escuché y decidí emprender este camino. Liberándome del peso que traía, perdonando y perdonándome, en un acto de generosidad y de amor propio.
Solo aligerando tu mochila lograrás que la mochila de tus hijos sea más leve y más etérea de lo que fue la tuya.
Si te ha gustado el post comparte 🙂 Me ayudas a que mi mensaje llegue más lejos. Y tú, ¿te has preguntado que llevas en tu mochila? ¿Cuánto pesa? ¿Has empezado a liberar su peso?
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por Rosa Martínez Marán | Ene 26, 2017 | Vida Sostenible
No puedo decírselo, ¿qué van a pensar de mí?… Que soy tonta… Que no sé defenderme… Sé que están enfadados conmigo porque he suspendido matemáticas y sociales. Me castigaron estas navidades sin salir y casi les doy un beso de la alegría, porque no quiero salir de casa. Hoy tuve un ataque de ansiedad en clase de química. Por supuesto, el grupito de siempre, se reía. Se burlaban mientras yo no podía respirar. Últimamente siento que me ahogo, como si no dejase de tragar agua. Me hundo, como cuando atas a un objeto un montón de piedras y esperas pacientemente que se hunda en el fondo del mar. No quiero que llegue mañana porque otra vez volverá a repetirse lo mismo, una y otra vez. ¿Es qué nunca se cansan? Me gustaría echar a correr, ser por un rato invisible o simplemente desaparecer.
Este pequeño fragmento trata de reproducir los sentimientos de un niño acosado. Es ficticio, pero los sentimientos y emociones expresados en él son reales. Son los mismos que muchos chicos sufren en silencio porque no se atreven a contarlo o porque cuando lo hacen, se encuentran en el desamparo más absoluto.
El acoso escolar es una de las mayores preocupaciones de los padres. Si realizamos en Internet la siguiente búsqueda: «cómo detectar que mi hijo sufre acoso escolar«, aparecen 63.900 resultados. Ante semejante aluvión de datos cabe preguntarse si los padres están de verdad informados y si es un tema del que se habla con franqueza. A algunos padres les preocupa que su hijo no sea acosado pero les importa poco si es un espectador pasivo o si él es un agente implicado en una situación de acoso.
¿Pero qué es el acoso? ¿Por qué se produce?
El acoso escolar, también denominado Bullying, puede definirse según la Fiscalía General del Estado, como una conducta de persecución física y o psicológica que un alumno ejerce sobre otro al que escoge como víctima de sus burlas o ataques. La persecución puede consistir en amenazas, insultos, vejaciones, burlas, agresiones físicas o el aislamiento deliberado de la víctima.
Una característica muy importante es que existe un desequilibrio de poder entre el acosador y el acosado, es decir, no están en igualdad de condiciones. Una serie de circunstancias como la propia presión del grupo, la edad de los acosadores, la popularidad del acosador o la discapacidad de acosado favorecen el abuso de poder.
El acoso escolar es una conducta continuada en el tiempo que puede durar incluso años. Si no somos hábiles en detectarlo y se cronifica en el tiempo, puede dejar secuelas importantes en los menores acosados.
Es un tema muy serio, el hostigamiento es consciente e intencionado por parte del acosador que sabe perfectamente que hace daño. Precisamente eso es lo que busca: dañar.
Desgraciadamente el acoso sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad. La vergüenza, el qué dirán o una mal entendida idea de lo que son juegos de niños, minimizan una situación muy grave que puede derivar en una agresión física o en un intento de suicidio en casos extremos. Precisamente son estos casos los que saltan a la prensa, los más extremos.
El acoso produce un enorme desamparo en los menores que lo padecen, por ello debemos estar concienciados y tener herramientas que nos permitan afrontarlo de una forma adecuada y tajante desde todos los frentes: padres, profesores y alumnos.
La gran pregunta es, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos detectar que nuestro hijo sufre acoso escolar?
A continuación te voy a dar una serie de indicadores que pueden ayudarte a sospechar si tu pequeño puede estar sufriéndolo.
1.- Un repentino cambio de carácter
Es una de las señales más llamativas. A ningún padre que conozca a su hijo se le debería pasar por alto determinados comportamientos. Si tu hijo hasta ahora ha sido un chico alegre y de pronto se siente triste y taciturno, pregúntate por qué.
Estos cambios pueden ser confundidos por los progenitores por las variaciones típicas de la adolescencia. Sin embargo, si no indagamos es posible que nos estemos perdiendo algo. Por ello, ante cualquier cambio repentino en la personalidad de nuestro hijo, debemos preguntar e indagar.
No nos dejemos convencer con la primera excusa.
2.- No quiere hablar
No quiere hablar del instituto ni de sus compañeros. Parece que nunca tiene nada que contar.
El silencio es un lugar muy cómodo donde esconderse cuando uno no quiere comunicar. Sin embargo, el silencio comunica y puede ser muy escandaloso. Si hasta ahora tu hijo siempre te ha contado las cosas y ahora esquiva tus preguntas o te contesta con monosílabos, es evidente que algo pasa.
3.- Irritabilidad
De repente, está enfadado con el mundo. Se siente irritado y contesta mal cuando se le habla o se le pregunta. Puede incluso manifestar alguna conducta autodestructiva.
Te lo está diciendo, literalmente, a gritos.
4.- Falta a clase
El absentismo puede ocultar su miedo a ir al centro escolar.
Las faltas llegarán a través de mensajes de texto o llamadas del centro. Tu hijo tratará de justificar las faltas aludiendo a pretextos como: me he dormido, no oí el despertador, me sentía enfermo, he dormido muy mal, estoy cansado, creía que nos íbamos de excursión y no me apetecía y un largo etcétera de excusas de dudosa credibilidad.
Las faltas de asistencia reiteradas en un alumno que hasta ahora no ha faltado nunca son una señal de alarma, clarísima, sufra o no acoso.
5.- Odia el instituto
Claro que los chicos pueden percibir el colegio como una cárcel si se sienten inadaptados dentro de él.
Sin embargo, resulta muy chocante que un niño que hasta ahora ha disfrutado del colegio y que siempre ha ido con buena disposición de repente se niegue a ir. Es una razón lo suficientemente potente como para averiguar el porqué.
6.- Se muestra muy distraído
Los profesores se quejan de que apenas presta atención o participa en clase. En casa sus padres también perciben a su hijo distraído, con la mente en otra parte.
Puede que pierda objetos de valor con demasiada frecuencia y además no da una explicación convincente de cómo los perdió. Un móvil roto o una prenda deteriorada nos pueden poner sobre aviso.
Claro que no todos los chicos distraídos sufren acoso, pero si no es una característica del carácter de tu hijo, merece la pena investigar sus reiterados despistes.
7.- Sus notas caen en picado
A algunos padres suelen preocuparles mucho las notas, yo diría que demasiado. Sin embargo, prestan poca atención a cómo se sienten sus hijos, sus emociones están siempre en un segundo plano. Si algo le está pasando y no sé siente bien no puede rendir en los estudios.
Que un buen estudiante empiece a suspender sin razón aparente es muy relevante, habría que buscar el porqué y no machacarle por los resultados. Agobiar al chico con castigos por los suspensos solo agrava el problema de fondo y añade más presión.
8.- Desmotivación
De pronto nada le interesa, solo quiere estar en su habitación. Ya no quiere ir a sus clases extraescolares y su deporte favorito ha perdido el atractivo. Lo que antes le apasionaba ahora le aburre o no parece interesarle.
Por supuesto que los chicos pasan por épocas en las que puede ser habitual cierta desmotivación. Pero una falta de interés por absolutamente todo es una señal de alarma muy clara.
9.- Aislamiento
Llega el fin de semana y se queda en casa viendo la televisión. De repente, no quiere quedar con los amigos. Ya no le llaman por teléfono o vienen a buscarle la tarde de los sábados.
Lo que no te cuenta es que tiene miedo de salir a la calle.
10.- Se pone enfermo constantemente
Un chico que sufre un acoso continuado en el tiempo puede llegar a enfermar debido a la ansiedad que le produce enfrentarse diariamente a sus acosadores. Por esa razón, tenderá a somatizar.
Las alteraciones pueden ir variando y nos pueden llevar a sospechar. Entre los síntomas más comunes y que debemos escuchar están:
– Dolores de cabeza.
– Insomnio
– Malestar al levantarse por las mañanas.
– Problemas gastrointestinales, como dolores de estómago, vómitos, diarrea o inapetencia.
Debemos ser conscientes de que no está fingiendo, realmentemente se siente muy mal.
11.- Tiene ansiedad
De pronto, siente que se asfixia. Se queja de opresión en el pecho, sufre palpitaciones y temblores. Se marea con frecuencia.
Son datos que revelan que algo grave está sucediendo. La ansiedad siempre la provoca alguien o algo. Es una llamada de auxilio directa.
Independientemente de que tu hijo sufra acoso o no, la ansiedad es un síntoma lo bastante grave como para tomar medidas y tratar de detectar por todos los medios qué le provoca ese trastorno.
Estas señales pueden darse todas juntas o solo algunas.
Por supuesto, que también pueden relacionarse con algún otro conflicto o problemática adolescente. Sin embargo, son indicios que nos pueden poner sobre la pista a padres y educadores.
La observación, el conocimiento y el diálogo son tres poderosas armas que podemos y debemos utilizar a nuestro favor. Si creas un clima de confianza y respeto es muy probable que tu hijo se abra y te cuente qué está pasando. Pero si no lo hace contigo, es posible que lo haga con algún otro miembro de la familia.
Lo importante es destaparlo, ponerle nombre y buscar soluciones lo antes posible.
Así que abre bien los ojos y escucha.
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por Rosa Martínez Marán | Ene 19, 2017 | Vida Sostenible
Sí, por supuesto, que es seguro criar a un niño vegetariano y que esté sanísimo como una manzana.
Esta es la pregunta del millón de euros, o al menos, una de las preguntas que más me hacen en mi entorno. Ya sea familia y amigos, que se interesan por la dieta que llevamos, o mamás que me consultan porque están en el proceso y temen que a sus hijos puedan faltarles nutrientes.
Cuando estaba embarazada del Vikingo tomamos la decisión de adoptar una dieta vegetariana. Ya lo éramos desde hace tiempo pero aún no habíamos dado el paso definitivo. El embarazo fue la razón que motivó que nos lanzásemos a serlo. ¿El embarazo? Todavía puedo ver la cara de estupor de algunas personas.
Siempre digo que la maternidad me colocó en el mundo como no lo había hecho ninguna otra cosa. Mientras mi pequeño crecía yo no paraba de preguntarme cuál era el mundo que le esperaba y qué podía hacer yo para que este mundo fuese un lugar más amable y más justo. Consumí carne y pescado durante el embarazo porque aún seguía creyendo que era una buena decisión para nosotros.
Fue en los últimos meses y después de muchas lecturas y otras fuentes de información audiovisuales que me convencí de dar el paso. La buena noticia, es que mi pareja estuvo conforme. Acordamos que adoptaríamos este modelo de dieta por completo cuando naciese el peque.
Fue una decisión muy meditada y reflexionada por parte de ambos. Era lo que queríamos y casi dos años después estamos felices de haberla tomado. Lo hicimos por nuestro hijo. A muchas gente le llama la atención que ese fuese el motivo. Porque piensan que precisamente por él deberíamos seguir comiendo de todo.
No voy a entrar en las trampas que lleva implícito este argumento. Añadiría simplemente que es una excusa perfecta para añadir en él de todo, alimentos nada recomendables: azúcar, productos procesados, bollería industrial o refrescos azucarados.
No, comer de todo, no es tan sano como pretenden hacernos creer, pero si os parece esta guerra la dejamos para otro post.
Cuando digo que somos vegetarianos y que nuestro hijo también lo es, observo cierta cara de sorpresa. El desconcierto aumenta cuando explicamos que lo somos precisamente porque nos preocupa la salud de nuestro pequeño.
Nos han hecho creer en nuestra cultura que criar un niño vegetariano es imposible o irresponsable. Cada cierto tiempo se publican noticias que aumentan el desconcierto y que tratan de criminalizar este tipo de elecciones. Ya sea devaluando a sus seguidores, ya sea criticando sus posturas o simplemente sacando de contexto lamentables sucesos.
Lo que observo a mi alrededor es una absoluta desinformación, ya que en ocasiones las noticias sobre vegetarianismo vienen de la prensa y suele ser una información sesgada y, en ocasiones, sensacionalista. Así que ,tratemos de arrojar luz sobre el asunto.
Deberíamos matizar dentro de la dieta vegetariana las diferentes opciones o vertientes existentes, ya que cuando utilizamos el término de vegetariano los englobamos a todos. Vamos a hacer un repaso rápido por ellos:
- Ovolactovegetarianos. Grupo en el que nos encontramos nosotros y la mayoría de los vegetarianos occidentales. No consumen carne ni pescado pero sí lácteos y huevos.
- Lactovegetarianos. No consumen: carne, pescado y huevos. Sí siguen consumiendo lácteos.
- Ovovegetarianos. Consumen huevos pero no carne, pescado y lácteos.
- Veganos. No consumen ni carne, ni pescado, ni huevos ni lácteos. No consumen ningún producto de origen animal. Su postura implica un mayor compromiso.
A este listado podemos añadir otros términos como crudivegano o flexivegetariano que también se emplean con cierta frecuencia.
Una vez establecido que se consume o no en una dieta vegetariana, según su vertiente, vamos a intentar contestar a la pregunta de este post.
¿Qué dicen los expertos?
Diferentes organismos internacionales así lo aseguran. Uno de los más importantes es la asociación americana de dietética (ADA). Esta asociación es una de las más citadas y más seguidas por las asociaciones vegetarianas de diferentes países, entre ellas España.
De hecho, la Unión Vegetariana Española ofrece el documento traducido al castellano del posicionamiento de la ADA a favor de la dieta vegetariana. De este texto extraeremos algunos fragmentos por su especial relevancia para la cuestión que nos ocupa.
Una de sus afirmaciones más claras y tranquilizadoras es la siguiente:
Las dietas veganas, lacto-vegetarianas, ovo-lacto-vegetarianas bien planteadas son apropiadas para todas las etapas del ciclo vital, incluyendo el embarazo y la lactancia. Cubren las necesidades de los bebés y adolescentes y promueven un crecimiento normal.
Y añade:
Las dietas vegetarianas adecuadamente planificadas son saludables, nutricionalmente adecuadas, y proporcionan beneficios para la salud en la prevención y el tratamiento de determinadas enfermedades.
Mamá, puedes dejar de preocuparte. Y por extensión, ya pueden respirar con tranquilidad las abuelas.
La ADA también es contundente cuando afirma que las personas que son vegetarianas desde la cuna acaban siendo adultos con una estatura, un peso y IMC (índice de masa corporal) similar al de una persona que lleva una dieta convencional. Es decir, que la dieta vegetariana no afecta al peso ni al desarrollo. Vamos que tu niño no se va a quedar pequeño porque sea vegetariano. Este es uno de los miedos más habituales que, incluso amigas en confianza, me han referido directamente.
Además la ADA reconoce que una dieta vegetariana ofrece ventajas nutricionales, como el establecimiento de patrones alimentarios saludables para toda la vida, entre otros beneficios.
Estas afirmaciones desmontan ciertas creencias arraigadas en nuestra sociedad. Culturalmente se nos ha educado creyendo que consumir carne y pescado es lo más sano y que es la única opción posible. Sin embargo, en otras culturas, el consumo de carne y pescado es casi inexistente y los estudios poblacionales han llegado a la conclusión de que su dieta es mucho más sana que la nuestra.
Se puede criar a un niño vegetariano recurriendo a alimentos 100% vegetales y que su salud sea perfecta. Tan solo ten en cuenta que actualmente se aconseja tomar un suplemento de B12 aunque tu dieta sea ovolactovegetariana.
Mi consejo es: infórmate primero y acude a un nutricionista que te guíe en el camino, sobre todo si tienes pocos conocimientos sobre nutrición.
Cada vez hay más nutricionistas que asesoran sobre dietas vegetarianas para niños y adultos. Su labor no solo la realizan en su consulta sino que además algunos están al frente de blogs o páginas donde difunden valiosa información. Una de las páginas imprescindibles es la de Lucía Martínez, en Dime qué comes vas a encontrar información muy útil.
Así que si has decidido criar a tu hijo como vegetariano, hazlo sin miedo. Hay muchas razones de peso para tomar esta decisión.
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por Rosa Martínez Marán | Ene 12, 2017 | Vida Sostenible
El cambio de año es un momento propicio para implementar cambios y formular propósitos para los próximos 12 meses.
Un nuevo ciclo comienza y con él se renuevan las ilusiones de mejorar nuestra calidad de vida: queremos apuntarnos al gimnasio, comer mejor, bajar de peso, dedicar más tiempo a nuestra familia, dedicarnos a un hobbie, reducir nuestro estrés…
La lista de deseos puede ser interminable.
El principal escollo es que en pocas semanas los propósitos se abandonan, se olvidan o simplemente se dejan para más tarde. Entonces aparecen los sentimientos de culpabilidad y nos sentimos fatal porque creemos que no tenemos voluntad.
Y no es cierto. ¿Has pensado que igual son los propósitos los que fallan?
En este post vamos a identificar a los enemigos de nuestros propósitos y, lo que es mejor, te voy a dar unas cuantas claves para que tus deseos lleguen a buen puerto.
¿QUIÉNES SON LOS ENEMIGOS A BATIR?
- Una lista interminable de propósitos
Seguro que has oído en más de una ocasión el dicho: quien mucho abarca poco aprieta. Es una forma popular de decir que si nos proponemos demasiadas cosas es muy posible que no hagamos ninguna.
El enorme listado nos agobia en su inmensidad y nos recuerda que es imposible. No pretendamos modificar en 365 días lo que nos ha llevado una vida.
2. Una lista muy rígida o poco flexible
Tan negativa es una lista muy larga como poco flexible. Hay quien dictamina que todos los días hará determinadas cosas como leer, caminar o meditar 20 minutos.
Somos madres y eso nos convierte en reinas de la improvisación y de los imprevistos. Establecer un horario de tareas u obligaciones que debemos cumplir, sí o sí, solo nos causará angustia, porque ni nuestros hijos llevan botón de apagado, ni se programan como un ordenador.
3. Establecer unas expectativas irreales
El 2 de enero te estás apuntando al gimnasio y pagando por todas sus prestaciones. Clases hasta los domingos por la tarde, pero no pisas un gimnasio desde el siglo pasado. Te prometes a ti misma que irás todos los días aunque sabes que en febrero ya no te ven el pelo hasta el próximo enero.
Esto es extrapolable a la dieta, te propones perder 20 kilos en dos meses, pero dos meses más tarde pesas incluso 4 kilos más, se llama efecto rebote. Pero para rebote el tuyo, que tiras la báscula por la ventana y pasas de dieta y de todo.
4. Deseos abstractos
La abstracción no es una buena amiga cuando se trata de delimitar objetivos. Decir voy a estresarme menos tiene la misma utilidad que decir: voy a volar por el cielo.
El efecto es el mismo: nulo. Antes de que te des cuenta has vuelto a esa costumbre que tanto odias. Si no concretamos lo que queremos conseguir no podremos saber cómo lograrlo.
5. Falta de focalización
Si no focalizamos nuestra energía en lo verdaderamente importante o prioritario, difícilmente lograremos lo que nos hemos propuesto. Intentar abarcarlo todo al mismo tiempo hará que te salgas de foco. Volver a situarte donde quieres y retomarlo te llevará un tiempo y un esfuerzo extra.
Si uno de tus propósitos de este año es pasar más tiempo con tu familia, comienza por buscar planes que podáis hacer todos juntos. Piensa, por ejemplo, una excursión para el próximo fin de semana.
6. Falta de planificación
Me he propuesto ir al gimnasio, apuntarme a clases de pintura, cocinar más y mejor, ser más ordenada. Sin embargo, no consigo llevar a cabo ninguna de estar tareas por falta de tiempo.
Es fundamental que sepa cuánto me ocupan a la semana estas actividades, cuándo voy a ejecutarlas y cuál es el tiempo real del que dispongo para llevarlas a cabo. Si esto no está claro, no lograrás conseguir ese propósito soñado o acabarás abandonando y sintiéndote frustrada.
7. Poca motivación
Si yo no estoy convencida de que debo cambiar mis hábitos, no los cambiaré. La motivación es primordial para cualquier propósito que tengamos en la vida.
Si no estoy plenamente convencida de que deseo dejar de fumar, mi intento de desengancharme del tabaco durará como mucho unos meses. Si juro y perjuro que jamás volveré a darle bollería industrial al niño, pero caigo rendida ante un donut de chocolate en su presencia, estaré saboteando mis deseos.
8. Propósitos de otros
A veces nuestros propósitos no son nuestros, no han salido de nosotros sino del entorno. Nos marcamos como objetivo que el niño deje el pañal este año, pero no somos conscientes de que es un proceso fisiológico que no depende de nosotras.
Otro ejemplo, la presión a la que nos someten a las mujeres por entrar en una determinada talla. Por mucho que lo repita la publicidad, no serás más feliz por entrar en una 38.
Serás la misma mujer pero con más hambre.
9. Aspirar no es hacer
Pasamos más tiempo en la aspiración y en el deseo que en la acción. Cuando toca ejecutar no encontramos el momento, ya que una de las dificultades de establecer cambios es introducirlos en nuestra rutina diaria. Como no sabemos donde colocarlos, ahí siguen en el cajón del «más adelante».
Ahora que ya conocemos a los enemigos de nuestros propósitos, aquellos que minan nuestra confianza, vamos a dar unas cuantas claves para que nuestros deseos lleguen a buen puerto.
CLAVES PARA LOGRAR NUESTROS PROPÓSITOS
1. Rehaz el listado
No puedo ser más directa. Seguro que te has dado cuenta leyendo el post de que tus propósitos adolecen de alguno de estos puntos.
2. Elige pequeñas metas
Deben suponer pequeños cambios en tu día a día. Igual no puedes dejar el coche en el garaje todos los días pero si puedes hacerlo un par de veces por semana. Si el problema es la cocina, empieza por preparar platos sencillos hasta que cojas confianza.
3. Focalízate
Si te has propuesto un cambio de hábitos no pretendas modificarlo todo a la vez. Elige uno solo, en función del mayor beneficio que tenga para tu familia. Si eres fumadora y tienes niños pequeños o estás buscando un embarazo es un buen momento para dejar de fumar.
4. Se realista
No, los días de las madres trabajadoras no duran 48 horas. Las matemáticas no engañan. Si crees que puedes llegar a todo sin despeinarte, sin perder los nervios y sin que te cueste la salud, estás muy equivocada.
Tus pretensiones deben ajustarse a tus circunstancias. No te lamentes porque no puedes hacer ejercicio y sal a pasear con tus hijos.
5. Se sincera
En vez de gastar en la aspiración invierte en ser sincera contigo misma. Es infinitamente más útil sentarse y delimitar que es lo que quieres cambiar o mejorar, que seguir huyendo hacia adelante gastando el dinero en matriculas de gimnasio, cursos interminables, terapias y un largo etc.
6. Integra los cambios en tu rutina
Si lo que te has propuesto no aparece en tu día a día es un propósito que se esfumará, antes de lo que imaginas lo habrás olvidado.
7. Relativiza
Es fantástico tener motivaciones y aspiraciones en la vida, querer ser mejor y ambicionar el bienestar de tu familia. Sin embargo, también es muy importante relativizar. Si este año no corres una maratón no pasa nada, tampoco si sigues sin perder esos kilos que te preocupan.
Y por último, si ese propósito no lo has alcanzado este año es porque no era vital.
Si ese objetivo por el camino se convierte en una losa, deséchalo, la vida está para vivirla, no para sufrir.
Disfruta de tus propósitos:
celebra tus aciertos y ríete de tus errores,
equivocarse es parte del camino.
Y sobre todo, te propongas lo que te propongas, hazlo con una sonrisa.
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Post actualizado en agosto de 2019