por Rosa Martínez Marán | Oct 25, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
Mi aborto bioquímico: el hijo que no nacerá, es el titulo que he escogido para este post que es uno de los más personales que he escrito últimamente. Me ha llevado meses estar preparada para contarlo, hay vivencias que es necesario que reposen con el tiempo. Mi objetivo es compartir mi experiencia, pero también ofrecer información que sea útil y valiosa.
Hoy hablaremos del aborto bioquímico, de sus causas y del duelo que supone asumir que no serás madre de nuevo, al menos no dentro de unos meses. ¿Qué vas a encontrar en esta entrada? Mi experiencia personal e información sobre la cuestión. No obstante, tienes el índice para guiarte por el post y que te sea más fácil la lectura.
La muerte gestacional
El pasado 15 de octubre fue el Día internacional de la muerte gestacional, ese enorme abanico que abarca desde la pérdida en las primeras semanas de embarazo hasta los primeros días de vida de un bebé. La efeméride tiene como objetivo visibilizar un tema sobre el que existe un gran tabú y un gran silencio. Se trata de la gran olvidada dentro de la salud obstetricia.
Es importante que haya un día que nos recuerde que hubo unos niños que no nacieron por la biología, las circunstancias ambientales o lo que fuera que hizo que no llegasen a nacer, ni siquiera a crecer más allá de unas pocas semanas. Para los padres que los esperaban si existieron, existirán siempre.
Cuando se produce un aborto, sea bioquímico o sea en un momento más avanzado del embarazo, la situación se envuelve en un enorme silencio que puede llegar a ahogar a la mujer que ha sufrido la perdida. Algunas personas del entorno obvian lo que ha sucedido y otras simplemente tratan de consolar con comentarios poco afortunados restando importancia al hecho. No consuela que te digan que eran solo unas células o que tendrás mas hijos porque un hijo jamás sustituye a otro. Estos comentarios nada empáticos suelen hacer más profundo tu dolor.
Pocas veces se habla abiertamente y de forma respetuosa de la pérdida gestacional. Nadie quiere tratar este tema porque resulta muy doloroso, así que es mejor echar un montón de tierra encima a ver si con suerte se olvida o fingir que no pasó, que nunca existió ese embarazo y que no existe ninguna perdida que lamentar. La pérdida gestacional implica siempre sufrimiento, en todas las circunstancias. Así que debemos tenerlo en cuenta cuando alguien de nuestro entorno pasa por esta situación.
Y ahora sí, voy a contaros mi vivencia con el objetivo de que mi testimonio te ayude si te ves en esta misma situación o si tienes alguna mujer cercana en tu entorno que esté pasando por lo mismo.
Mi aborto bioquímico
Si sigues este blog con regularidad, sabrás que en marzo me fui de viaje fin de curso con mis alumnos a Lanzarote. En el post Cómo mantener la lactancia si tienes que viajar por trabajo, ya lo contaba. Lo que no narré en ese post es que cuando me fui a las Islas Canarias ya estaba embarazada de pocas semanas, aunque lo desconocía.
Fue al volver a Madrid y contar los días desde mi anterior período que me di cuenta de que mi retraso era más largo de lo que pensaba. Y yo me notaba también extraña, intuía que podía estar embarazada de nuevo.
Estábamos embarazados
Hicimos la prueba a principios de semana santa, entre temerosos por llevarnos una nueva decepción y esperanzados por si esta vez resultaba ser un positivo. Para poneros en situación tengo que aclararos que llevamos buscando un embarazo desde hace ya más de año y medio. En ese tiempo nos habíamos hecho alguna que otra prueba cuando había tenido un retraso largo y todas hasta este momento habían dado negativo.
La prueba no dejaba lugar a dudas, era un positivo clarísimo. ¡Estábamos embarazadísimo! Según mis cálculos de aproximadamente 5-6 semanas.
No podíamos sentirnos más contentos y felices. Durante esos días no dejamos de sonreír y de planear el futuro. Tomé cita con mi ginecóloga, con la matrona, pensamos cómo nos íbamos a organizar en casa cuando llegase el peque, contamos las semanas y calculamos la fecha probable de parto. La maquinaria se puso en marcha sin apenas darnos cuenta. Nosotros estábamos preparados para recibir a un nuevo miembro en la familia y se había iniciado la cuenta atrás.
La ilusión se desvanece
Sin embargo, no siempre los embarazos llegan a buen puerto. Las estadísticas así lo dicen, aunque no consuela formar parte de una estadística. Nuestra felicidad se desvaneció como un espejismo y la alegría nos duró aproximadamente una semana. Lo vivimos con intensidad, con optimismo y con los cinco sentidos. Al menos durante unos días construimos un futuro en el que éramos cuatro.
Un par de días antes de tener la hemorragia note que manchaba un poco rosa, una pizca casi imperceptible y nada reseñable. Con el Vikingo, me había pasado algo parecido pero previo al momento en que tenía que bajarme el período. En este caso, la mini-mancha aparecía en un momento en el que ya no tiene sentido pensar en un sangrado de implantación.
La visita al hospital
Estuve mosqueada un par de días, pero no parecía que la cosa avanzase, aunque la leve manchita no desaparecía. No obstante, el lunes, me levanté sangrando. En un principio parecía un pequeño sangrado, pero según fueron pasando las horas fui notando que aumentaba poco a poco. Me asusté, porque sabía lo que significaba.
Ese día era nuestro último día de vacaciones antes de volver al trabajo y teníamos planeado hacer una serie de gestiones en Madrid. Le pedí a Papá Idiota que me llevase a urgencias y que se fuese él con el peque a hacer los recados pendientes. Aceptó a regañadientes, pero me dejó en el hospital.
Estuve allí aproximadamente toda la mañana. En consulta me examinaron y me hicieron una ecografía, pero no fueron capaces de ver nada con claridad. No se veía el saco gestacional pero tampoco descartaban que estuviese ahí. Sí me confirmaron lo que ya sabía, que estaba embarazada.
La doctora que me atendió fue bastante cruda: “Estás embarazada, pero es posible que estés dejando de estarlo. Con toda probabilidad estás sufriendo un aborto bioquímico”. No se puede ser más directa.
Me aconsejo reposo absoluto y repetirme la prueba de embarazo una semana después. Por supuesto, no me explicó que era un embarazo bioquímico ni por qué se había producido. En urgencias no hay tiempo para eso, va todo muy rápido. Antes de darme cuenta ya estaba en la calle con mi nudo en el estómago esperando a que Papá Idiota pasase a buscarme.
¿Qué es un aborto bioquímico?
Es la primera pregunta que me hice y la búsqueda que puse en Google mientras esperaba. Durante esos días leí mucho sobre la cuestión para comprender lo que me había sucedido y porqué.
Un aborto bioquímico es un embarazo que termina prematuramente a las 5-6 semanas de gestación. Existe fecundación entre el óvulo y el espermatozoide y su implantación en el útero. La hormona Gonadotropina coriónica humana (HCG) empieza a segregarse en el momento de la implantación y es la responsable del positivo en la prueba de embarazo.
El problema es que a pesar de la implantación en el útero el desarrollo del embrión no prospera y al final es expulsado por el cuerpo. Este tipo de embarazo no suele dejar un registro ecográfico como me sucedió a mí, nunca llegan a verse porque su desarrollo se interrumpe antes. No obstante, eso no significa que no haya existido.
¿Por qué se produce?
Existen muchas razones, pero ninguna de ellas es concluyente. En internet puedes encontrar un gran número de páginas que repiten la misma información. Se supone que sobre estas causas existe un acuerdo y unos porcentajes, pero no son más que eso. En un porcentaje muy alto de los casos no se sabe porque se produjo el aborto bioquímico.
Te enumero algunas de las razones:
- El feto sufre alguna alteración del ADN. ¿Posibilidad de ser confirmado con análisis? Ninguna, porque ni siquiera el embrión es detectable en ecografía. Es un buen argumento para consolarnos de una perdida, pero poco más.
- La alteración genética del óvulo. Esta razón parece más convincente o al menos susceptible de ser probada con un examen de nuestra reserva ovárica. La calidad de los óvulos es fundamental para que el embarazo siga adelante, un óvulo de mala calidad puede contener alguna anomalía cromosómica, afectar al desarrollo del embrión y producir fallos de implantación que acaban en aborto.
- La alteración genética del espermatozoide. Esto se ha estudiado bastante menos pero cada vez tiene un papel más relevante. Ahora se cree que este tipo de alteraciones pueden provocar embriones con anomalías cromosómicas que al final no se desarrollan y terminan en aborto. Un estudio de la Universidad de Utah en EEUU investigó sobre los abortos espontáneos y llegó a la conclusión de que 1 de cada 5 estaban causados por anomalías genéticas del espermatozoide.
- El útero de la madre presenta alguna anomalía. Si es tu caso probablemente lo sepas desde hace tiempo porque se detecta en pruebas diagnósticas como la ecografía o la resonancia magnética.
- Alteraciones hormonales. Las alteraciones tiroideas son las más habituales. El hipotiroidismo encabeza el ranking de patologías susceptibles de provocar un aborto. La diabetes no controlada o diagnosticada también puede elevar las posibilidades de sufrir un aborto bioquímico. Otras patologías hormonales susceptibles de afectar al embarazo son la resistencia a la insulina y la insuficiencia de la fase lútea que está relacionada con el déficit de progesterona.
- El estilo de vida de la madre. Esta razón es como un cajón desastre en donde cabe absolutamente todo. Desde lo más básico como consumir o no café, causas relacionadas con el abuso de sustancias como el alcohol o el tabaco, hasta el estrés crónico.
- Causas ambientales. No están confirmadas porque no hay estudios epidemiológicos que analicen si la contaminación ambiental y la exposición a productos tóxicos están directamente relacionadas con el aborto bioquímico. No obstante, me parecía necesario incluirlas entre las causas ya que la comunidad científica empieza a alertar de los peligros de la infertilidad femenina y masculina por exposición a sustancias tóxicas como los disruptores endocrinos o los ftalatos.
La espera
Volvimos a casa abatidos, aunque con una mínima esperanza de que el embarazo siguiese adelante. Según fueron pasando las horas mi sangrado fue aumentando y yo me fui sintiendo peor física y anímicamente. Estuve sangrando aproximadamente una semana, creía que no acabaría nunca. Mi sangrado fue bastante abundante teniendo en cuenta que mis reglas son ligeras y suelen durarme entre 3 o 4 días. Además notaba mucho malestar en la parte baja del abdomen.
En el centro de salud me dieron la baja médica y me hicieron un nuevo test de orina que reveló que aún había presencia de hormona Gonadotropina coriónica humana (HCG), aunque ya debilitándose. A la semana repetimos la prueba de embarazo y salió negativa, lo que suponíamos.
En aquellos días que tuve que quedarme en casa en reposo pensé mucho en lo que me estaba sucediendo y el porqué. Observé y escuché a mi cuerpo y supe que estaba sufriendo un aborto.
Medité casi todos los días porque lo que más necesitaba en ese momento era fluir con lo que me estaba sucediendo y aceptarlo tal y como había llegado. No era el final que esperábamos, apenas era un principio, pero no servía de nada luchar contra ello o negar lo que era evidente.
¿Cómo me sentía?
Muy triste y decepcionada. Nos había costado más de un año quedarnos embarazados y teníamos que empezar otra vez de cero. Haberlo conseguido y haberlo perdido nos dejó hechos polvo. Supongo que habrá quién pensará que apenas estuvimos embarazados una semana que es muy poco tiempo para sufrir o para encariñarse con el truncado bebé. Siempre hay alguien que se permite el lujo de opinar gratuitamente.
Desde un punto de vista racional una puede interpretarlo así, al fin y al cabo, solo fue una semana. Desde el punto de vista emocional la cosa cambia. Es tu sentimiento y en esa montaña rusa de emociones hay mucho más que un embarazo de 6 semanas: hay ilusiones, expectativas, esperanzas, deseos…
Esto se muere al menos un poquito con ese bebé que ya no nacerá. Estuve durante muchas semanas muy triste, con una energía vital muy bajita. No podía evitar sentirme abatida y pensar que posiblemente fuese la última oportunidad de ser madre de nuevo.
Oigo de nuevo la voz de los opinólogos diciendo: “No, mujer. No seas catastrofista”. No, soy realista que no es lo mismo.
Mis problemas de fertilidad
Mi perspectiva se ensombrece cuando pienso en las pocas probabilidades de embarazo que tengo. En uno de los primeros post que escribí, No podrás tener hijos de forma natural, hablaba precisamente de mis problemas de fertilidad. Tengo baja reserva ovárica, así que la probabilidad de quedarme embarazada de forma natural es más bien escasa.
Acabo de cumplir 40 años. Si mi fertilidad con 35 años estaba mermada no me quiero imaginar cómo estará cinco años después. Sé que las perspectivas de ser madre de nuevo son cada vez más lejanas. Me entristece pensarlo, no obstante, no me rindo ni tiro la toalla. De hecho, mi ginecóloga aún no lo ha hecho.
Unas semanas después de mi aborto acudí a consulta con mi ginecóloga, esa primera cita que iba a ser sobre el embarazo sirvió para revisar que todo estaba en orden. Lo había expulsado todo y mi útero estaba limpio, incluso estaba volviendo a ovular, lo que era una gran noticia. Aunque mi ginecóloga sabe que tengo todos estos problemas, (me conoce desde hace muchos años) se mostró optimista. Ella me dijo algo a lo que me he agarrado todos estos meses y que mantiene nuestra esperanza: “Si has podido quedarte embarazada esta vez, es que puedes quedarte embarazada de nuevo aunque tu reserva ovárica esté mermada”.
Abortos de repetición
Otra cuestión que tratamos en la consulta es que posiblemente este no sea el único aborto bioquímico que haya sufrido. Le comenté que tenía esa sospecha desde hace tiempo porque ese tipo de sangrado, ya lo he experimentado antes. La diferencia es que el retraso había sido de unos pocos días y no me había realizado una prueba de embarazo que confirmase ese supuesto.
El aborto bioquímico puede confundirse a veces con un retraso en la menstruación. Cuando sufres un aborto la sangre es muy abundante y tiene un color rojo brillante que en nada se parece al de la menstruación habitual. Esa fue la razón de mis sospechas, ese sangrado diferente que he notado otras veces tras un retraso.
¿Se puede repetir el aborto en un futuro?
Sí, por desgracia. Este pasado mes de septiembre volví a tener un retraso de unos días y cuando bajo la regla tenía ese color rojo brillante característico y me duro como unos seis días. No lo he corroborado con una prueba de embarazo, pero viendo el sangrado no necesito más confirmación.
Tengo 40 años y eso significa que mi probabilidad de aborto se ha intensificado. Yo me siento joven y mejor que nunca. No obstante, mi reserva ovárica está disminuida y mi edad juega en mi contra. Soy parte de la estadística que indica que más de la tercera parte de mis embarazos acabarán en aborto. La probabilidad de aborto en mujeres de más de 40 años oscila entre un 51-75%, así que en este camino es posible que si vuelvo a quedarme embarazada de nuevo sufra un aborto.
Mi decisión
Mi ginecóloga me ofreció la posibilidad de hacer un estudio de fertilidad y confirmar mis sospechas. También me sugirió que volviésemos a plantearnos pasar por una clínica de fertilidad e intentar una Fecundación In Vitro (FIV). Sin embargo, por el momento he decidido dejar el tema en suspenso y no forzar un embarazo.
Por supuesto, esta es mi decisión personal que no tiene porque ser tu decisión. Se trata de un tema muy personal que cada una de nosotras vive de una forma diferente. Yo he decidido no someterme a una FIV para tener otro hijo porque personalmente no me compensa pasar por el proceso.
No quiero que mi vida gire en torno a un nuevo embarazo, me volvería loca si fuese así. No quiero obsesionarme con el tema y perder un tiempo precioso para disfrutar de mi familia. Una de las cosas que la vida me ha enseñado es que hay que fluir con nuestros pensamientos, con nuestros sentimientos y con nuestro ser, es la única forma de alcanzar el equilibrio.
Me encantaría tener otro hijo, por supuesto. Seguiremos intentándolo un tiempo, también. Pero no voy a dedicarle más tiempo y energías a comerme la cabeza con el futuro. Si tenemos otro hijo estupendo y si no lo tenemos también.
Deseaba ser madre y lo he sido. Ya conseguí mi propósito, es mucho más de lo que muchas parejas consiguen. Todo lo que venga a partir de entonces es un regalo, pero no es imprescindible para nosotros. He decidido no sufrir por el hijo que no tengo o que no sé si llegará y he decidido invertir mi tiempo y mi energía en algo mucho más tangible y real, el hijo que sí tengo y que me necesita al 100% por y para él.
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por Rosa Martínez Marán | Sep 20, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
¿Cómo llegar a ser una madre resiliente? En el post de hoy vamos a tratar de contestar a esta pregunta. La Resiliencia se ha puesto de moda, no obstante, es una herramienta de supervivencia que ha existido siempre.
Mi madre ha sido una mujer resiliente toda su vida aunque ella no sepa el significado de esta palabra ni le importe. Su actitud positiva y su forma de encarar el día han sido un ejemplo constante para mí. Nunca se ha rendido ante las adversidades y siempre ha visto el lado positivo de cada una de las situaciones a las que ha tenido que enfrentarse en su vida.
Sé que su influencia ha sido muy positiva para mí, al igual que otros factores que han determinado que hoy sea una madre resiliente, que cree en sus capacidades y que es capaz de enfrentarse a las dificultades con una sonrisa.
Me he enfrentado a muchas situaciones en mi vida que han puesto a prueba mi Resiliencia y de todas ellas he salido fortalecida, entre ellas un Arnold Chiari de tipo I, mis problemas de fertilidad, mi lucha para no parir por cesárea a mi hijo o mis problemas con la lactancia.
Te animo a leer Yo parí con un Arnold Chiari y Así logramos el enganche al pecho a las tres semanas de nacer. Estos dos post son dos capítulos de mi historia, en ellos la Resiliencia cobra un papel determinante.
¿Cómo llegar a ser una madre resiliente?
La Resiliencia puede hacer mucho por nosotras desde cualquier punto de vista. Seas madre o no, ser resiliente te prepara para encarar los contratiempos con una actitud positiva. Esto nos anima a luchar a buscar soluciones por nosotras mismas en todos los ámbitos de la vida.
Se trata de una virtud universal íntimamente ligada a nuestra supervivencia. En ella encontramos elementos biológicos, psicológicos y sociales. No es un atributo excepcional restringido, cualquier persona puede llegar a ser resiliente si entrena su capacidad de logro, aumenta su autoestima y e inicia un camino hacia la introspección.
Una de las cosas que más me fascinan de la Resiliencia es que nos ofrece la posibilidad de cambiar, de crecer y de evolucionar. Se trata de un instinto de supervivencia que todos tenemos y que nos impulsa a buscar la mejor solución. Por supuesto, la Resiliencia se entrena, implica un proceso de crecimiento personal. Quizás nunca te lo planteaste pero ahora que ya eres madre es el mejor momento para ponerte en marcha.
Es evidente, si queremos tener hijos resilientes tenemos que serlo nosotras primero.
¿Qué es la resiliencia?
El concepto proviene del campo de la física. Puede definirse como la capacidad de algunos metales para chocar con otros sin fracturarse o partirse.
En la década de los 50, hace ya bastante más de medio siglo empezó a estudiarse este concepto aplicado al campo de la psicología. Los padres de la resiliencia son: Michael Rutter a quién le debemos el concepto y a Boris Cyrulnik que con su ensayo Los patitos feos: la resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida, sienta las bases de lo que será la Resiliencia.
La Resiliencia se define como la capacidad para superar las dificultades o los obstáculos de la vida sin quedarse anclada en el sufrimiento o en el dolor. La habilidad para salir con éxito de esa vivencia y sentirnos fortalecidas.
Esta definición no implica que no haya dolor, ni sufrimiento al enfrentarnos a una situación desagradable o a un problema de difícil solución. Claro que hay sufrimiento, pero tras una etapa de parálisis o de bloqueo la persona es capaz por sí misma de salir con éxito de esa vivencia y superarla. En ocasiones, por que ha vencido la enfermedad, por ejemplo, un cáncer; en otras porque ha aceptado y se ha reconciliado con aquello que no puede cambiar, la enfermedad crónica, por ejemplo.
Una infancia infeliz no determina el futuro
Los trabajos de Emmy Werner y Ruth Smith, dos psicólogas especializadas en el desarrollo infantil, marcaron un antes y un después en el concepto de la Resiliencia humana. Sus primeras investigaciones empezaron con niños pequeños, analizando su entorno y determinando factores de riesgo que podían predecir su inadaptación en la vida adulta. La gran sorpresa fue que un buen número de estos niños desfavorecidos y en riesgo se convirtieron en adultos perfectamente integrados en la sociedad y con una vida feliz.
Durante mucho tiempo se pensó que estos niños eran excepcionales, que estaban hechos de una pasta especial que los hacia invulnerables a la desgracia. Más tarde, se descubrió que no eran tan excepcionales, sino que habían desarrollado una serie de capacidades normales que les habían protegido del infortunio.
Una de las características que les había protegido era la capacidad de establecer vínculos afectivos con adultos de su entorno. El hecho de sentirse queridos, aunque solo fuese por una persona, fuese un solo progenitor, un cuidador o un profesor había tenido un efecto tan positivo que había contrarrestado el resto de factores negativos.
Estas investigaciones abren una puerta a la esperanza y nos alejan del determinismo. Por duras que sean las circunstancias en las que un niño se cría o sale adelante existe una posibilidad de que pueda desarrollarse de una forma sana. Por complicada que haya sido tu vida de niña, puedes y debes cambiar tu destino.
La fragilidad humana
Cuando más duro es un material más frágil es en realidad ya que es más fácil que se fracture. Cuanto más rígidos sean nuestros esquemas de pensamiento más difícil será para nosotras adaptarnos a una situación o buscar una solución creativa a un problema. La rigidez juega en nuestra contra.
La rigidez nos hace frágiles como a algunos metales y es necesario romper con ese agarrotamiento para encarar la vida de una forma más flexible. Debemos aceptar que el mundo está en constante cambio, al igual que las personas. El cambio es adaptativo y necesario para evolucionar.
Ni podemos quedarnos anclados en el pasado, ni podemos añorar lo que ya no puede volver a ser. Somos seres frágiles en tanto que estamos en este mundo por un tiempo limitado aunque vivamos para una falsa eternidad.
La adversidad es parte de la vida
La adversidad es parte de la vida, aunque en el mundo superfantástico y seguro en el que vivimos traten de convencernos de lo contrario. Los anuncios de coches redundan en la seguridad de conducir una máquina perfecta. No tendría mucho sentido vender el coche junto con las estadísticas de siniestralidad de cada modelo. Más de un comprador convencido cambiaría de opinión.
Con la maternidad sucede algo muy similar. Esperamos al bebé sonrosado y dormilón que hemos visto cientos de veces. Luego la realidad, es la que es, nuestro bebé es más bien delgado, le cuesta coger peso y no duerme apenas. Adiós bebé del Corte Inglés, Bienvenida al mundo real.
Una madre puérpera alterada por las hormonas del parto debe enfrentarse a retos desconocidos. Entre ellos la demanda las 24 horas del día del bebé, la falta de descanso y el llanto inconsolable de su hijo.
En realidad, somos nosotras las que lloramos porque nos sentimos perdidas y profundamente solas, enfrentadas a una situación que añorábamos pero que en muchos momentos nos supera. Por suerte, esta situación de caos dura unas cuántas semanas hasta que empezamos a amoldarnos a la nueva situación y vamos estableciendo los lazos afectivos con nuestros hijos.
La lactancia es un reto que puede ser más o menos asequible en función de una serie de factores como el tipo de parto, la edad gestacional de nuestro bebé, si somos primerizas o no, etc. Una madre reciente tendrá que poner a prueba toda su Resiliencia para conseguir una lactancia exitosa. Porque en los libros de lactancia que leíste y en las charlas que escuchaste antes de parir nadie hablaba de dificultades y dar el pecho era tan sencillo como prepararse un café.
Conseguir lactar a tu bebé se convierte en un objetivo que será más fácil si tengo entrenada mi capacidad de logro. Yo lo viví en mis propias carnes y fue gracias a mi voluntad y esfuerzo que conseguí dar el pecho a mi hijo. No lo hubiese logrado sino hubiese confiado en mí y no hubiese sido resiliente.
Los lazos afectivos fuertes nos hacen resilientes
Por supuesto, no lo logré sola, si mi pareja no hubiese estado a mi lado no lo hubiese conseguido. Sin personas en mi entorno como mi matrona, mi asesora de lactancia o mis amigas el camino hubiese sido más difícil y es posible que hubiese podido desesperarme en más de un momento.
Las personas resilientes piensan en los demás, los tienen presentes y tratan de ayudarlos en lo que pueden. Por supuesto, esto supone un enorme ejemplo para sus hijos. Mi madre todavía recuerda aquella lavadora que compró con unos ahorros y en la que permitía que lavasen la ropa todas sus vecinas. Eran otros tiempos, tener una lavadora era entonces todo un lujo. Ninguna podía comprar una lavadora y a mi madre le daba pena verlas lavar a mano todos los días, así que decidió compartir la suya durante años. Este gesto generoso la convirtió en alguien muy querido y valorado en su comunidad.
Las madres resilientes no solo refuerzan sus lazos con las personas de su entorno, lo hacen en especial con sus hijos. En primer lugar, por medio del cariño. Se dejan llevar por su instinto y besan y abrazan a sus hijos todo lo que sea necesario o lo que a ellas les apetezca.
No piensan que el amor daña, sino que apuestan por el amor incondicional sin reservas.
Demostrar el amor es adaptativo
En más de una ocasión me han preguntado si hay algún problema por besar o abrazar a nuestros hijos constantemente. Si no les molestamos con tanto achuchón o demostración cariñosa. Y siempre respondo lo mismo, tu instinto es quien te habla y quien te dice que abraces que beses y que acaricies. ¿Por qué escuchar otras voces distintas a la tuya? ¿Por qué no creer en ti y en lo que sientes?
Somos una especie como millones de años de vida, los instintos siguen siendo muy poderosos, si hemos sobrevivido como especie durante tanto tiempo no será porque dejáramos a nuestros niños llorar, ni porque los dejásemos durante horas en una cuna. De hecho, adaptativamente hubiese sido la opción menos inteligente ya que un depredador podría atacar a nuestro bebé.
No tenemos más que observar a otro mamífero, como se ocupa de sus crías, como no se separa de ellas. ¿Por qué entonces vemos normal no coger a los niños en brazos? Por supuesto, nuestro bebé no está preparado para entender que ha llegado a un mundo seguro, su respuesta adaptativa es la de alerta y temor cuando su figura de apego no está presente. Mamá es seguridad, ausencia de mamá es angustia. Es simple y adaptativo.
Por eso debemos mantener la conexión emocional con nuestros pequeños y demostrarles el cariño incondicional. No hay nada que calme más a un bebé que una caricia o que un abrazo. Pero no solo a un bebé también a un niño, a un adolescente o a un adulto. Menospreciamos el valor del cariño y desde luego no hay motor más poderoso para mover nuestra voluntad y obtener alivio y consuelo.
Así que besa y abraza a tus hijos, el amor no malcría. Lo que daña es la indiferencia y la frialdad. Si les demuestras amor incondicional, les hará resilientes.
Escucha a tus hijos
Los lazos afectivos también se refuerzan escuchando y acompañando a nuestros hijos en sus diferentes etapas o procesos vitales. La escucha activa es tan poderosa que hace los problemas parezcan menos graves al verbalizarlos. ¿No te ha pasado a ti alguna vez? Has formulado el problema ante alguien y de pronto das con la solución.
Escuchemos lo que tienen que decirnos y no devaluemos sus palabras porque sean niños. De hecho, los niños son capaces de enfrentarnos directamente con nuestras contradicciones con una inocente pregunta o un simple comentario. Escúchalos hoy y siempre, tienen importantes lecciones que darnos.
Un niño que es escuchado es un niño con autoestima. Siente que es valorado, que su opinión es válida. Esto le hará resiliente, ya que sabe que puede hacerse escuchar.
La autorregulación emocional
También para criar hijos resilientes es importante aprender a regularse emocionalmente. Si nosotras somos capaces de autorregular nuestros sentimientos y ponerles nombre a nuestras emociones es mucho más fácil gestionar situaciones inesperadas o sobrevenidas.
Por supuesto, la autorregulación supone hacer un trabajo personal, implica una introspección, un trabajo de conocernos a nosotras mismas. Este proceso es fundamental para ayudar a nuestros hijos a identificar sus sentimientos y a autorregularse emocionalmente.
Yo te animo a que inicies este camino. Implica conectar con nuestras emociones y pararnos a reflexionar sobre lo que nos ocurre. En ocasiones, esa conexión será dolorosa ya que nos encontraremos con emociones disfóricas o desagradables que no queremos encarar porque nos dan una visión de nosotras mismas que no nos gusta o simplemente nos duele.
Sin embargo, la autorregulación te ayuda a conocerte a ti misma pero también te va a dar una nueva perspectiva de tus hijos. Cuanto mejor te conozcas a ti misma mejor conocerás a tus hijos. Recuerda que sus padres son su principal modelo y referencia.
Yo te animo a que investigues sobre ti misma, porque te enfadas en determinadas situaciones, porque te ofendes ante determinadas palabras o porque te sientes profundamente triste ante una determinada situación en la que eres una simple espectadora. Pregúntate que teclas estás tocando y descubre dónde te llevan
Crea un entorno cálido
Las personas resilientes son especialistas en crear un clima agradable, en conseguir que estés a gusto en cualquier circunstancia. Una madre resiliente es consciente de que crear un entorno seguro y tranquilo para sus hijos es lo mejor para que crezcan de una forma equilibrada y sana.
Y de hecho, hace todo lo posible porque ese clima favorable sea la norma y no la excepción.
En un entorno tenso en el que constantemente las personas se recriminan cosas o están constantemente a la defensiva se establecen dinámicas tóxicas en las que se grita o se pierden los papeles con facilidad. Por supuesto, que hay momentos de tensión en toda convivencia y en la vida, pero la forma de enfrentarnos a ellos es lo que marca la diferencia entre un entorno armónico y un entorno desestabilizador.
Nuestro modelo de afrontamiento
No planteo un mundo ideal en el que no surgen problemas o adversidades, la vida no es un cuento de princesas de Disney. Lo importante es cómo nos enfrentamos a esas dificultades, esa es la clave.
Una misma situación podemos encararla de diferentes formas: enfrentar la situación directamente y buscar opciones; posponerla hasta nueva orden, lo que suele convertir un problema pequeño en un problema relativamente grande; negarla directamente, lo que toda la vida se ha llamado, tapar el sol con un dedo; o incluso rendirnos ante ella y pensar que no tiene solución.
De todas ellas, solo en el primer caso aplicaríamos la Resiliencia, ya que la persona ha tomado el control de la situación y ha decidido conscientemente buscar alternativas posibles.
La forma en que afrontemos los problemas la aprenderán nuestros hijos de nosotros. Por tanto, cuando resolvemos un problema o afrontamos un contratiempo de forma resiliente estamos haciendo mucho más que todo eso, estamos proporcionándoles una enseñanza sobre la Resiliencia que va más allá de la resolución de un problema.
La actitud positiva y el sentido de humor
¿Cómo quieres que te recuerden tus hijos? Esta es una pregunta que toda madre debe hacerse en algún momento de la vida.
Seguro que no quieres que piense en ti como una persona que estaba constantemente enfadada o que era incapaz de resolver un problema. O que te recuerde como alguien triste o resentido con la vida.
Es un hecho que nos acercamos a las personas que nos transmiten positividad, que sonríen y con las que el trato es agradable y fácil. Por el contrario, nos alejamos de aquellas personas que se quejan constantemente y que siempre están enfadadas.
Tener una actitud positiva nos hace sentirnos más optimistas y nos conecta a los demás. Nos ayuda a establecer unos lazos afectivos sanos y fuertes con nuestros hijos. Está demostrado que las personas más optimistas se valoran mejor así mismas, recuerdan sus logros del pasado y tienen mayor esperanza en el futuro.
Íntimamente ligado a la actitud positiva encontramos el sentido de humor. Se trata de un ingrediente vital para encarar la crianza de nuestros hijos, sobre todo en momentos en los que nos sentimos muy cansadas mental y físicamente.
Disfrutar de un momento inesperado de diversión que nos arranca una sonrisa o una carcajada nos puede ayudar a relajarnos y a sobrellevar una situación delicada. Los niños son muy divertidos y en muchas ocasiones, nos hacen reír con sus ocurrencias o sus comentarios ingeniosos. Son esos ratos los que nos hacen felices y nos reconcilian, a veces, con nuestras contradicciones vitales.
En definitiva, ser una madre resiliente, depende única y exclusivamente de ti, de tu propósito en la vida y de los valores que quieras inculcarles a tus hijos. Podemos no haber nacido con esta capacidad desarrollada, pero tenemos toda una vida para desarrollarla y aprender a ser felices a pesar de los obstáculos.
Me encantaría que me contases si piensas que eres una madre resiliente y si estás dispuesta a ser más resiliente a partir de hoy.
No me gustaría despedirme sin invitarte al I Congreso Virtual Maternidad Feliz-Crianza Respetada, tengo el honor de ser una de las ponentes del evento. Mi charla versará precisamente sobre este tema: la Resiliencia humana: el arte de vencer obstáculos.
Me haría muy feliz que te suscribieses y vieses la clase que he preparado con todo mi cariño. El evento es completamente gratuito y además de mi ponencia encontrarás a otras 14 profesionales que hablarán sobre temas de crianza y maternidad.
Si quieres apuntarte lo puedes hacer a través de este enlace. Espero encontrarte dentro.
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por Rosa Martínez Marán | Ago 2, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
Lactancia materna un principio de vida justo es el titulo que he decidido elegir para este post que trata sobre la lactancia materna desde un punto vista cultural y biológico. Estamos en plena semana mundial de la lactancia (se celebra entre los días 1 y 7 de agosto) y como otros años Rosa Martínez Marán se une a esta festividad en el blog y en redes sociales.
Esta edición tiene como lema la lactancia materna como pilar de la vida. Un titulo de lo más sugerente para enmarcar la lactancia materna como un bien común que hay que fomentar y que hay que proteger. Cada uno desde su trinchera y con las armas que tiene a su disposición, en mi caso la palabra y la acción.
Un comienzo de vida justo
La lactancia materna está estrechamente ligada a la la nutrición, a la seguridad alimentaria y a la reducción de la pobreza y así lo defienden los organismos internacionales que promueven esta festividad. Se trata de reivindicar la lactancia materna como un agente de salud no solo para los bebés sino también para sus madres.
Tanto Unicef como la OMS defienden que todos los niños deberían tener un comienzo de vida justo, independientemente del lugar en el que nazcan y del nivel económico de sus padres. ¿Qué significa la justicia en un mundo tan desigual y tan globalizado como el nuestro?
Hasta al lugar más escondido del mundo han llegado las multinacionales de la nutrición infantil con su producto estrella, la leche de fórmula, socavando la confianza de aquellas mujeres que dan el pecho por cultura y también por cuestiones económicas. Todavía colea el escándalo de Nestlé en África aunque hayan pasado décadas desde ese atropello y esa infamia contra la soberanía alimentaria de los pueblos.
Si hablamos de lactancia materna hablamos precisamente de salud y de prevención de la mortalidad infantil. Pero no solo en el tercer mundo sino también en nuestro mundo perfecto e industrializado donde la leche de fórmula puede adquirirse en cualquier parte y a cualquier hora.
En un mundo menos globalizado y donde no hubiésemos perdido la capacidad de amamantar de forma instintiva y cultural no sería necesario defender la lactancia de ningún otro estímulo externo. La leche de fórmula no sería un problema, sería una opción minoritaria e irrelevante.
El marketing de la industria y sus consecuencias
Si nos ponemos a hablar de beneficios de lactancia materna más de una madre desconectará aburrida de escuchar el mismo discurso siempre. Parece que los que apoyamos la lactancia defendiésemos siempre las mismas ideas contra viento y marea. Si a esto le sumamos la enorme presión que sentimos las mujeres por amamantar o por no hacerlo, nos quedamos tan solo en lo cultural y nos olvidamos de la explicación biológica y fisiológica. Por qué y para qué amamantamos a nuestros hijos.
Todavía hay quién equipara la lactancia materna con la leche de fórmula sobre todo si hablamos de mujeres que tuvieron hijos entre la década de los 70 y los 80. Yo misma tengo amigas que no fueron amamantadas por sus madres sino que tomaron biberón desde el principio.
El marketing hizo un gran trabajo para convencer a todas aquellas madres de que su pecho no alimentaba y que lo mejor era un suplemento, una leche diseñada en un laboratorio. Una leche que saciaba a sus bebé y que les permitía ausentarse para ir a trabajar o para cumplir con otras obligaciones no remuneradas.
Todavía puedo escuchar a mi madre decir que en los setenta había una leche buenísima que traían de Alemania. Mis padres tuvieron cuatro hijos y a excepción de mi hermano que lactó hasta los dos años, nosotras tomamos leche materna aproximadamente unos seis meses. Después esa «maravillosa leche de fórmula» diseñada en un país más civilizado que el nuestro se convirtió en la leche adecuada para nosotras.
La lactancia materna y el conflicto generacional
Hoy mi madre es abuela, al igual que otras mujeres que tuvieron hijos durante esos años. Estas abuelas se sienten en ocasiones en evidencia cuando sus hijas optan por amamantar a sus hijos. Algunas sencillamente no lo entienden, con «lo fácil y seguro que es un dar un biberón«. Cuando aparece la primera dificultad son las que recomiendan con total tranquilidad y convencimiento que lo mejor es suplementar o abandonar el pecho directamente.
Pero muchas de nosotras no queremos renunciar al pecho aunque el camino pueda ser a veces difícil o complicado. El mundo no se ha hecho para las madres lactantes ni para sus bebés: jornadas de trabajo maratonianas, cero conciliación, soledad, obligaciones sin fin, y un largo etcétera.
Se abre una brecha generacional que muchas veces genera tensión e incomprensión entre madres e hijas. La madre se siente atacada porque no dio el pecho en su día y siente que su hija se lo reprocha con su deseo de lactar. La hija se siente presionada a abandonar la lactancia por su madre que parece no entender lo importante y vital que puede ser para ella.
La disputa teta-biberón siempre es cultural
La disputa teta-biberón siempre es cultural, depende del lugar en el que vives y de las mujeres que forman tu entorno más cercano. En el tiempo que llevo acompañando a mamás como Asesora de Lactancia (ya más de un año) me he encontrado con muchas mujeres que no han visto amamantar jamás porque nadie en su familia ha dado el pecho a sus hijos. Esto rompe de raíz con un comportamiento biológico que llevamos practicando durante millones de años. Nunca antes habíamos alimentado a nuestros bebés con la leche de otro mamífero.
La ausencia de mujeres lactantes en el entorno genera una enorme inseguridad en la madre primeriza que no tiene ningún referente al que consultar o en el que buscar apoyo. Las que nos dedicamos a promover la lactancia sabemos que las madres que dan el pecho necesitan una potente red de apoyo a su alrededor para sacar adelante sus lactancias. Nunca deberíamos infravalorar el enorme valor que tiene el apoyo y la tribu de mujeres para cualquier madre.
La evidencia científica sobre la lactancia materna
Hoy existe evidencia científica y demostrada de que la leche de fórmula no puede equiparse a la leche materna. Esto es independiente del hecho de poder o no amamantar y de los sentimientos encontrados que esto provoque en nosotras.
No obstante, la lactancia no es solo un fenómeno cultural sino también biológico algo que solemos olvidar con facilidad. Biológicamente nuestro bebé es un mamífero y se comporta como tal. Ser mamífero significa ser poseedor o portador de mamas capaces de alimentar a los cachorros con la leche segregada de sus glándulas mamarias. Pero de esto no se acuerda la publicidad cuando los pechos de las mujeres son un reclamo publicitario y sexualizado para vender un coche o anunciar un frasco de perfume.
La leche materna es el alimento pensado y diseñado biológicamente para alimentar al cachorro humano, por tanto, ninguna leche de fórmula puede igualarla. Ninguna leche artificial puede suministrar al bebé los inmunomodulares que su sistema inmunitario precisa. En otras palabras, la leche materna es la vacuna más potente que existe y no puede ser replicada en un laboratorio por mucho que la ciencia avance o por mucho que se enriquezca la leche materna con lo que sea. Todo lo demás es tapar el sol con un dedo.
Lo que espera el bebé biológicamente
No solo la leche materna es el alimento perfecto para el bebé es que además el niño espera ser amamantado por su progenitora, está programado para ello. Nace con la impronta de succionar, otra cuestión es que las interferencias, los partos prematuros y demás inconvenientes impidan que el bebé lo haga en la ventana de oportunidad que se abre inmediatamente después del nacimiento.
Debemos tener en cuenta que todos nosotros somos parientes de un antepasado común que vivió hace 3500 millones de años y que amamantaba a sus crías. Por tanto, no somos tan diferentes del gatito recién nacido que busca el pecho de su madre al nacer o del bebé canguro.
Nosotros somos una especie altricial, nacemos inmaduros y indefensos. Esto implica que necesitamos del cuidado de nuestra madre o de una figura de apego las 24 horas del día para sobrevivir. La supervivencia del recién nacido depende del cuidado de su madre durante años, hasta que el niño puede valerse por sí mismo y aún así seguirá necesitándola en el transcurso de su vida.
Tener un buen vínculo con mamá, que sea sólido y poderoso, se consolida en esos primeros meses en los que la madre e hijo comienzan a conocerse y la lactancia refuerza ese vínculo de forma extraordinaria.
La lactancia materna un legado ancestral
Durante millones de años las madres parían sin necesidad de acudir al hospital ni de recurrir a instrumental de última generación. Existe la evidencia de que de no ser así nos habríamos extinguido como especie. Las madres parían y amamantaban a sus hijos con el apoyo de la tribu, las mujeres de la familia.
Una niña veía amamantar a menudo a su madre, a sus hermanas, a sus tías y cuando pasaba por un parto y recibía en sus brazos a su hijo recién nacido sabía perfectamente lo que tenía que hacer porque lo había visto cientos de veces. Esta madre no dudaba, no se comía la cabeza por si su hijo subía de peso o no lo hacía, tan solo daba acceso al pecho al bebé mientras ella se ocupaba de sus obligaciones dentro de su comunidad.
La lactancia no era una opción, era la única opción. Cuando los niños no podían alimentarse del pecho de su madre porque está moría en el parto o enfermaba de gravedad otra mujer de su entorno asumía el rol de amamantar y lo amamantaba hasta que era necesario. Posiblemente era la abuela, una hermana o una mujer de la comunidad que estuviese dando el pecho a su bebé en ese momento.
Las investigaciones en Atapuerca han demostrado que las mujeres prehistóricas daban el pecho a sus niños hasta los 3 o 4 años, se cree que para prevenir el raquitismo aunque ellos desconocieran por completo que era esta enfermedad. En el yacimiento se han estudiado con detenimiento los esqueletos de los niños enterrados allí y se ha determinado que algunos de ellos sufrían esta patología.
¿Cómo pudieron adivinar entonces que el raquitismo se podía revertir con la lactancia materna? Posiblemente con el método más antiguo, el del ensayo y error. La mera observación y la comparación eran los únicos métodos disponibles para determinarlo. Ya en la prehistoria se tenía constancia de que la lactancia materna protegía al bebé de las enfermedades más comunes.
¿Cuándo la lactancia materna se convirtió en un negocio?
Por desgracia, muy temprano. La lactancia dejó de ser algo biológico para ser cultural y comenzó la alejamiento entre madre e hijo.
Nos tenemos que remontar a la Babilonia del año 1800 A.C para encontrar las primeras regulaciones por escrito sobre las amas de cría que amamantaban a bebés por dinero. En el Código de Hammurabi se establece que las nodrizas deben amamantar mínimo dos años y hasta un máximo de 4 años a estos bebés y recibir una compensación económica por este trabajo. Lo más llamativo de la regulación de trabajo no es la regulación en sí misma, sino la normalización de una práctica que debía llevar produciéndose durante muchos siglos. El Código tan solo regulariza una situación ya existente, no la crea.
En la Antigua Grecia y Roma las nodrizas amamantaban a los hijos de los clases pudientes por un sueldo que cobraba el marido de estas mujeres para compensar las molestias que este hecho pudiese causar en su matrimonio. Ser ama de cría aumentaba considerablemente los ingresos de una familia y podía ser la fuente de sustento de la misma.
La lactancia materna es cosa de pobres
Según avanzan los siglos las amas de cría siguen estando presentes aunque se alternan épocas en las que las madres amamantan a sus bebés con otras en las que los niños pasan directamente al cuidado de la nodriza. Se podía dar la paradoja de que una ama de cría amamantase a los hijos de una familia poderosa y tuviese que dejar a su bebé lactante a cargo de otra persona porque necesitaba trabajar para mantener económicamente a su familia.
En caso de enfermedad o de epidemia su hijo biológico tenía más papeletas para enfermar de gravedad o morir que el niño al que amamantaba día y noche. Cabe preguntarse cuál era la salud mental de estas mujeres que podían amamantar durante muchos años niños ajenos. ¿Sufrirían agitación?
Dentro de las clases altas estaba mal visto amamantar, para eso estaban las nodrizas. Todavía hoy en algunas culturas o comunidades existe aún esta creencia de que solo las mujeres pobres amamantan a sus hijos. Prejuicios que la era moderna ha conseguido perpetuar con sus campañas de marketing, sus leches enriquecidas con todo lo posible e imaginable y con el beneplácito de los gobiernos que no han puesto coto a este abuso y a esta mentira.
Cuando las mujeres inmigrantes llegan a Europa muchas de ellas adoptan un estilo de vida occidental y dentro de este nuevo estilo de vida se opta por la leche artificial. Se considera que dar el pecho es algo innecesario o algo atrasado y que lo moderno y lo europeo es no amamantar a nuestros hijos. Cabe preguntarse qué información se suministra a estas madres y cómo se combaten determinadas creencias.
La premisa inicial: un principio justo para todos los bebés
Volvemos a la premisa inicial, un comienzo de vida justo independientemente del lugar en el que se nazca y del nivel económico de sus padres. Unas aspiraciones idílicas en un mundo donde los conflictos armados impiden que los bebés tengan un comienzo de vida justo y donde las madres cuanto más bajo es su nivel educativo más posibilidades tienen de ser engañadas por la industria alimentaria.
Cabe preguntarse si es una falta de compromiso o una omisión de los gobiernos no apoyar la lactancia materna y que conflictos de intereses están en juego. La industria de la alimentación infantil es muy poderosa, sus tentáculos se extienden por todo el mundo y no tienen ningún pudor en regalar sus productos en comunidades empobrecidas para hacer a estas madres dependientes de ellos. Por supuesto, este tipo de prácticas tienen un coste en vidas humanas, en niños que no llegan a cumplir su primer año de vida o que enferman de gravedad. La lactancia materna también plantea un problema ético aunque nosotros en Europa tengamos la sensación de que esto no nos afecta.
Otra cuestión es tener toda la información disponible y que una madre desde su libertad personal decida no dar el pecho y optar por la leche de fórmula. Es su decisión y debe ser respetada. Por supuesto, la distancia entre dar el pecho y dar leche artificial es un largo camino lleno de grises y vivencias personales que muestran las dificultades a las que nos enfrentamos las mujeres en el siglo XXI.
Yo misma tuve problemas para dar el pecho a mi bebé desde un principio y había leído todo lo posible sobre la lactancia materna. Creía llegar con información suficiente al parto y me encontré con una situación que no esperaba. Por supuesto, pedí ayuda y finalmente conseguí dar lactancia materna a mi bebé, en el post, Así logramos el enganche al pecho a las tres semanas de nacer, cuento con detalle como fueron mis difíciles inicios con la lactancia y como logramos superarlos.
Así que mira a tu alrededor, en tu centro de salud, en tu pueblo, en tu lugar de trabajo o en cualquier lugar cercano a donde vives hay una madre desinformada que ha elegido la lactancia artificial por desconocimiento de su capacidad de amamantar o porque no ha encontrado a nadie que la ayude con las dificultades que puedan derivarse de la lactancia y aquí es donde tiene que llegar nuestra ayuda.
La lactancia materna es el pilar de la vida, es el único pilar capaz de proporcionar en sí mismo todo los nutrientes y las necesidades de afecto y seguridad que un recién nacido necesita.
Y desde Rosa Martínez Marán seguiremos defendiendo la lactancia materna, seguiremos contribuyendo y apoyando a toda madre que decida dar el pecho ya sea con suplemento, sin él o en diferido. Ofreciendo información veraz y contrastada. Promoviendo una red de apoyo que te sostenga, porque queremos que nunca más te sientas sola.
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por Rosa Martínez Marán | May 3, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
Bienvenida al club de las madres quemadas o que sufren el síndrome de burnout aunque nunca en su vida hayan oído hablar de él.
En el post de hoy vamos a delimitar que es el síndrome de burnout y porque se asocia a las madres agotadas mental y físicamente o también denominadas madres quemadas. Se trata de un problema que cada vez aqueja a más madres debido al ritmo desorbitado de vida que llevamos y a la exigencia desmedida a las que nos vemos expuestas.
¿Qué es el el síndrome de las madres quemadas?
En 1974 el psicólogo Herbert Freudenberger formula su teoría sobre el síndrome de Burnout. La palabra de origen anglosajón es “burn-out” que traducido al castellano significa consumirse o agotarse. En un principio se elabora pensando en un entorno meramente laboral, sin embargo, más adelante, el término se amplía a otros entornos como el familiar.
El síndrome de burnout se aplica desde hace tiempo a madres cansadas aunque también puede utilizarse para referirse a la situación de cansancio del padre. Este síndrome también ha sido denominado síndrome de la madre quemada, en este post utilizaremos indistintamente ambos conceptos como sinónimos.
De igual modo, cuando hablemos de la persona que sufre el síndrome nos centraremos en la figura maternal lo que no quiere decir que lo que se afirma no sea igualmente válido para referirnos al padre que presenta un cuadro de agotamiento extremo similar.
¿En qué consiste? Principalmente en un progresivo agotamiento físico y mental de la madre que lleva a un estrés que se convierte en crónico.
Buscando bibliografía sobre la cuestión no encontré ningún artículo científico que se hubiera detenido a analizar los niveles de estrés de las madres y la incidencia del síndrome de Burnout en este colectivo. La mayor parte de artículos disponibles se centran en entornos laborales relacionados con profesiones relacionadas con el cuidado de terceros.
¿Entonces no existe el síndrome de las madres quemadas?
Sería muy injusto afirmar esto. Ya que cada vez más mujeres afirman sentirse sobrepasadas y estresadas a diario. Aunque el problema sea invisible para gran parte de la sociedad no significa que no exista. Las mujeres siguen llevando el peso de la vida familiar, asumiendo una carga que en muchos momentos se puede tornar insoportable.
Otra cuestión es si alguien en algún momento se tomará la molestia de recabar estos datos y hacer un estudio que demuestre que las madres soportan unos niveles de estrés muy altos y que necesitan de una red de apoyo físico y emocional.
Los síntomas del síndrome de las madres quemadas
Repasemos los síntomas y veamos si compartimos alguno de ellos. Podemos encontrar síntomas a nivel emocional y a nivel físico. Comenzaremos haciendo un repaso por los síntomas emocionales.
Síntomas emocionales del síndrome de las madres quemadas
Uno de los síntomas emocionales más representativos es la irritabilidad y el mal humor generalizado. Todo nos molesta y el más mínimo contratiempo nos genera un enorme enfado o malestar. Nuestra reacción ante determinadas situaciones de la vida es de agobio continuo ya que nuestra resistencia al estrés cada día está más mermada.
Otro síntoma visible es la falta de energía. Parece que la más mínima cosa cuesta un gran esfuerzo, como bañar al niño, ir con él a la compra o sentarnos a la mesa a comer todos juntos. Interrelacionado con este síntoma está la desmotivación, la madre no tiene ilusión por nada y empieza a no disfrutar de pasar tiempo con sus hijos, al contrario, se convierten en una pesada carga. Esto se adereza con buenas dosis de culpa.
A nivel mental notamos un gran agotamiento que está relacionado con un deterioro cognitivo que se ha puesto en marcha y que nos puede provocar confusión, pérdida de memoria, falta de concentración y despistes varios que agravan la situación y nos hacen sentirnos inútiles.
Un síntoma muy significativo es el insomnio. Estamos agotadas pero nos metemos en la cama y somos incapaces de conciliar el sueño. De pronto, todas nuestras preocupaciones rondan por nuestra cabeza y nos generan una gran angustia. También puede ser que nos durmamos y nos despertemos a mitad de la noche con palpitaciones o en alerta y luego no podemos coger el sueño de nuevo. Al día siguiente estamos agotadas pero cuando llega la noche la situación se repite.
Uno de los síntomas menos visibles y más preocupantes son los estados depresivos que pueden pasar desapercibidos por el entorno porque la madre finge una aparente normalidad.
Posiblemente ni siquiera sea consciente de que ha entrado en estado depresivo. Puede sentirse invadida por la tristeza y por sentimientos negativos que, en ocasiones, no se atreve ni a confesar a su pareja.
Síntomas físicos del síndrome de las madres quemadas
Los síntomas físicos pueden confundirse con alguna enfermedad ya que el estrés al que nos vemos sometidas altera el equilibrio de nuestro cuerpo.
Es muy habitual tener problemas gastrointestinales de forma continuada, parece que nada nos sienta bien o que no se nos asienta el estómago. Podemos incluso perder peso porque el estrés nos cierra la boca del estómago y nada nos entra, o por el contrario, comer de forma desaforada y sin control, como una forma de acallar nuestro malestar.
Se puede ver afectado nuestro aparato cardiovascular por un incremento de la tasa cardíaca y podemos sufrir arritmias cardíacas. Nuestro sistema inmunológico se deprime y estamos más expuestas a virus y nos enfrentamos con menor fuerza a ellos, por lo que tendemos a enfermar más a menudo.
Los dolores de cabeza son continuos, es muy común sufrir la típica cefalea tensional que puede incluso incapacitarnos y llevarnos a la cama. Son esas migrañas que nos impiden incluso pensar. También se asocian al burnout los problemas musculares, contracturas y dolores articulares que podemos notar al despertar o al poco de meternos en la cama.
¿Soy una madre quemada?
¿Te has sentido identificada con alguno de estos síntomas? ¿Significa que sufro este síndrome?
Ante todo deberíamos ser prudentes y saber delimitar entre un estrés puntual motivado por una situación concreta y una situación de estrés sostenida en el tiempo.
Lo que sí es cierto es que en más de una ocasión nosotras nos hemos sentido quemadas o hemos tenido cerca de nosotras a una madre con unos niveles de estrés muy elevados. Madres a las que cualquier contratiempo las saca de sus casillas.
Es habitual en los grupos de madres encontrarnos con mujeres que muestran su descontento o se sienten desbordadas por la crianza de sus hijos. En ocasiones se sienten juzgadas por otras madres por sentirse mal o por tener pensamientos negativos. Lo que agrava la sensación de incomprensión. Ya explicaba en el post, la maternidad juzgada: aprendiendo a no juzgar, lo importante que es no juzgar a otras madres sino sostenernos y acompañarnos en la crianza, la importancia de la tribu.
¿Cómo reacciona nuestro cuerpo ante el estrés?
Me parece vital detenernos en esta cuestión porque sabemos que es el estrés pero desconocemos como se activa y que efectos tiene sobre nuestro cuerpo.
La supervivencia activa una serie de mecanismos cerebrales relacionados con la lucha/huida. La amígdala que es el centro de nuestra memoria emocional cumple un papel muy relevante ya es la estructura encargada de evaluar si el estímulo es positivo o negativo. Para entendernos, ella decide si debemos dar la voz de alarma o debemos permanecer relajadas.
Si la alarma se produce, la amígdala activa al hipotálamo que nos prepara para dar una respuesta al estrés. El hipotálamo pide ayuda a sus amigas, las glándulas suprarrenales, situadas en los riñones que cuentan con muchas otras amigas dispuestas a responder inmediatamente.
¿Cómo lo hacen las glándulas suprarrenales? Regulando la secreción de distintos tipos de hormonas como los corticosteroides y las catecolominas. Dentro del grupo de la catecolominas nos encontramos con tres sustancias importantes: la adrenalina, la noradrenalina y la dopamina.
Estas tres amigas en momentos de estrés se introducen en el torrente sanguíneo de forma masiva. Tiene sentido, su objetivo es dar una respuesta inmediata y contundente.
¿Entonces el estrés es el malo?
Ni bueno ni malo. Cuando cumple su función adaptativa podemos considerarlo un estrés positivo que nos permite afrontar una situación puntual y dar una respuesta adaptativa.
Por ejemplo, mi hijo echa a correr hacia la carretera. Automáticamente mi amígdala y mi hipotálamo se ponen en marcha y en cuestión de segundos las catecolominas se han vertido de forma vertiginosa en mi torrente sanguíneo y me han activado. De pronto, estoy corriendo más rápido que él para alcanzarlo e impedirlo. Y por supuesto, consigo mi objetivo, detenerlo antes de que ponga un pie en la carretera.
¿Cuál es el problema con el estrés mantenido en el tiempo? El principal inconveniente es que este estrés no es adaptativo. Nuestro cuerpo está preparado para afrontar un estrés puntual no para enfrentarnos a un estrés sostenido. Sencillamente no podemos mantener la respuesta con la catecolominas, ya que duran poco tiempo en nuestro torrente sanguíneo.
Necesitamos refuerzos y entonces nos unimos a otra glándula endocrina, la hipófisis y se forma el eje del mal, como yo lo denomino, comúnmente llamado eje hipotalámico-hipofisario. Y además contratamos a un guardia de seguridad que trabaja durante más tiempo, el cortisol que se libera de forma más lenta en nuestro organismo y sus efectos son más duraderos. El problema es que se mantiene durante bastante tiempo en nuestro cuerpo aunque la amenaza ya no exista.
Cuando sientes que solo sobrevives
Por desgracia, si el cortisol se mantiene durante mucho tiempo podemos decir que hemos entrado en un estado de estrés crónico o mantenido, también denominado estrés negativo o distrés.
Cuando llegas a esta situación de desbordamiento o de agotamiento extremo solo piensas en sobrevivir y empiezas a funcionar en piloto automático, cumples con tus obligaciones como una autómata.Querrías llorar pero ni siquiera tienes tiempo para eso. Y ni se te ocurra quejarte que cualquiera aprovechará para darte unas cuantas lecciones de crianza gratuitas o te dirá que eres una niñata egoísta e inmadura.
¿Son conscientes nuestros hijos de que nos sentimos quemadas?
Por supuesto, tus hijos lo notan, lo perciben y lo absorben como esponjas. Y también su comportamiento puede verse alterado por la situación porque el entorno calmado es ahora un entorno tenso y el niño no entiende que ha pasado ni por qué.
En modo madre quemada pueden darse diferentes situaciones: que la madre dejé de prestar atención al niño y esté haga lo imposible por llamar la atención de mamá, a veces, haciendo lo que precisamente más nos molesta;
Que el niño perciba la tensión y se contagie de ella poniéndose insoportable o expresando su incomodidad con el llanto algo que puede provocar en la madre aún más desasosiego y malestar.
Que la madre esté tan tensa que cualquier reacción del niño provoque una reacción desproporcionada e incluso violenta. La madre no para de regañar, de enfadarse por todo. A veces ni siquiera puede controlar su ira.
¿Es culpa de tu hijo que tú te sientas sobrepasada?
No, en absoluto. Y lo sabes. No deberíamos echarle la culpa de nuestro enfado o de nuestra falta de autocontrol. Estamos proyectando en ellos nuestra propia frustración y eso es profundamente injusto.
No es la primera vez que una madre me consulta porque cree que su hijo tiene un comportamiento inadecuado o molesto e indagando en la cuestión descubro que el problema no es del niño sino del adulto. La madre está quemada por un montón de cuestiones que revisaremos más adelante pero pone el foco en su hijo, en lo que hace, en lo que no hace, todo es motivo de crispación. Sin embargo, no es consciente de cómo se comporta con él, de cómo le habla, de cómo se establece el intercambio comunicativo.
Nuestros hijos son un espejo de nosotros, así que está bien que revisemos lo que reflejamos.
Nosotras somos las adultas, las personas encargadas de su bienestar y de crear un ambiente seguro y relajado, no deberíamos olvidarlo nunca.
Pero no estamos relajadas y no somos felices. El malestar no está en ellos sino en nosotras y tenemos que ser consciente de ello. Tampoco deberíamos fustigarnos y sentirnos culpables por no reaccionar de una forma calmada y serena. Somos madres y somos humanas y podemos equivocarnos, nunca me cansaré de repetirlo. Tomar consciencia y racionalizar el problema es un gran paso.
El punto de inflexión
Siempre hay un punto de inflexión que nos hace replantearnos que estamos haciendo. Generalmente suele ser una situación de crisis o un acontecimiento inesperado que mueve nuestros cimientos por completo y nos sitúa de frente ante un problema que hasta ahora hemos ignorado, hemos normalizado o hemos relegado para más tarde.
Puede ser que hayamos enfermado nosotras o uno de nuestros hijos, que nuestra relación de pareja se haya deteriorado con la misma rapidez que tu paciencia. No importa lo que te ha colocado ahí y lo que te ha abierto los ojos.
Pero hoy de repente eres consciente de que no quieres vivir así. No quieres sentirte quemada, no quieres sentirte cansada, sobrepasada, harta. Ansias disfrutar de tu maternidad y de la crianza de tu hijo.
Respira
Sí, respira. Coge aire y suéltalo lentamente. No estás loca, no eres una mala madre, ni un ser monstruoso. Eres una mujer sobrepasada por las responsabilidades y muy cansada. No estás sola. Somos muchas mujeres las que nos hemos podido sentir agotadas, quemadas y desbordadas en algún momento o durante una temporada.
Y estamos aquí para comprenderte y apoyarte en este proceso de cambio y de consciencia.
¿Cómo hemos llegado ahí?
Imagínate tratando de subir el Everest en deportivas, ¿sería fácil? Si eres Kilian Jornet seguro que está a tu alcance está proeza, pero el común de los mortales necesita ir equipado para subir esta montaña. Es más, seguramente, la mayor parte de las personas no subirían el Everest en soledad sino acompañados.
¿Por qué encaramos la maternidad y la crianza en soledad entonces?
Hay muchos motivos que nos han podido llevar a convertirnos en una madre quemada, una de los motivos más importantes es la soledad. Una madre que cría sola, que no tiene apoyos cerca y que siente que no puede desahogarse, acaba por sentirse desamparada e incomprendida.
Nunca me cansaré de insistir en lo importante que es tener una tribu que te proteja, que te comprenda y que te arrope cuando lo necesites. Del enorme valor que tiene un abrazo o una palmada de ánimo cuando estamos bloqueadas y sólo queremos salir corriendo.
Síndrome de burnout laboral
Como ya comentaba al inicio el síndrome de burnout comenzó siendo aplicado a los entornos laborales. Muchas de nosotras además de madres también somos mujeres trabajadoras y podemos vernos afectadas por él.Nuestro entorno laboral y el nivel de exigencia que nos impone nuestro empleo puede ser determinante para sufrir un estrés crónico.
Una madre estresada en su trabajo o con una gran carga de responsabilidad laboral, tiene más posibilidades de convertirse en una madre quemada.
Por no hablar de las presiones laborales para que no opte por una reducción de jornada para cuidar de sus hijos. Es un secreto a voces que a las mujeres que son madres se les exige más en su puesto de trabajo. Se considera injustamente que se ausentará más que un hombre cuando sus hijos se pongan enfermos o necesiten ir al médico. De nuevo la responsabilidad del cuidado de los hijos recae única y exclusivamente en las mujeres.
Las madres quemadas y la falta de descanso
Otra causa fundamental para que se desarrolle el síndrome la madre quemada es el cansancio acumulado.
Cuando nuestro hijo es un recién nacido apenas dormimos pero vivimos con la esperanza de que la situación se revertirá más pronto que tarde. Más adelante descubres que el dormir ya no volverá a ser lo que era. Yo era una persona que necesitaba dormir entre 8 y 10 horas para levantarme descansada, desde que soy madre duermo de media unas seis horas con su posibles despertares nocturnos incluidos.
No dormimos bien y no paramos en todo el día por lo que acabamos sintiéndonos agotadas la mayor parte del tiempo. Llegas a las 10 de la noche fundida y si tu hijo es como el mío que se reactiva por los noches todavía te queda un rato por delante antes de dormir. Sean cuales sean tus circunstancias familiares no parar tiene un precio.
El cansancio es acumulativo por lo que existe una potente razón por la que te sientes tan cansada. Y esto genera una serie de efectos en nuestra salud que se relacionan con el síndrome de la madre quemada como la irritabilidad, la depresión o la ansiedad.
¿Qué puedo hacer si sufro el síndrome de las madres quemadas?
En primer lugar, delimitar si estamos pasando por un período de cambio que nos esté provocando un pico de estrés. Puede ser que hayamos sido madres recientemente y todavía estemos reajustándonos con nuestro bebé y nuestra nueva vida. Que hayamos cambiado de trabajo y nos estemos adaptando a las responsabilidades y deberes de mi nuevo empleo. Tal vez nos hemos mudado a otro sitio y estamos habituándonos a nuestro nuevo entorno.
Los cambios aunque sean deseados y queridos pueden provocarnos un gran estrés y malestar. Incluso nos podemos plantear si nos hemos equivocado tomando la decisión de adoptarlos.
Puede ser que no se haya producido un cambio pero que me sienta muy cansada, debido a lo que comentaba antes, el cansancio acumulativo. Y esto me genera un sentimiento de agotamiento mental y físico.
Consejos prácticos para superar el síndrome de burnout maternal
Las razones que me han llevado a sentirme quemada pueden ser muy variadas lo que importa es como me enfrento a esta situación y que hago para revertirla a mi favor. Vamos a ofrecerte una serie de consejos prácticos para ayudarte a superarlo.
Busca apoyos en tu entorno
Deberíamos buscar apoyos en nuestro entorno para rebajar nuestro nivel de estrés. La primera persona en la que pensamos es nuestra pareja, es la persona con la que convivimos y el padre de nuestros hijos. Si él puede durante una temporada estar más presente y ofrecerte ese apoyo que necesitas sería perfecto.
Puede ser que él también se sienta quemado o estresado y no pueda responder a esa demanda. Entonces buscaremos en el entorno a alguien que pueda echarnos una mano una temporada, ya sean los abuelos o una amiga.
Tira de tu tribu de amigas. La tribu es fundamental para arroparte pero también para ayudarte cuando lo necesitas. Si tengo un grupo de madres de apoyo es mucho más fácil delegar o pactar momentos en soledad para poder recuperar el equilibrio perdido.
También tenerlas a tu lado es fantástico para desahogarte, el mero hecho de expresar lo que sentimos supone un alivio inmediato. Pero además vas a encontrar un lugar donde te vas a sentir comprendida y escuchada.
Rebaja tu nivel de exigencia
Te encuentras en un momento de desbordamiento emocional así que la plancha puede esperar al igual que cualquier tarea doméstica que no sea prioritaria. Por supuesto, trata de no ponerte tareas imposibles que debes cumplir sí o sí todos los días. Vivir no es una gymcana. Céntrate en lo prioritario e imprescindible y pospon todo lo demás para cuando te sientas más fuerte.
Haz las cosas con calma y sin prisas. No estamos corriendo una maratón y de todos modos llegaremos aunque sea unos minutos más tarde. Si el tiempo es lo que te abruma, sal con mucho tiempo de antelación de casa. Y acepta que nuestros hijos tienen sus propios ritmos.
Recupera tu espacio
Uno de los problemas del síndrome de la madre quemada es que nos hemos relegado al último lugar. Nos hemos olvidado de nosotras y de nuestras necesidades. De nuestra necesidad de darnos una ducha tranquilas, de sentarnos a leer unos minutos o de no hacer absolutamente nada.
Es vital que si te sientes estresada hagas algo que te haga sentir mejor y te de un chute de energía. El bienestar personal es fundamental para mantener nuestro equilibrio mental y físico. Si nosotras estamos bien, nuestros hijos estarán bien. Nosotros somos el motor y el corazón de nuestras familias.
¿Cuándo deberías buscar ayuda profesional?
Esto es algo muy personal y depende de la persona y de la valoración que haga de su situación. Sin embargo, deberíamos tener en cuenta que pedir ayuda a un profesional es algo positivo y nos puede ser muy útil para afrontar el síndrome de la madre quemada.
Un especialista conoce el síndrome de Burnout y cómo afrontarlo de la mejor manera posible según tus rasgos de personalidad y tus circunstancias. Si sientes que ya no puedes más y que la situación te sobrepasa es el momento de buscar ayuda. Es más, no deberíamos esperar a sentirnos desesperadas. Si hoy siento que soy infeliz y que no puede manejar la situación, es buena idea al menos planteármelo.
Espero que este post te haya sido útil para entender que es el síndrome de la madre quemada y cómo podemos afrontarlo. Por supuesto, nuestra personalidad, nuestros éxitos y nuestra capacidad de resolución de problemas son básicos para la superación de esta situación de estrés extremo.
Recuerda no obstante que no estás sola, ya sea en mi tribu presencial o en mi tribu online siempre serás bienvenida. Quizás no podamos solucionar el síndrome pero podemos escucharte, arroparte y comprenderte. Y además sacarte la mejor de las sonrisas.
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Queremos conocerte y que te unas a nosotras, ¿estás preparada para la crianza que cambia el mundo?
por Rosa Martínez Marán | Abr 5, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
¿Cómo mantener la lactancia si tienes que viajar por trabajo? O en otras palabras ¿Debo destetar si voy a ausentarme durante unos días? Estas eran preguntas que me asaltaban poco antes de marcharme de viaje de trabajo el pasado mes de marzo.
Reflexionando sobre la cuestión me di cuenta de que no soy la única madre trabajadora que se ve obligada a viajar por cuestiones de trabajo y que sigue dando pecho a su hijo. Seguro que otras madres se han visto en la misma situación y han dudado entre destetar definitivamente o intentar mantener la lactancia a pesar de la separación.
También puede ocurrir que tengamos algún problema de salud y sea necesaria una intervención quirúrgica y una hospitalización. En ese caso, la lactancia se verá también interrumpida aunque no queremos y nuestro peque, tenga la edad que tenga, tendrá que adaptarse a la nueva situación.
En el post de hoy os daremos todas las claves para mantener la lactancia si es tu deseo a pesar de que tengas que ausentarte unos días. Veremos varias situaciones a las que nos podemos enfrentar y las distintas opciones que tenemos.
La situación previa
Es muy importante saber en qué momento vital nos encontramos nosotras y la edad de nuestro pequeño. No será lo mismo si acabamos de incorporarnos después del permiso por maternidad que si nuestro hijo ya ha cumplido los dos años. Tampoco es lo mismo si damos lactancia materna exclusiva o mixta. Son cuestiones que nos pueden ayudar a delimitar la situación de partida.
En mi caso, mi Vikingo va camino de los tres años y nuestra lactancia sigue principalmente por las noches ya que por el día apenas pide ya. Seguimos practicando colecho y él se sirve a su gusto durante la madrugada. Es una situación que a mí personalmente no me incómoda. Claro que de vez en cuando tiene una noche mala pero por lo general duerme toda la noche de seguido o se despierta un par de veces se engancha y vuelve a dormirse.
Se ha acostumbrado a dormirse en brazos de mamá y con su tetita, es un ritual para nosotros que fortalece nuestro vínculo afectivo. A veces nos da una sorpresa y se duerme solo, lo que me recuerda que cada vez se hace más mayor y que en un futuro ya podrá dormirse solo.
¿Es imprescindible la separación?
Esta es una pregunta que deberemos hacernos. Si van a operarnos y debo permanecer hospitalizada 5 días estará más que justificada mi ausencia y es muy probable que no sea negociable un aplazamiento.
Si es un viaje de trabajo me puedo plantear no viajar, siempre y cuando, tenga muy claro qué consecuencias tiene para mí esa decisión.
En otras palabras, si viajar es imprescindible para el desempeño de mi trabajo, mi remuneración o mi puesto dependen de ello me veré obligada a hacerlo. Si tu bebé es muy pequeño puedes tratar de pactar con tu empresa y aplazar unos meses los viajes. Habrá empresas en que esto sea posible y otras en las que no.
En mi situación no era obligatorio viajar, se trataba de un viaje de estudios de una semana de duración con el grupo de alumnos del que soy tutora. En un principio, cuando me propusieron el viaje mi primer impulso fue decir que no. Me horrorizaba la idea de separarme de mi pequeño y me preocupaba que se destetase de forma forzosa.
Se lo comenté a Papá Idiota siendo consciente de que era una locura. Sin embargo, él me animó, lo veía como una buena oportunidad de viajar a un sitio espectacular. Estaba convencido de que iba a vivir una experiencia enriquecedora desde el punto de vista personal y profesional. Además creía que me vendría muy bien desconectar de la rutina y tomar aire en la crianza.
Al final tomé la decisión de irme y entonces llegó la culpa.
Minimizar la culpa
Lo sé. Este es un post de lactancia. Pero como madre lactante que eres te habrás sentido culpable en más de una ocasión, o aún peor, te habrán hecho sentir culpable más de una vez.
Yo me sentía culpable por desear ir a ese viaje y tener que separarme de mi hijo. De haber podido me lo habría llevado conmigo pero no existía esa posibilidad. Estuve reflexionando sobre mi ambivalencia de sentimientos y llegué a la conclusión de que la culpabilidad no conduce a nada. No era imprescindible viajar pero tampoco debía sentirme culpable si me apetecía hacerlo o el viaje me resultaba atractivo.
Mi hijo no se quedaba solo, y desde luego, no lo abandonaba porque en unos días estaría de vuelta y podríamos recuperar el tiempo perdido. Su padre que es una persona perfectamente capaz iba a estar a su lado y se iba a ocupar de él.
Me pregunté si de haber sido hombre me habría hecho las mismas preguntas. ¿Me habría sentido culpable? ¿Me habría planteado no ir? Posiblemente no. Es más que probable que no se me hubiera pasado por la cabeza. Me habría ido sin preocuparme de nada convencido de que su madre cuidaría muy bien de él.
Así que si tienes que viajar que no te asalte la culpa. Eres un ser humano libre y estás ejerciendo tu liberad eso no te convierte en una mala madre o en una egoísta. En ocasiones, no es tu libertad es simplemente una obligación con la que debemos cumplir. La presión que las madres aguantamos en ocasiones puede ser insoportable, así que ánimo.
Cómo mantener la lactancia si tienes que viajar: antes del viaje
En función de los días que vayas a ausentarte y de la edad de tu pequeño tendrás diferentes opciones. Si tu bebé es muy pequeño y seguís con lactancia materna exclusiva es muy importante que prepares un banco de leche para él.
Para quién lo desconozca un banco de leche es una reserva de leche materna refrigerada con la finalidad de que a tu hijo no le falte alimento durante tu ausencia. Cuánto más pequeño sea el bebé o más tiempo estés fuera, más grande tendrá que ser el depósito.
Si sabes con antelación las fechas en las que vas a viajar o en las que vas a ser intervenida puedes planificar con antelación las extracciones y la cantidad estimada de leche materna que vas a depositar. Cuanto antes empieces a hacerte pequeñas extracciones y a crear tu propia reserva mucho mejor. Te dejo el enlace a un post de LactApp sobre cómo hacer un banco de leche casero por si necesitas algo más de información.
Otra cuestión importante es delimitar cómo le van a dar la leche materna a tu peque en tu ausencia. Si no quieres que utilicen biberón o él lo rechaza pueden intentar dársela en un vasito o incluso con jeringuilla si es muy bebé.
Yo valoré la posibilidad de crear o no un banco de leche y al final decidí no hacerlo. Tras más de dos años y medio mi producción es mínima, mi niño come absolutamente de todo y solo toma leche por las noches. Por supuesto, que me preocupaba que se destetase pero esa es una cuestión que abordaremos más tarde.
¿Meto el sacaleches en la maleta?
Pues depende del sacaleches y de tu relación con él.
Debido a los inicios que tuve con la lactancia, que ya relaté en el post Así logramos el enganche al pecho a las tres semanas de nacer, le he cogido bastante manía al sacaleches así que en ningún momento se me pasó por la cabeza llevármelo en la maleta.
Cuando aprendí a sacarme leche de forma manual ya no volví a utilizar más el sacaleches porque me parecía un engorro.Tenía pensado recurrir a la extracción manual si sentía que se hinchaban los pechos.
Ya cuando iba a la academia cuando preparaba las oposiciones lo hacía así. Me sacaba manualmente, lo refrigerábamos y se lo dábamos al día siguiente en biberón. Luego, cuando mi hijo ya no quiso más biberón el padre se lo daba en un vasito.
Ahora bien, si tu hijo es más pequeño o la teta es todavía su alimento principal, menos de 12 meses, si deberías llevar el sacaleches contigo de viaje. Si conoces la extracción manual y te va bien entonces no es necesario.
También es importante estar muy atenta a la evolución de tus pechos ya que podrías sufrir una obstrucción o una mastitis. No te asustes, simplemente cuando notes que tienes los pechos hinchados intenta vaciarlos. Recuerda que no solo es útil para evitar complicaciones también si necesitamos mantener la producción.
Si tienes pensado sacarte leche y tienes donde refrigerarla en el hotel es buena idea que lleves también bolsitas y un rotulador para etiquetarla con su fecha de extracción. La leche puedes llevarla en la maleta y facturarla pero no olvides ponerla dentro de una nevera para mantener la cadena de frío.
Si te gotean los pechos es buena idea seguir utilizando discos de lactancia. Yo los usé durante bastantes meses cuando volví a trabajar en otoño de 2016. La verdad es que pasé un poco de vergüenza el día que estaba en clase con primero de la ESO y noté como en la camisa se formaba un redondel alrededor de los pezones. Lo arreglé poniéndome encima una chaqueta que por suerte tenía a mano.
No metí en la maleta ni sacaleches, ni discos de lactancia. Si compré una botella de agua en el aeropuerto que pensaba reutilizar para sacarme leche si fuera necesario. No lo fue. No noté absolutamente nada. Ni se me hincharon los pechos, ni sentí la necesidad de sacarme leche en ningún momento. Ni molestias, ni pinchazos, ni nada parecido.
Cómo fortalecer el vínculo con mi pequeño
Por supuesto, que las cuestiones prácticas son importantes pero a mí me preocupaba especialmente fortalecer el vínculo con mi pequeño antes de la separación y minimizar su sufrimiento.
Sabía que me echaría de menos porque nunca nos hemos separado y el vínculo que hemos establecido es muy poderoso. Teníamos un reto muy potente por delante, estar separados físicamente pero al mismo tiempo mantener el vínculo a pesar de la distancia. ¿Lo entendería? ¿Sería capaz de estar separada de él tanto tiempo?
Desde que mi hijo nació e incluso desde antes siempre le he explicado las cosas. Le he contado lo que pasaba y le anticipado los acontecimientos que he considerado que eran importantes para él. En esta ocasión era imprescindible hacerlo también.
Unos días antes del viaje allanamos el camino. Empezamos a contarle que mamá se marchaba por unos días, que mamá no iba a estar. Inmediatamente mi pequeño preguntaba, «¿Y Guille?», «No, Guille se queda con papá». La conversación se repitió varias veces, supongo que él no acababa de entender eso de que me iba. Por supuesto, un niño tan pequeño no tiene noción del tiempo, así que hablarle de una semana, unos días o de mañana era difícil que lo entendiese.
Esos días previos a mi viaje no dejé de repetirle lo mucho que le quería a pesar de que no fuese a estar físicamente. Le decía que podríamos hablar por teléfono todos los días y que mamá se iba a acordar mucho de él.
Aunque tu bebé sea muy pequeño o creas que tu hijo es pequeño para entenderte no solo comunicamos con palabras, también con nuestro gesto, nuestra actitud o nuestro tono de voz. Así que cuéntaselo, hazle participe de la situación. Aunque no pueda comprenderlo todo, la comunicación no verbal es más del 70% de la comunicación.
El día del viaje
Aunque sientas mucha pena por tener que separarte de tu pequeño intenta aparentar cierta normalidad. Si no despedimos del niño llorando le estaremos transmitiendo nuestra inseguridad y nuestros miedos.
Es mucho más efectiva una despedida afectuosa en la que le recordemos el reencuentro en unos días. Por supuesto, que puedes besarlo, abrazarlo o ambas cosas pero siempre manteniendo la calma. Yo le dije muchas veces que le quería y le di muchísimos besos aunque en más de una ocasión tuve que contener las lagrimas.
La logística familiar
En tu ausencia habrá alguien que se ocupe de tu pequeño cuando no está en la guardería o en el colegio. Ya sea el padre, los abuelos o una tía los que se ocupen del niño es básico que mantengas una buena relación con ellos y que la comunicación sea fluida. Así te aseguras que todo está en correcta sintonía.
Para facilitar la logística en casa, ya que no disponemos de ninguna ayuda contamos con el apoyo de la hermana de Papá Idiota que se tomó vacaciones para venirse a casa durante mi viaje de trabajo. (Muchas gracias, Carmen 🙂 )Que ella pudiera recoger a Guille de la guardería y estar con él hasta que llegará su padre nos solucionaba mucho. Además tía y sobrino se adoran así que la ausencia de mamá también se hacía más llevadera.
Llegados a este punto tengo que decir que la confianza en Papá Idiota es absoluta. Si no hubiera estado convencida al 100% de ello no me hubiese marchado. Es un gran padre, perfectamente capacitado para cuidar del Vikingo y responder de todas su necesidades. Además padre e hijo mantienen una excelente relación desde siempre. Así que me fui muy tranquila y confiada.
El sistema de papá
Si tu peque es aún muy bebé está parte quizás no te sirva de mucho ahora pero sí en el futuro si necesitas volver a viajar.
Papá Idiota que es un genio ideó un sistema para que el Vikingo fuese más consciente del paso del tiempo y pudiese ir minimizando su ansiedad.
En un calendario que tenemos en la habitación señaló los días que mamá estaría fuera y el día de regreso. Se lo fuimos contando los días previos como una cuenta atrás. «Mamá se va esté día y vuelve este otro«. No teníamos muy claro si lo entendía o no pero lo miraba atentamente y lo repetía ante nuestras miradas. Papá Idiota había hecho dibujos y había pintado los días de colores para hacerlo más llamativo. El día de mi regreso se destacaba por encima de los otros con mayor colorido y un dibujo especial.
Durante mi viaje su padre todas las noches le ponía delante del calendario. Le hablaba de los días que faltaban para que volviese mamá y tachaban el día en el calendario. Él enseguida empezó a repetir “Mamá vuelve en unos días” y a pedir revisar el almanaque todos las noches. Papá le hacía dibujos, como el avión en el que volvería mamá o el volcán que mamá iba a visitar.
Desde el primer día señaló el día en que volvía mamá y lo repetía antes de irse a dormir, supongo que era la información que más le interesaba. Creemos que este método fue básico para reducir su ansiedad ya que la información estaba ordenada y era lo bastante clara para que él la entendiese.
De hecho, hoy seguimos tachando días en el calendario y anticipando lo que sucederá al día siguiente porque él nos lo ha pedido. Este es el sistema que nosotros hemos seguido y nos ha ido muy bien. Tan solo es un ejemplo, si encuentras otro método que sea también adecuado para tu peque perfecto.
Cómo gestionar las noches
Lo principal mucha paciencia y empatía por parte de la persona que cuide de tu hijo en tu ausencia. Aunque regreses en unos días tu hijo es muy posible que no lo entienda. Cuánto más pequeño sea será más difícil que lo pueda llegar a comprender. Si empatizamos con su sentimiento será más fácil poder consolarle.
Nada sustituye a mamá pero su padre puede abrazarle, cantarle e intentar calmarle de la mejor forma que se le ocurra. Por supuesto que un niño llorando desconsolado crispa los nervios de cualquiera, por eso es el momento de respirar hondo y de ejercitar la paciencia.
La función del cuidador en ese momento es validar los sentimientos de vuestro peque, sostenerlo y acompañarlo en su malestar.
Te confieso que esta era la parte más difícil para nosotros porque, tal y como he comentado, mi peque siempre se ha dormido con mamá. Sabíamos que era un importante escollo que tanto Papá Idiota como yo temíamos. No nos equivocamos, por el día parecía estar entretenido con su padre y la tía pero al llegar la hora de dormir llamaba a mamá y a su tetita.
La primera noche fue la peor. Le costó dormirse sin su teta y se despertó a las dos de la mañana llorando y llamando a mamá. Estuvo un buen rato llorando en brazos de papá que con mucha paciencia le explicó que mamá volvería en unos días. El pobre señalaba el día de mi vuelta y decía llorando “Yo quiero esté”.
La situación se volvió a repetir un par de días más aunque ya de forma más suave. Siempre se despertaba a la misma hora y cada vez tardaba un poquito menos en volver a dormirse. Hasta que llegamos al día en que durmió toda la noche del tirón. No me lo podía creer cuando me lo contó Papá Idiota al día siguiente.
La comunicación con tu peque
¿Cuántas veces debería comunicarme con mi hijo al día? Pues depende. Me parece una cuestión muy personal que cada madre debería meditar o simplemente decidir en función de sus impulsos o necesidades. Habrá madres que necesitarán llamar a sus hijos cada dos horas y otras que preferirán no hacerlo para no desestabilizar a su pequeño.
Depende también de la edad de tu hijo, si es muy pequeño no será posible establecer un diálogo y si escucharte le produce un llanto inconsolable quizás pienses que es mejor no llamar. En cualquier caso, depende de ti, de la reacción de tu hijo y de las sensaciones que experimentes.
En mi caso, decidí muy a mi pesar solo comunicarme con él una vez al día y opté por no mandarle ni fotos ni vídeos. Si hubiera pensado en lo que yo necesitaba le hubiera llamado cada hora para preguntarle cómo estaba o solo por escuchar su voz.
Tomé esta decisión tras cierta reflexión y pensando en el bienestar del Vikingo. Me parecía innecesario y angustioso estar creándole una expectativa constante de que mamá está y no está al mismo tiempo. Su paz y su tranquilidad eran lo más importante, así que lo mejor para los dos fue destinar un rato todas las tardes para comunicarme con él.
Aprovechaba el regreso de las excursiones del día para llamar y charlar un ratito con él. Todos los días se puso al teléfono muy contento de escucharme y de hablar con mamá. Me contaba cosas y yo se las contaba a él. Aprovechaba ese rato para decirle que le quería y que mamá volvería en unos días. Me mandaba muchos besos y se volvía a jugar con sus coches como si nada. La verdad es que colgaba el teléfono de lo más tranquila.
Prepararlo para tu regreso
Tan importante como facilitar las cosas en tu ausencia es preparar a tu pequeño para tu regreso. Tenga la edad que tenga tu hijo, es fundamental que las personas a su cargo le recuerden que estás de regreso y que en pocas horas podrás estar con él. También puede recordárselo tú a través de una llamada telefónica o un audio de voz.
Nosotros lo teníamos fácil porque el día antes habló con mamá y Papá Idiota hizo los deberes. Mamá le explicó que volvía al día siguiente y que volveríamos a estar juntos. Papá por su parte, marcó con él el último día en el calendario y le explicó que al día siguiente llegaba mamá en avión.
Desde que se despertó al día siguiente no paraba de decir que mamá volvía a casa loco de contento. Cuando mi cuñada fue a buscarlo a la guardería decía que a buscar a mamá y no se quería ir a casa a merendar. Fue difícil convencerlo pero al final la tía lo consiguió. Estaba muy emocionado y no paraba de repetir que mamá volvía en avión y luego en autobús.
Ni que decir tiene que yo estaba deseando llegar y abrazar a mi pequeño. Cuando nos bajamos del autobús no paraba de buscarlo con la mirada porque estaba deseando abrazarlo y comérmelo a besos. El reencuentro fue espectacular. Nos besamos, nos abrazamos, nos reímos. Fue tal y como lo había imaginado.
De todos modos, también estaba preparada por si su reacción no era la que yo esperaba. A veces los niños no reaccionan como deseamos, puede ser que nos muestren cierto rechazo o que se queden impasibles. Eso no significa que no les importe o que ya no te quieran. Es una reacción infantil como otra cualquiera que si no estamos preparadas nos puede hacer mucho daño y que debemos relativizar e interpretar en su contexto.
¿Cómo retomo la lactancia?
Tras tu regreso tu pequeño lo más probable es que se acuerde de su teta y quiera volver a engancharse. Si es muy bebé es muy importante que le pongas al pecho lo antes posible y que hagas tomas de forma frecuente para que poco a poco la producción se restablezca.
Si has traído leche refrigerada que te has sacado en tu viaje de trabajo etiquétala y guárdala en el congelador porque quizás la necesites los próximos días ya que tus existencias de leche materna pueden estar bastante mermadas.
Aunque te parezca que no sale nada enseguida volverás a producir y si mantienes la lactancia a demanda en pocos días recuperaréis el equilibrio. También puede suceder que ahora que has vuelto se agarre a la teta y no se suelte y quiera teta a todas horas como si fuese un recién nacido. Deberemos tener paciencia porque en unos días la lactancia volverá a la normalidad y él ya no demandará tanto.
¿Se habrá destetado?
Uno de mis miedos y de los de cualquier madre lactante es que nuestro hijo se destete en nuestra ausencia. Si tu hijo rechaza el pecho no insistas y en un rato en que te sientas más relajada vuelve a intentarlo. Ofrece pero no obligues porque lo que consigues es agravar la situación. Mantén la calma y respira hondo.
Posiblemente sea una reacción fruto de la separación y en unas horas o unos días la situación vuelva a la normalidad. Busca momentos de complicidad con él en un lugar cómodo y cálido para los dos. Haced algo divertido juntos como bañaros o leer cuentos en la cama, es muy posible que en el momento más insospechado vuelva a pedir teta.
Yo temía que al regresar no quisiera teta nunca más. Sin embargo, en nuestro caso, mi Vikingo pidió teta al rato de llegar a casa. Empezó mamando en seco porque no salía absolutamente nada aunque a mí no me hacía daño. Por la noche volvió a engancharse para dormirse y varias veces durante la madrugada. No sé cuánto tiempo he tardado en volver a producir, pero mi leche ha vuelto y ya no mama en seco.
En pocos días hemos vuelto a la situación anterior, es decir, como si nunca me hubiese ido. Esto me ha hecho muy feliz porque yo no quería que nuestra lactancia se acabase aún aunque estaba mentalizada de que podía suceder.
Si has llegado al final del post doy las gracias por ello, cada día me alargo más. Espero haberte ayudado y sobre todo haberte mostrado que es posible mantener la lactancia a pesar de una separación forzosa madre e hijo. Lo importante es estar informada y tomar la decisión que tú consideres la más adecuada para vosotros desde la calma y la serenidad. Las separaciones no son fáciles pero son un camino de aprendizaje.
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Queremos conocerte y que te unas a nosotras, ¿estás preparada para la crianza que cambia el mundo?
por Rosa Martínez Marán | Mar 28, 2018 | Maternidad y Crianza Sostenible
El mito de la madre feliz es uno de los grandes mitos de nuestra cultura y sociedad. Maternidad y felicidad parecen ser un binomio perfecto, por lo que cualquier fisura es vivida con auténtica angustia vital.
Si prefieres escuchar en vez de leer aquí tienes el Podcast del post 🙂
Desde que te conviertes en madre tienes que ser feliz sí o sí, cueste lo que cueste, aunque tengas que negar tus sentimientos no vaya a ser que resulten ofensivos a otras personas. Como si la felicidad en la maternidad fuese un estado autoimpuesto u obligado. ¿Pero de qué trata?
¿En qué consiste el mito de la madre feliz?
Se corresponde con esa imagen bucólica e irreal de la madre abnegada y voluntariosa que nunca se enfada y que impenitente exhibe una eterna sonrisa mientras sus hijos ahogan al gato en la bañera.
Es la imagen de la maternidad sofisticada y glamurosa que se nos vende en la televisión, en la publicidad y en algunas cuentas de Instagram. Esas madres de halo angelical y ropa impoluta, sin ojeras, delgadísimas y con un estilismo fruto de horas de maquillaje y mucho amor propio.
También se identifica con la imagen de la maternidad plácida y serena que se materializa en la embarazada descansada e ideal, que en el sumun de la felicidad acaricia su abultada barriga desde un estado que raya con el nirvana.
La maternidad idealizada
Todas estas imágenes tienen en común que son más propias del imaginario colectivo que de la realidad. Destacan por la idealización de la maternidad como un fin en sí mismo y no como un proceso que dura toda una vida.
Cuando los focos se apagan se impone la dura realidad, la maternidad no es fácil y no está exenta de esfuerzo y sacrificio. Aprendes a ser madre sin ensayo y sin red. Debes aprenderlo todo sobre la marcha, muchas veces, con un enorme ruido a tu alrededor personificado en comentarios y consejos que no has pedido y que lejos de ayudarte te generan aún más inseguridad. En el post La maternidad: viaje al corazón de las tinieblas, abordaba la ambivalencia de nuestros sentimientos, cómo la maternidad saca lo peor y lo mejor de nosotras mismas.
¿Cómo tengo que sentirme?
Ya te dicen desde el embarazo como te tienes que sentir, que es lo que se espera de ti. Existe un único discurso y quién se sale de él se convierte en blanco de las críticas por parte de su entorno.
Para las que hemos pasado por un embarazo no idílico al malestar físico se une el malestar psicológico, ya que acabas sintiéndote culpable por no sentir lo que se supone que tienes que sentir en ese momento: una felicidad loca. Cuando vas arrastrándote por el mundo porque no puedes con tu alma lo que sientes precisamente no es felicidad sino desesperación.
Ese síndrome de culpabilidad lo arrastraremos hasta el parto. Que tampoco se te ocurra quejarte mucho que, al fin al cabo, solo es un rato. Cómo te sientes después de parir y las secuelas temporales que haya podido dejar en ti, a las visitas les importa bastante poco. Y ojo, no des detalles escabrosos que más de una se puede escandalizar. “No son temas para hablar en la sobremesa”. Sin embargo tú necesitas expresarlo y esa falta de empatía puede hacerte sentir aún peor.
La crianza los primeros meses puede llevarnos a un estado de agotamiento extremo. Es el momento en que surgen todas las dudas y los interrogantes a los que se enfrenta cualquier madre puérpera con las hormonas absolutamente alteradas.
Recuerdo con absoluta nitidez el día que dieron el alta a nuestro Vikingo en neonatos. La felicidad por tenerle a nuestro lado se mezclaba con una sensación de pánico. En el coche camino de casa no paraba de mirarlo y de preguntarme “¿Y ahora qué?”
¿Qué es la felicidad?
Según la RAE es un estado de grata satisfacción espiritual y física. Una satisfacción a la que todo el mundo aspira y de la que no paran de hablarnos a todas horas en la publicidad. La mayor parte de las veces es para vendernos algo que no necesitamos en absoluto pero que calma nuestra sed de bienestar.
Nos prometen que lograremos el unicornio dorado y la felicidad definitiva con un maravilloso curso de autoayuda o con un libro que hará que nuestro hijo duerma durante toda la noche. La mayor parte de las veces nos venden una felicidad falsa y edulcorada, a la que por mucho que aspiremos no alcanzaremos jamás, porque no existe.
Sin embargo, la felicidad es un concepto escurridizo e incomprensible porque cada una de nosotras tenemos una idea diferente de lo que es la felicidad. Y se trata de una idea absolutamente personal e intransferible: lo que a ti te hace feliz a otra madre pueda hacerla sentir incómoda y viceversa.
¿En qué basamos nuestra felicidad?
¿En qué basamos nuestra felicidad? Algunas personas en tener o acumular más cosas, eso da la seguridad que proporcionan los objetos pero poco más. Cuanto más tenemos más infelices nos sentimos porque estrenar un bolso cada semana no nos hace más felices solo nos deja con veinte euros menos en el bolsillo. La historia está llena de personas que tuvieron todo lo material pero que fueron profundamente infelices.
Otros basan su felicidad en disfrutar de la vida pero no nos engañemos las facturas no se pagan solas y en el añorado camino del hedonismo también hay que asumir obligaciones. Sí, también el gurú de turno que aparece tumbado plácidamente en la tumbona trabaja pero eso no queda tan bien la foto.
Es muy común que basemos nuestra felicidad en los otros. Cuando no eres madre en complacer a tu pareja y cuando tienes hijos en complacerlos a ellos. Nos equivocamos al basar nuestra felicidad en los demás cuando ser felices depende únicamente de nosotras. La felicidad está en nuestro interior.
El error de proyectar nuestros deseos
Cometemos el error de proyectar nuestros deseos insatisfechos y nuestros anhelos más profundos en nuestros pequeños.
Nuestra felicidad personal se transfiere a esa personita en la que ponemos nuestras esperanzas, que vaya a un buen colegio, si es de pago y se codea con la alta sociedad tanto mejor. Quizás algún día llegue a ministro o a embajador o sino que estudie lo de su padre y se gane la vida.
En el camino se nos olvida que nuestro hijo aunque lo hayamos gestado durante 9 meses es un ser independiente y libre con sus deseos personales y preferencias. Sin embargo, nos ciega el amor y queremos que tengan los mismos intereses que nosotros en pos de esa felicidad idealizada.
Posiblemente amas la música y siempre soñaste con ser pianista, pero ese es tu deseo. Si tu hija estudia música te sentirás feliz aunque tal vez no le interese realmente y lo que le guste sea el ballet o el ajedrez. Si lo hace por complacerte es muy posible que acabe aborreciendo la música. Por no hablar de la enseñanza que le hemos proporcionado: niega tus sentimientos y tus deseos por complacer a otros. Dudo mucho que sea esto lo que realmente quieres transmitirle.
El camino de la felicidad
¿Entonces cuál es el camino hacia la felicidad? La reflexión y el autoconocomiento.
Sí, ya lo sé. No tienes ni cinco minutos. Quizás ese sea el problema: no tener ni cinco minutos para reflexionar y para conectar con nosotras mismas. Si eso no lo logramos, difícilmente conectaremos con nuestros hijos y podremos ofrecerles esa seguridad y ese afecto que demandan y que necesitan.
¿Qué es lo que te genera malestar? ¿Qué te impide disfrutar del momento? Posiblemente sean una serie de ideas erróneas sobre que es la felicidad o la maternidad las que estén minando tu confianza. Somos seres únicos y vivimos conforme a nuestras vivencias y deseos. Cuando no lo hacemos, cuando no escuchamos nuestro interior y se imponen las voces de otros, entramos en conflicto.
La felicidad no es absoluta ni es un estado permanente. La felicidad es un estado continuo que puede alargarse más o menos en el tiempo según las circunstancias a las que nos enfrentamos.
Nuestros hijos van a generar problemas, contratiempos o disgustos, es parte de la vida. Lo importante es cómo nos enfrentemos a ellos y la enseñanza que padres e hijos saquemos de esa vivencia. Esa es la única forma de crecer y de evolucionar juntos.
Aceptación sin reservas
Si deseas alcanzar la felicidad siendo madre olvida las expectativas que tenías y mira a tu hijo como si no le hubieras visto nunca. No con los ojos de tus deseos sino como es. Sin juzgar, sin opinar, sin valorar. Míralo a los ojos y acéptalo incondicionalmente y sin reservas.
Este es el camino a la felicidad: la aceptación sin bagajes. Con sus defectos y sus virtudes. Aunque haya sacado tu cabezonería o tu timidez. O tenga esa manía que heredó de su padre que a tu personalmente no soportas.
Ser madre es aceptar a tu hijo y reconciliarte contigo misma. Sí, he dicho reconciliarte. Reconciliarte con la madre que querías ser, con la que fuiste y con la que eres.
Todas son importantes y todas ellas te hacen más humana y más sabia. Así que vamos a practicar el autoconocimiento y vamos a crecer acompañadas de nuestros pequeños. Nuestros hijos pueden ser grandes maestros que nos obliguen a enfrentarnos a nuestros miedos.
La maternidad y el autoconocimiento
Como ves ser madre no es alcanzar el nirvana sino iniciar un viaje hacia el autoconocimiento. En el proceso vas a descubrir cosas de ti que no sabías como que la paciencia se entrena y que puede ser infinita cuando se trata de tus hijos. Aprenderás a esperar y a no dar nada por supuesto. Los niños siempre te sorprenden.
Observaras como determinadas actitudes y situaciones te sacan de quicio y aprenderás a gestionarla a base de mano izquierda. Mirarás a tu hijo y sabrás lo que viene después o lo que ha pasado, a veces, una simple mirada puede ser esclarecedora. Pero para todo ello necesitas amar y aceptar de forma incondicional y desechar tus ideas preconcebidas.
Creeme serás más feliz si asumes que tendrás subidas y bajadas que en ocasiones la maternidad será alcanzar el nirvana y en nosotras morirte de la desesperación. Te reirás de ti misma y de tus ideas del pasado y abrazarás el amor sin excusas e incondicionalmente. Al igual que tú amas a tu hijo de forma incondicional él te amará de la misma forma.
Recuerda todos los días que tú y solo tú eres la persona más importante de su vida, demuéstrale que él también lo es. El matiz está en demostrar, en querer y en aceptar.
No queremos vivir una maternidad idealizada, ni queremos tener hijos idealizados. Queremos ser madres felices, con hijos felices con los que vivir y crecer en armonía.
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