por Rosa Martínez Marán | Mar 9, 2017 | Maternidad y Crianza Sostenible
Por fin puedo compartir con vosotr@s la segunda parte del post. Os cuento el desenlace del ingreso en neonatos del peque y nuestra absoluta desesperación ante la concatenación de los acontecimientos.
Si te perdiste la primera parte, puedes leerla aquí. Tal y como os contaba en la anterior entrega, mi pequeño había dejado de respirar a los pocos minutos de nacer y se lo habían llevado a la unidad de neonatos. Desinformados y muy cansados nos fuimos a dormir a medianoche con la esperanza de recuperar pronto a nuestro pequeño.
PRIMEROS DÍAS
Al día siguiente volvimos a primera hora y sufrimos un nuevo sobresalto. Nuestro peque tenía una sonda gástrica conectada. Nuestro desanimo y desconcierto iba en aumento.
Volvimos a pedir información, ante una nuestra insistencia, una pediatra de guardia se tomó la molestia de leerse el expediente y sacarnos de la desinformación. Era domingo al mediodía, habían pasado 24 horas
Según el informe estaba allí por una hipoglucemia. Aunque había sido ingresado por la apnea, al revisar sus niveles de glucosa había descubierto que eran bastante bajos, así que habían puesto en marcha el protocolo para esta situación. El protocolo consistía en alimentarlo con leche de fórmula inmediatamente.
El problema era que el pequeño había vomitado parte de la leche, su cuerpo no la había tolerado bien. Por supuesto, eso había puesto en marcha otro protocolo nuevo. Era pertinente hacerle nuevas pruebas por si tenía algún problema digestivo que hubiese provocado la intolerancia. Todo esto suponía dejarle ingresado como mínimo un día más.
Llegados a este punto voy a explicar brevemente en qué consiste la hipoglucemia neonatal. Una hipoglucemia es un descenso de la cantidad de glucosa en sangre. Según un informe de la Asociación Nacional de Pediatría se produce cuando falla el proceso normal de adaptación metabólica después del nacimiento.
La incidencia de hipoglucemia en recién nacidos es mayor que en otros momentos de la vida de una persona, precisamente por ser un período crítico. Además si el bebé es prematuro o un CIR (como era nuestro caso) la incidencia es aún mayor. Se estima que tienen unos depósitos de glucógeno en el hígado deficientes, es decir, tiene pocas reservas para adaptarse a la vida fuera del útero.
Por supuesto, esto lo desconocíamos y tampoco nadie se tomo la molestia de contárnoslos.
Nos dejaron bastante preocupados, la salud de nuestro hijo se complicaba por momentos. Pregunté si podía ofrecerle el pecho y la respuesta fue afirmativa. Podía iniciar la lactancia cuando quisiera. Sin embargo, en esas 24 horas no había recibido ni una sola directriz: nadie me había dicho que si el bebé no estimulaba el pecho yo debería hacerlo con un sacaleches.
En mi ignorancia informada estaba convencida de que la leche subiría por sí sola. Y por supuesto, no subió (Mis dificultades con la lactancia las abordaré en otro post).
La sala de neonatos estaba muy llena ese domingo. Fue entonces cuando me percaté de que otras mamás se estimulaban el pecho con un sacaleches y yo también comencé a hacerlo. Nadie me dijo que tenía que hacer ni con que frecuencia. Simplemente me limite a imitar a las otras mamás que estaban en la unidad. Por supuesto, no salió nada. Ni una gota.
En teoría la unidad de neonatos estaba abierta las 24 horas del día, en la práctica no eras bienvenida a cualquiera hora. De hecho, nos informaron de los horarios puntualmente. Las horas venían marcadas por la obsoleta medida de las tres horas. Así es como se alimentaba en la unidad de neonatos: no a demanda. Molestabas si te quedabas más tiempo del que ellos consideran prudencial.
Las recomendaciones en la unidad eran constantes: “déjale descansar”, “ya habrá tiempo para cogerle”, “no le despiertes”, “no alargues la toma que se le junta con la otra” y un largo etcécera de atropellos. Siempre había una enfermera dispuesta a dar un consejo que no habías pedido. Nos trataban a las mamás como a niñas jugando con muñecas, como si nuestros hijos no nos perteneciesen y ellas tuviesen la capacidad de decidir.
Permanecíamos en la unidad de neonatos todo el tiempo que podíamos. Mi peque apenas lloraba y si lo hacía en cuanto escuchaba mi voz se callaba y entraba en un dulce sueño. Se dormía plácidamente y se acurrucaba en mi pecho cuando le tomaba en los brazos. Y yo le hablaba como hice siempre, le decía que le quería, que pronto nos iríamos a casa. Procuraba alargar el piel con piel pero cuando el resto de mamás se iban a mí también me invitaban a marcharme.
Cada mañana despertaba con la ilusión de tener a mi peque por fin a mi lado, pero de nuevo, nos llevábamos otra decepción. La distancia de apenas unos metros había frustrado nuestras ilusiones, nuestros planes. La imagen idílica de familia disfrutando de nuestros primeros días juntos se esfumó, se quedó solo en un deseo.
La realidad era muy distinta. No me despertaba mi bebé en la noche llorando, no podía abrir los ojos y verle, no siempre podía cambiarle el pañal si lo necesitaba, no podía besarle ni acariciarle cuando yo quisiera. NO. Estaba en una sala rodeado de otros bebés y lejos de nosotros, sus padres.
Nos sentíamos abatidos e impotentes aunque nos repetíamos que era por su bien. Yo apenas empezaba a tener calostro, habían pasado 48 horas. Por supuesto, lo que salían eran solo gotas, mi calostro no era suficiente para alimentar a mi bebé. Aunque yo le ponía al pecho, él era incapaz de engancharse. Así que tocaba suplementarlo con leche artificial. Estaba furiosa, era lo no queríamos de ninguna de las maneras.
La situación me generaba una gran frustración y un gran sentimiento de culpabilidad, ¿Por qué no era capaz de darle el pecho a mi pequeño? Por supuesto, nadie fue capaz de detectar lo que pasaba, pero consejos y manipulaciones innecesarias me llevé bastantes de propina.
El lunes fueron retirando cables. Aunque su alta no era inminente la mía si lo era. Sin embargo, al detectarme una anemia en un control rutinario decidieron dejarme ingresada un día más. Me alegré enormemente porque no quería irme a casa sin él. Además existía la posibilidad de que el peque recibiese también el alta entonces.
Sin embargo, cuando parecía que la hipoglucemia estaba solucionada empezaron a amenazar con dejarle más tiempo ingresado si subía la bilirrubina. Para entonces estábamos ya desesperados.
LA DESPEDIDA
El martes yo recibí el alta pero mi pequeño se quedó ingresado. La idea era tenerle un día más en la unidad y el miércoles darle el alta si todo iba bien. Me inquietaba enormemente escuchar ese “todo bien”, me había hartado de escucharlo los últimos días y el alta parecía que no llegaba.
Teníamos que irnos a casa y a mí se me rompía del corazón por tener que irme sin él. Todo el arrojo y la presencia de ánimo que había demostrado se esfumó. Una cosa era tener a mi hijo a solo unos metros ingresado y otra muy distinta poner 60 kilómetros de distancia entre él y yo.
Fuimos a despedirnos de él y me rompí. Ya no pude contener las lágrimas, lloraba sin consuelo.
Todavía hoy casi dos años después no puedo evitar llorar al recordarlo. Me rodearon las enfermeras, el personal de la unidad y mi pareja, no había forma humana de consolarme. Nada podía aliviar mi pena.
Cogí a mi hijo en brazos. Le besé, le abracé, le dijo que le quería, que le queríamos muchísimo y que al día siguiente estaríamos de nuevo allí junto a él, que nos iríamos a casa. Mi pareja tuvo que sacarme a rastras de allí, teníamos que irnos.
Nos fuimos con nuestra pena enorme, con el corazón roto pero con la esperanza del alta al día siguiente. De camino en el coche seguí llorando. El momento de llegar a casa fue uno de los más tristes. Había imaginado tantas veces ese momento: entraríamos en casa, nuestros gatitos se acercarían, les presentaríamos al nuevo miembro de la familia y empezaríamos nuestra nueva vida.
Sin embargo volvimos solos y derrotados, con las manos vacías. Aún se me llenan los ojos de lagrimas al recordarlo.
Sin embargo, había que mitigar la impotencia haciendo algo que no fuese llorar. Así al día siguiente fuimos al registro civil a primera hora aunque antes dejamos la poquita leche que había conseguido sacarme en el hospital.
La nota divertida la puso mi madre cuando me llamó a primera hora para aconsejarme que le pusiésemos al niño un nombre compuesto. Tema que le quitaba el sueño desde hacía meses. El nombre le daba igual, el nombre de mi padre, el de mi suegro o el de mi chico…Al final le dije de broma que le habíamos registrado como G de los desamparados.
EL DESENLACE
Y finalmente volvimos al hospital y nos dijeron aquello que deseábamos escuchar desde hacía cuatro días: podíamos irnos a casa.
No podíamos ser más felices. Y nos montamos en el coche y de camino no paraba de preguntarme, “¿y ahora qué?”
No había pasado un solo minuto con mi hijo a solas, apenas nos conocíamos, las dudas se acumulaban en mi cabeza, ¿podría darle el pecho? ¿Sabría atenderle? ¿Volvería a sufrir una apnea? ¿Sería una buena madre? (En adelante aborrecería ese concepto)
Fue entonces cuando fui consciente de mi nueva situación y me sentí por primera vez MAMÁ. Esta fue nuestra experiencia en neonatos aunque a esta historia aún le faltan algunos capítulos por escribir. ¿Me acompañas?
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por Rosa Martínez Marán | Mar 3, 2017 | Maternidad y Crianza Sostenible
Con motivo del día de la mujer que se celebra del 8 de marzo quiero invitaros a un evento de crianza y maternidad que tendrá lugar dentro de unos días en Valladolid. La organizadora de este evento es Sheyla Gómez, asesora maternal y madre de dos hijos. Conozco a Sheyla a través de las redes sociales y cuándo me comentó esta iniciativa estuve encantada de sumarme a ella y darle la mayor difusión posible. La verdad que el plantel de ponentes es espectacular. 🙂
En este post os voy a dar toda la información necesaria para que podáis uniros al evento. Además he incluido una breve entrevista en la que Sheyla nos dará más datos y nos aclarará algunas dudas sobre la jornada.
Cuándo: el domingo 12 de marzo de 2017. El horario es de 10-14 y de 16-20h. Habrá un descanso de dos horas para comer y reponer fuerzas.
Dónde se celebra: en Santovenia de Pisuerga, en la provincia de Valladolid. La localidad está a unas dos horas y media de Madrid y a unos 7 kilómetros de Valladolid.
Ya. Quizás te pilla un poco lejos. Por esa razón, por si no puedes estar de forma presencial, existe la posibilidad de seguirlo de forma online. De hecho, esa es la opción que yo he elegido porque me es imposible estar presente pero no quiero perderme el evento por nada del mundo.
Precio: son solo 10 euros.
Hasta cuándo puedo reservar mi plaza: está abierto el plazo hasta el viernes 10 de marzo a las 23:59.
Temática de las ponencias:
- El método hipopresivo: si has sido madre te interesa, ya que es posible que tu musculatura abdominal y tu periné no estén en su mejor momento.
- Charla Montessori de 0-6 años: si no conoces este método te va a abrir un mundo de posibilidades.
- La preparación al parto a través de la danza del vientre. Es una de las ponencias que más me atrae. Estoy deseando saber más.
- La maternidad y el duelo. Desgraciadamente sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad.
- La alimentación de los lactantes que ya no son bebés. Alude a la lactancia prolongada y como mantenerla con éxito.
- La educación sexual desde la infancia. Suele ser una cuestión incómoda que muchas veces los padres no saben cómo abordar.
- Las claves para una maternidad empoderada. Esta ponencia me fascina, la imparte una de las ponentes que más admiro: Irene García Perulero.
- Escuelas libres y Homeschooling. Una vertiente en auge en nuestro país que merece la pena conocer.
- El porteo en situaciones especiales y a partir del año. Otra de las ponencias que no pienso perderme, adoro portear.
¿Quienes son las ponentes?
El grupo incluye a una serie de mujeres que son una referencia en cada una de sus materias: Pilar Martínez, Irene García Perulero, Belén Chulio, Nuria Gallego, Cristina Núñez, Maite F. Lurbe, Beatriz Fernández, Montse Sánchez, Rosa Eva Rabanillo y Sheyla Gómez, ponente y organizadora de este evento.
Os dejo un enlace a su blog por si queréis conocer más a fondo el currículum de estas mujeres y el contenido más detallado de la charla de cada una de ellas. Pinchad aquí.

Entrevista a Sheyla Gómez
Como estaba interesada en el evento me puse en contacto con Sheyla para pedirle un poco más de información. Tengo que agradecerle enormemente que accediese a concederme esta entrevista. Os dejo con ella.
- Sheyla, me gustaría que nos contases algunas cosas sobre ti para que te conozcan un poco mejor las lector@s del blog.
Soy mami de Alma y Abel de 4 y 13 años respectivamente. Empecé hace ya cuatro años a formarme, me inicié con un curso de asesora de lactancia. Me gustó tanto, que cree el grupo de apoyo de Tudela de Duero, el cual, sigue activo. Más tarde, me apunté a otra formación de lactancia, me uní al curso de Edulacta. Su programa me enamoró. Desde entonces formo parte del equipo de formación, ya que confiaron en mí. Posteriormente me formé con asesora de porteo, Baby bath support, PNL, gestión emocional y método naces, entre otras formaciones relacionadas con el mundo de la maternidad.
Siempre me ha interesado proponer actividades con las familias. Hemos hecho varios flash mob porteando y está funcionando el baby-cine teta en Valladolid desde abril de 2016. También tengo un blog. La web surgió hace tan solo un par de años. No soy todo lo activa que me gustaría por temas laborales pero suelo subir algún que otro post.
Si os apetece visitar su página aquí tenéis la dirección: el alma y la lactancia al descubierto.
- ¿Cómo surgió el evento? ¿De quién fue la idea?
El evento lo llevo yo directamente con apoyo de las ponentes y algunas amigas que me dan difusión. Llevo intentando organizarlo desde hace casi tres años. Siempre obtenía negativas por parte de diferentes ayuntamientos de la zona hasta que una mami que conozco de Santovenia lo comentó en la concejalía de su pueblo. A la concejala le encantó la idea ya que está a favor de la crianza respetuosa. Gracias a ello, por fin, este sueño que tenía desde hace años ve la luz.
- ¿Cuáles son los temas que se van a tratar? ¿Nos puedes dar un avance?
El programa es muy completo. Aún así me he quedado con ganas de traer a más ponentes pero era inviable. Se van a abordar temas de lactancia, AC, los hipopresivos, danza y movimiento, porteo, Montessori, educación, duelo maternal y la sexualidad en la infancia. Son unas ponentes muy prestigiosas y cañeras. Os va a encantar.
- ¿Cómo se pueden seguir las conferencias?
Las charlas pueden verse de modo presencial y online. De modo presencial se va a poder entrar y salir cuando se quiera. Por supuesto, se puede ir con peques. Además Noemí de Nim hará algunas cosillas para tener a los niños entretenidos esos ratos.
- Algunas amigas están interesadas en el evento pero no pueden trasladarse a Valladolid, ¿cómo va a ser la transmisión online? ¿Es en directo?
Lo sé. Hay mucha gente interesada en verlas pero que no pueden asistir por encontrarse en otras localidades o en otros países. Por suerte, el evento también ha llegado al otro lado del charco.
La transmisión online será en diferido ya que es inviable llevarlo a cabo en directo. Son ocho horas de conferencias seguidas.
- Entonces, ¿se van a grabar las ponencias y se podrán ver durante unos días?
Sí. Hemos decidido grabarlo, editarlo y enviar posteriormente el enlace de modo privado a esas personas que se apunten al evento online. La idea es que puedan ver las charlas con calma y las veces que quieran. Somos madres y padres con obligaciones y niños pequeños y no podemos estar enganchados ocho horas seguidas al ordenador para verlo.
- ¿Se puede comprar ya la entrada?
Sí. Entrando en este enlace podéis comprar la entrada online y presencial. Se paga por transferencia bancaria o por Paypal. Podéis comprar la entrada hasta el 10 de marzo a las 23:59 horas. ¡Aún estáis a tiempo!
La verdad es que me encantaría que viniese mucha gente de modo presencial para poder dar algún achuchón que otro a otras blogueras, amigas y profesionales de estos ámbitos a las que aprecio un montón.
Desde aquí te doy las gracias, Sheyla por la entrevista. Te deseo mucho éxito con esta jornada, estoy deseando que llegue el día.
Y vosotras, ¿qué me decís? ¿No me digáis que no promete? ¿Conocíais el evento? ¿Os unís a nosotras?
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por Rosa Martínez Marán | Feb 23, 2017 | Maternidad y Crianza Sostenible
El post de hoy es muy personal, tanto que he tardado casi dos años en publicarlo. El detonante ha sido una consulta que me llegó esta semana.
Una mamá me escribió porque necesitaba conocer mi experiencia, ya que su pequeña también era un CIR. Resultó que nuestras historias eran muy similares y ella necesitaba saber cómo había sido mi experiencia. Así que este post va con dedicatoria: para ti Paloma.
Relatar esta vivencia tan dolorosa ha sido muy difícil, os pido paciencia, he necesitado extenderme mucho así que el post está dividido en dos partes. Hoy os dejo la primera entrega. Se trata de remover algo que para mí tiene una gran carga emocional. Pero es el momento de dejar fluir y de compartir esta historia con la esperanza de ayudar a otras madres en ese trance tan difícil de pasar los primeros días de vida de su hijo separadas de él.
Mi parto fue un parto inducido en la semana 36+5. Las que habéis seguido mi historia sabéis que la inducción planeaba desde que diagnosticaron a mi bebé como un CIR. Si tenéis curiosidad por conocer cómo fue el parto os dejo las dos entradas donde lo cuento: Mi parte Inducido: parte 1. y Mi parto inducido: el desenlace.
Mi peque no crecía, había sido diagnosticado como un CIR de tercer trimestre. Para quien no sepa que es un CIR se trata de la disminución patológica del ritmo de crecimiento del feto mientras se desarrolla dentro del útero. En el post Mi peque, un CIR puedes encontrar más información.
Cuando te plantean una inducción al parto te mentalizas de ir preparada para todo. Sabes que el parto será largo y doloroso, que es muy posible que acabe en una cesárea o en una intervención de urgencia. Pilar, mi matrona, siempre dice que cuanto más tiempo en el hospital, más tiempo les das para que se les ocurran ideas. Y bueno, esas ideas suponen una intervención tras otra.
No era el parto que quería ni el que había soñado pero lo afronté de la mejor manera posible porque piensas que todo termina con tu hijo en brazos. Con el piel con piel soñado. Has visualizado esa imagen, está en tu mente. Eso te anima a sobrellevar el trabajo de parto. Solo es un rato y podrás disfrutar de tu tesoro. De ese ser que ha crecido dentro de ti y al que por fin pondrás cara, al que podrás abrazar. Empieza tu aventura como madre.
Tras casi treinta horas de parto mi hijo nació con fórceps, maniobra de Kristeller incluida en el pack de la inducción. Una de las cosas que recordaré siempre es que mi bebé no lloraba. Tardó unos segundos en respirar, segundos que para mí fueron interminables. El papá que estaba a mi lado trataba de tranquilizarme. Pero yo solo podía repetir: ¡no llora!, ¡no llora!.
Pasado el susto y una vez que comprobaron que todo estaba bien pude conocer a mi pequeño. El momento más importante de mi vida. Mi pareja me cuenta que me lo enseñaron nada más nacer pero yo no recuerdo esa imagen. No sé por qué no se grabó en mi mente, quizás porque estaba demasiado aturdida y cansada.
Una vez le tuve entre mis brazos enseguida le ofrecí el pecho y mi felicidad fue máxima. Por fin éramos una familia.
Nadie esperaba en la sala de espera porque yo había decidido no avisar a la familia de la inducción. Teníamos todo el tiempo del mundo para conocernos, o al menos, eso creía yo.
Si había tomado la decisión de no informar de la inducción era porque deseaba tranquilidad, no quería subir a planta y encontrarme la habitación llena de gente. Necesitábamos intimidad. Queríamos disfrutar de nuestras primeras horas juntos como familia. Era nuestra elección.
Pero el hombre propone y Dios dispone. La maravillosa estampa familiar se quebró pocos minutos después. Mi pequeño dejó de respirar. Literalmente, se puso azul. Habían pasado solo diez minutos.
Llamamos corriendo y la sala en un momento se llenó de médicos, y enfermeras mientras nos mirábamos llenos de angustia. Parecía que recuperaba la respiración. Uno de los enfermeros que me había asistido en el parto nos dio una posible explicación: era un signo de sufrimiento fetal. En vez de dentro del útero lo había sufrido fuera.
El expulsivo se había complicado mucho, el bebé no tenía fuerza para bajar por el canal del parto y empezaba a estar fatigado. Así que intervinieron de urgencia porque temían por su bienestar fetal
El enfermero también nos dijo que era frecuente que los bebés prematuros dejasen de respirar, era como si olvidasen hacerlo.
Debemos recordar que hasta el nacimiento el feto recibe el oxígeno a través de la sangre que le llega del cordón umbilical. No debe hacer ningún esfuerzo por respirar. Al nacer el bebé debe realizar una primera inspiración, pero algunos bebés ya sea por ser prematuros, por una inmadurez en los pulmones o por sufrimiento fetal no logran hacerla correctamente. Posiblemente por esa razón mi peque tardó tanto tiempo en respirar. El test apgar así lo confirma, pero eso nadie nos lo explicó. Lo leímos después en el informe del hospital.
Aunque parecía que se recuperaba decidieron subirlo a neonatos y hacerle una exploración más exhaustiva. Entre otros parámetros necesitaban medir su nivel de glucosa en sangre.
Entonces se lo llevaron.
El papá fue tras él, así lo acordamos, no quería que le perdiésemos de vista. Yo me quedé sola y recién parida en aquella habitación inmensa y fría, ajena a lo que estaba ocurriendo con mi bebé una planta más arriba. Estaba asustada, ¿y si dejaba otra vez de respirar?
Pero en esta vida siempre hay gente buena que aparece en los momentos más insospechados, como un ángel que te ilumina. Una auxiliar se quedó a mi lado, consolándome. Me ayudó a encontrar mi móvil, así al menos, estaba conectada con el papá. Trató de entretenerme, me dio conversación, fue amable. Es algo que no olvidaré nunca y de lo que le estaré toda la vida agradecida.
Los minutos pasaban y seguía sin tener noticias de mi pequeño, minutos en los que todo pasa por tu cabeza. En los que te pones en lo peor. Temí perder a mi bebé recién nacido, no quería pensarlo pero era inevitable. ¿Por qué nadie me decía nada?
Menos mal que al rato mi pareja me mandó una fotografía de mi peque. Estaba en observación en neonatos. Pude respirar más tranquila aunque solo deseaba estar con él. Tras un tiempo prudencial me subieron a planta aunque casi no podía moverme, la epidural me había hecho tanto efecto que no podía mover las piernas.
Una vez que estuve arriba el estrenado papá trató de explicarme lo que pasaba: aunque enseguida había vuelto a respirar creían que era mejor observarle, por si había algún problema respiratorio que no se hubiese detectado al nacer. Está ingresado en neonatos en observación. Si todo iba bien en un rato nos lo traerían a la habitación.
El rato se convirtió en cuatro interminables días. Aquello que no deseaba que pasase, pasó.
Meses antes me había cambiado de hospital porque me negaba a que me programasen una cesárea en la semana veinte. Una de las razones en las que basaba mi decisión era que no quería separarme de mi hijo durante el tiempo de reanimación. Quería hacer el piel con piel con mi bebé al nacer. Sabía que en ese hospital por protocolo no se permitía al bebé estar con la madre en la sala de reanimación.
¿Por qué era tan importante para mí?
Durante las dos primeras horas de vida se abre lo que se conoce como período sensitivo. El bebé es capaz de reconocer a su madre si está en contacto con su piel. Ese contacto ayuda a estabilizar la temperatura corporal del bebé, a establecer un vínculo afectivo con la madre y contribuye al desarrollo de la lactancia.
Uno de mis deseos era darle el pecho a mi pequeño y había leído que si el bebé se enganchaba al pecho durante esas primeras horas la lactancia tenía más posibilidades de instaurarse con éxito. Sin embargo, el piel con piel duró diez minutos. El poco tiempo que compartimos al nacer. Cuando me subieron a planta y pude volver a verle el período sensitivo ya había pasado.
Me había informado tanto que no estaba preparada para una situación que no encajase dentro de lo que había leído. En las maravillosas guías que había manejado no se contemplaba la posibilidad de que tu hijo fuese separado de ti sus cuatro primeros días de vida.
Toda la información que tenía fue inútil, sabía lo que tenía que hacer si todo iba bien. Sin embargo, no tenía información sobre qué hacer si las cosas van mal. ¿Qué hacer si la situación no es la que esperas? De eso nadie te habla, para eso nadie te prepara.
La bofetada te las llevas directamente sin miramientos y en frío.
En cuanto me encontré un poquito mejor fuimos a la sala de neonatos, yo aún iba en silla de ruedas, seguía sin poder mover las piernas. Era sábado por la tarde y allí no había nadie que pudiese informarnos de que pasaba. Tan solo nos dijeron que había sufrido una hipoglucemia. Por ello, debía quedarse hasta el día siguiente en la unidad.
Yo quería tomarlo en mis brazos, ofrecerle el pecho. Estaba ansiosa por iniciar la lactancia. Pero me dijeron que no, que debía descansar. Le habían dado leche de fórmula enseguida para corregir la hipoglucemia, y debíamos esperar.
Decisión tomada sin consultarnos. No voy a entrar en si la decisión era adecuado o no porque no soy médico. Pero al menos merecíamos ser informados de ello. Todo esto en un hospital supuestamente amigo de los niños según la OMS.
Nos acercamos a la cuna. Mi peque dormía plácidamente en una cunita diminuta, tan diminuta como lo era él. Deseaba abrazarlo, besarlo, estrecharle entre mis brazos y decirle lo mucho que lo quería. Pero apenas pude hacerlo, según las enfermeras había que dejarlo tranquilo. Velamos su sueño y al rato nos marchamos, estorbábamos allí.
Hoy vivo la escena y me indigno de nuevo. Me enfado conmigo misma por no haber opuesto resistencia. Por no haberme quedado allí a su lado, me costó meses perdonarme. Pero estaba muy cansada, débil, después de tantas horas de parto, me dolía todo el cuerpo y nos sentíamos perdidos ante aquel giro inesperado. No estábamos preparados para este escenario que en nada se parecía al que habíamos planeado.
Volvimos a la habitación por un rato, una habitación en la que todo estaba preparado para recibir un bebé que no estaba. Ver la cuna vacía fue demoledor. Se nos cayó el alma a los pies. Solo queríamos tener a nuestro peque con nosotros y empezaba a hacerse dura la espera.
Descansamos un rato y volvimos. Nos dimos un nuevo susto. Tenía una vía conectada a su bracito y una serie de monitores que chequeaban todo el tiempo sus constantes vitales. De nuevo no entendíamos nada.
Preguntamos de nuevo y no supieron decirnos el porqué. Me prohibieron la lactancia hasta el día siguiente, hasta determinar su evolución. La persona que dio esta orden manejaba información desactualizada, ya que desde hace algunos años se estima que la leche materna es lo mejor para alimentar a los bebés con niveles de glucosa bajos.
Pero en aquel momento eso no lo sabía y cumplí con las indicaciones médicas. Tomé a mi peque en brazos, lo besé, lo hablé como siempre había hecho pero no le ofrecí el pecho. Nos marchamos a medianoche con la esperanza de tenerle a nuestro lado al día siguiente.
Ese fue nuestro primer día en neonatos: sin piel con piel, sin lactancia y sin apenas presencia materna. Se me rompe el corazón al pensar que no pudimos estar juntos en sus primeros días de vida. Sufro al pensar lo desorientado que debió sentirse ante un mundo nuevo y desconocido sin el cálido regazo de su madre.
Este fue solo el primer día, nos esperaban otros tres días llenos de sobresaltos y sinsabores. Pero para eso habrá que esperar al próximo jueves.
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por Rosa Martínez Marán | Feb 9, 2017 | Maternidad y Crianza Sostenible
Ya eres madre, enhorabuena. Has conseguido tu más preciado deseo. Tienes a tu pequeño en brazos y te preguntas si puedes ser más feliz. Es muy probable que nada pueda ser comparable a esa experiencia.
Sin embargo, nadie te ha contado que ser madre es el trabajo más duro que vas a realizar nunca, que no tendrás vacaciones ni días de descanso ni podrás despedirte del cargo cuando las cosas se pongan feas. Que no vas a poder salir corriendo y que es un hecho irreversible.
Y lo más importante: te va a enfrentar a lo mejor y a lo peor de ti misma.
¿Estás preparada?
Si somos sinceras, la mayoría no lo estamos.
No somos conscientes de la enorme responsabilidad que supone traer un hijo al mundo. Si reflexionásemos más sobre esta cuestión, la tasa de natalidad sería aún más baja de lo que ya es en países como España.
Claro que tampoco es que tengamos muchas posibilidades de conciliar, pero ese tema, lo dejamos para otro post.
Podemos dedicar también este espacio para hablar de los egoístas y manipuladores que son los bebés. Criaturas tremendamente frágiles pero que tienen la capacidad innata de saber latín desde que asoman la cabeza (llamémoslo ironía).
Pero no, hoy vamos a hablar de ti. De cómo te sientes y de la ambivalencia de sentimientos que implica la maternidad. Vamos a viajar al corazón de las tinieblas.
Tener un hijo te coloca en el mundo. Y si no lo hizo tras nacer, lo hará en los próximos años. No conozco a nadie a quien la maternidad no le haya cambiado y no me refiero a su estilo de vida, que es lo evidente.
Ya te habrás dado cuenta de que ser madre no es de color de rosa. Hay tinieblas y claroscuros que se ocultan bajo nuestro disfraz de madres perfectas (¡Cómo odio esta etiqueta! Defíneme perfecto).
Antes que madres fuimos niñas, antes que niñas, bebes y antes que bebés, pequeños fetos en desarrollo en el vientre de nuestras madres. Pero esto nuestra memoria lo ha olvidado y nuestros recuerdos comienzan a partir de los tres o cuatro años de edad.
Nosotros tenemos la capacidad de olvidar, pero nuestro cerebro más primitivo no olvida. Esta impronta está en nosotros, aunque no podamos recordarlo. Presente en nuestro subconsciente y es una pieza más de quien somos.
Robert Bly afirmaba que todos llevamos a cuestas una mochila: primero nos dedicamos los primeros veinte años a llenarla de todo tipo de experiencias y vivencias, después nos dedicamos a vaciarla el resto de nuestra vida.
La vaciamos porque nos pesa, porque obstaculiza nuestro camino y no nos permite crecer. La maternidad te enfrenta directamente con esta mochila, que según nuestra experiencia vital será más pesada o más liviana.
Ser madre te enfrenta a la niña que fuiste. El recuerdo o la imagen que tenemos de aquella época, en ocasiones, no nos satisface o nos hace sentir mal. Hemos acumulado mucha culpa, mucho resentimiento, desamor, heridas que no dejamos curar y miedos profundos, que no nos atrevemos a confesar.
Laura Gutman lo denomina sombra.
A la sombra la llamo yo tinieblas. Porque dentro de nosotras mismas aún existe una niña que quizás no fue todo lo amada que merecía o no recibió toda la atención que precisaba. Mis padres hicieron un gran trabajo criando cuatro hijos pero se equivocaron muchas veces en su papel de padres. A veces no es suficiente con querer.
Nos criaron con unas directrices que ya fuera por aplicación o por omisión están ahí como unos pilares rígidos que influyen en la forma en que abordamos la crianza. Es parte de nuestra mochila. Lo mejor que podemos hacer es enfrentarla, mirarla de frente. Por nosotras, pero también por nuestro bebé.
Habrá quien piense que no trae mochila, que no debe cuestionarse nada. Lo fácil es seguir a la manada y continuar haciendo las cosas como se han hecho toda la vida. Pero otra posibilidad, es mirar hacia adentro y preguntarte si de verdad lo haces porque crees que es lo mejor para tu hijo o si actúas por inercia.
HABLEMOS DE TINIEBLAS
Nos acechan ya desde la gestación.
Cuando estaba embarazada nadie quería escuchar lo mal que me sentía. Era obligatorio estar contenta y feliz, aunque estuviese de muy mala leche la mayor parte del tiempo. Parecía de muy mala educación expresar que no me gustaba nada el embarazo, que me sentía invadida e incomodísima. Sentía que había perdido el control sobre mi cuerpo.
Sin embargo, tocaba sonreír, porque si estás embarazada debes ser dulce, adorable y frágil como una encantadora postal de otoño. Como si llevar un bebé dentro nos convirtiese en niñas de repente y estuviésemos encantadas de volver a jugar a las muñecas.
Cuando entramos en el tercer trimestre nos asaltan las dudas sobre si seremos buenas madres (¡por Dios, que dejen de definir este concepto!).
Nos mata la inseguridad, creemos que no podemos, que nos viene grande, que necesitamos que alguien nos guíe. Claro que los niños no vienen con manual de instrucciones pero, ¿nos prepararon para ser padres?
Sí, vale. Fuimos a la preparación al parto. Pero, ¿después del parto qué? Sí, es verdad nos contaron como cambiar un pañal o como curar el ombligo. Pero alguien, te preguntó ¿qué tipo de familia quieres? o ¿cómo vas a educar a tu pequeño?.
Lo fundamental queda minimizado por lo irrelevante: lo material.
Nadie te preguntará qué estilo de crianza vas a seguir pero seguro que te preguntarán, una gran cantidad de veces, si ya tienes la habitación del bebé preparada, la cuna y mil objetos inútiles. Se preocuparán por el color de las paredes y por el moisés, pero no se interesarán por cómo te sientes o si estás preparada para los cambios que se avecinan.
Y así llegamos al final de la gestación. Sin espacio para la reflexión y sin un minuto para sentarse a pensar. De repente nos vemos con un bebé en los brazos que demanda de nosotras lo que no sabemos si podemos darle. Para colmo según el tipo de parto que hayamos tenido nos sentiremos física y psicológicamente peor preparadas para afrontar tantos cambios de golpe.
La familia que debería ser un soporte para la madre se convierte, a veces, en un suplicio, visitas interminables, consejos no pedidos, interferencias en el modo de crianza. Porque, hablemos claro, una vez que el bebé ha nacido la madre pasa a un segundo plano. Nadie se preocupa por ella, por cómo se siente. En ocasiones la mamá se encuentra mal por no sentirse extasiada de felicidad.
Pero de estas tinieblas nadie te habla: de lo duro que es el posparto, de las ganas de llorar sin motivo, de que tu bebé al principio es un extraño con el que vas a empezar a construir el vínculo más importante de tu vida, de que te sentirás cansada, triste, agotada, malhumorada y harta en más de una ocasión, de que no reconocerás tu cuerpo y te sentirás como una extraña dentro de ti misma.
El color rosa, para las películas, bienvenida a un mundo de matices.
Al principio, porque la dependencia es absoluta, más tarde porque no comerá lo suficiente o se enfermará con demasiada frecuencia. Cuando eres madre cualquier situación es susceptible de provocarte dolor de cabeza, aunque tus hijos hayan cumplido ya la treintena.
Sin embargo, ser madre es una gran oportunidad para crecer, evolucionar y aprender. Para conectar con nuestro yo, o como dice mi gran amiga Cristina Oliva, para curar esa herida primaria que llevamos inscrita en nuestra piel.
Es el momento de perdonar si es que sentimos que nuestros padres están en deuda con nosotros. Perdonar sus errores y perdonarte a ti misma aquello que hiciste mal. Ahora más que nunca entenderás a tu madre, el enorme esfuerzo que hizo por criarte en este mundo de locos.
Perdonar es un ejercicio liberador que te permitirá criar a tu hijo desde la paz contigo misma. Se trata de aligerar el peso de tu mochila, de disipar tinieblas, de reconectar con nuestra esencia.
Desde mi experiencia puedo decirte que el principio no fue fácil. Que hubo que empoderarse en algunos momentos, que tuve que aprender a gestionar mis tinieblas de forma más sana, que aprendí a conectarme con el estado emocional de mi bebé a fuerza de instinto, lectura, escucha y sentido común.
Dentro de ti está la capacidad de ser la madre con letras mayúsculas de tus hijos. En medio de tanto ruido, escucha la voz de tu naturaleza, aquella que te conecta con tu “yo”. Yo la escuché y decidí emprender este camino. Liberándome del peso que traía, perdonando y perdonándome, en un acto de generosidad y de amor propio.
Solo aligerando tu mochila lograrás que la mochila de tus hijos sea más leve y más etérea de lo que fue la tuya.
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Queremos conocerte y que te unas a nosotras, ¿estás preparada para la crianza que cambia el mundo?
por Rosa Martínez Marán | Ene 26, 2017 | Vida Sostenible
No puedo decírselo, ¿qué van a pensar de mí?… Que soy tonta… Que no sé defenderme… Sé que están enfadados conmigo porque he suspendido matemáticas y sociales. Me castigaron estas navidades sin salir y casi les doy un beso de la alegría, porque no quiero salir de casa. Hoy tuve un ataque de ansiedad en clase de química. Por supuesto, el grupito de siempre, se reía. Se burlaban mientras yo no podía respirar. Últimamente siento que me ahogo, como si no dejase de tragar agua. Me hundo, como cuando atas a un objeto un montón de piedras y esperas pacientemente que se hunda en el fondo del mar. No quiero que llegue mañana porque otra vez volverá a repetirse lo mismo, una y otra vez. ¿Es qué nunca se cansan? Me gustaría echar a correr, ser por un rato invisible o simplemente desaparecer.
Este pequeño fragmento trata de reproducir los sentimientos de un niño acosado. Es ficticio, pero los sentimientos y emociones expresados en él son reales. Son los mismos que muchos chicos sufren en silencio porque no se atreven a contarlo o porque cuando lo hacen, se encuentran en el desamparo más absoluto.
El acoso escolar es una de las mayores preocupaciones de los padres. Si realizamos en Internet la siguiente búsqueda: «cómo detectar que mi hijo sufre acoso escolar«, aparecen 63.900 resultados. Ante semejante aluvión de datos cabe preguntarse si los padres están de verdad informados y si es un tema del que se habla con franqueza. A algunos padres les preocupa que su hijo no sea acosado pero les importa poco si es un espectador pasivo o si él es un agente implicado en una situación de acoso.
¿Pero qué es el acoso? ¿Por qué se produce?
El acoso escolar, también denominado Bullying, puede definirse según la Fiscalía General del Estado, como una conducta de persecución física y o psicológica que un alumno ejerce sobre otro al que escoge como víctima de sus burlas o ataques. La persecución puede consistir en amenazas, insultos, vejaciones, burlas, agresiones físicas o el aislamiento deliberado de la víctima.
Una característica muy importante es que existe un desequilibrio de poder entre el acosador y el acosado, es decir, no están en igualdad de condiciones. Una serie de circunstancias como la propia presión del grupo, la edad de los acosadores, la popularidad del acosador o la discapacidad de acosado favorecen el abuso de poder.
El acoso escolar es una conducta continuada en el tiempo que puede durar incluso años. Si no somos hábiles en detectarlo y se cronifica en el tiempo, puede dejar secuelas importantes en los menores acosados.
Es un tema muy serio, el hostigamiento es consciente e intencionado por parte del acosador que sabe perfectamente que hace daño. Precisamente eso es lo que busca: dañar.
Desgraciadamente el acoso sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad. La vergüenza, el qué dirán o una mal entendida idea de lo que son juegos de niños, minimizan una situación muy grave que puede derivar en una agresión física o en un intento de suicidio en casos extremos. Precisamente son estos casos los que saltan a la prensa, los más extremos.
El acoso produce un enorme desamparo en los menores que lo padecen, por ello debemos estar concienciados y tener herramientas que nos permitan afrontarlo de una forma adecuada y tajante desde todos los frentes: padres, profesores y alumnos.
La gran pregunta es, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos detectar que nuestro hijo sufre acoso escolar?
A continuación te voy a dar una serie de indicadores que pueden ayudarte a sospechar si tu pequeño puede estar sufriéndolo.
1.- Un repentino cambio de carácter
Es una de las señales más llamativas. A ningún padre que conozca a su hijo se le debería pasar por alto determinados comportamientos. Si tu hijo hasta ahora ha sido un chico alegre y de pronto se siente triste y taciturno, pregúntate por qué.
Estos cambios pueden ser confundidos por los progenitores por las variaciones típicas de la adolescencia. Sin embargo, si no indagamos es posible que nos estemos perdiendo algo. Por ello, ante cualquier cambio repentino en la personalidad de nuestro hijo, debemos preguntar e indagar.
No nos dejemos convencer con la primera excusa.
2.- No quiere hablar
No quiere hablar del instituto ni de sus compañeros. Parece que nunca tiene nada que contar.
El silencio es un lugar muy cómodo donde esconderse cuando uno no quiere comunicar. Sin embargo, el silencio comunica y puede ser muy escandaloso. Si hasta ahora tu hijo siempre te ha contado las cosas y ahora esquiva tus preguntas o te contesta con monosílabos, es evidente que algo pasa.
3.- Irritabilidad
De repente, está enfadado con el mundo. Se siente irritado y contesta mal cuando se le habla o se le pregunta. Puede incluso manifestar alguna conducta autodestructiva.
Te lo está diciendo, literalmente, a gritos.
4.- Falta a clase
El absentismo puede ocultar su miedo a ir al centro escolar.
Las faltas llegarán a través de mensajes de texto o llamadas del centro. Tu hijo tratará de justificar las faltas aludiendo a pretextos como: me he dormido, no oí el despertador, me sentía enfermo, he dormido muy mal, estoy cansado, creía que nos íbamos de excursión y no me apetecía y un largo etcétera de excusas de dudosa credibilidad.
Las faltas de asistencia reiteradas en un alumno que hasta ahora no ha faltado nunca son una señal de alarma, clarísima, sufra o no acoso.
5.- Odia el instituto
Claro que los chicos pueden percibir el colegio como una cárcel si se sienten inadaptados dentro de él.
Sin embargo, resulta muy chocante que un niño que hasta ahora ha disfrutado del colegio y que siempre ha ido con buena disposición de repente se niegue a ir. Es una razón lo suficientemente potente como para averiguar el porqué.
6.- Se muestra muy distraído
Los profesores se quejan de que apenas presta atención o participa en clase. En casa sus padres también perciben a su hijo distraído, con la mente en otra parte.
Puede que pierda objetos de valor con demasiada frecuencia y además no da una explicación convincente de cómo los perdió. Un móvil roto o una prenda deteriorada nos pueden poner sobre aviso.
Claro que no todos los chicos distraídos sufren acoso, pero si no es una característica del carácter de tu hijo, merece la pena investigar sus reiterados despistes.
7.- Sus notas caen en picado
A algunos padres suelen preocuparles mucho las notas, yo diría que demasiado. Sin embargo, prestan poca atención a cómo se sienten sus hijos, sus emociones están siempre en un segundo plano. Si algo le está pasando y no sé siente bien no puede rendir en los estudios.
Que un buen estudiante empiece a suspender sin razón aparente es muy relevante, habría que buscar el porqué y no machacarle por los resultados. Agobiar al chico con castigos por los suspensos solo agrava el problema de fondo y añade más presión.
8.- Desmotivación
De pronto nada le interesa, solo quiere estar en su habitación. Ya no quiere ir a sus clases extraescolares y su deporte favorito ha perdido el atractivo. Lo que antes le apasionaba ahora le aburre o no parece interesarle.
Por supuesto que los chicos pasan por épocas en las que puede ser habitual cierta desmotivación. Pero una falta de interés por absolutamente todo es una señal de alarma muy clara.
9.- Aislamiento
Llega el fin de semana y se queda en casa viendo la televisión. De repente, no quiere quedar con los amigos. Ya no le llaman por teléfono o vienen a buscarle la tarde de los sábados.
Lo que no te cuenta es que tiene miedo de salir a la calle.
10.- Se pone enfermo constantemente
Un chico que sufre un acoso continuado en el tiempo puede llegar a enfermar debido a la ansiedad que le produce enfrentarse diariamente a sus acosadores. Por esa razón, tenderá a somatizar.
Las alteraciones pueden ir variando y nos pueden llevar a sospechar. Entre los síntomas más comunes y que debemos escuchar están:
– Dolores de cabeza.
– Insomnio
– Malestar al levantarse por las mañanas.
– Problemas gastrointestinales, como dolores de estómago, vómitos, diarrea o inapetencia.
Debemos ser conscientes de que no está fingiendo, realmentemente se siente muy mal.
11.- Tiene ansiedad
De pronto, siente que se asfixia. Se queja de opresión en el pecho, sufre palpitaciones y temblores. Se marea con frecuencia.
Son datos que revelan que algo grave está sucediendo. La ansiedad siempre la provoca alguien o algo. Es una llamada de auxilio directa.
Independientemente de que tu hijo sufra acoso o no, la ansiedad es un síntoma lo bastante grave como para tomar medidas y tratar de detectar por todos los medios qué le provoca ese trastorno.
Estas señales pueden darse todas juntas o solo algunas.
Por supuesto, que también pueden relacionarse con algún otro conflicto o problemática adolescente. Sin embargo, son indicios que nos pueden poner sobre la pista a padres y educadores.
La observación, el conocimiento y el diálogo son tres poderosas armas que podemos y debemos utilizar a nuestro favor. Si creas un clima de confianza y respeto es muy probable que tu hijo se abra y te cuente qué está pasando. Pero si no lo hace contigo, es posible que lo haga con algún otro miembro de la familia.
Lo importante es destaparlo, ponerle nombre y buscar soluciones lo antes posible.
Así que abre bien los ojos y escucha.
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